Venganza en directo

CAPÍTULO 13.2: EL PRIMER BESO FRENTE A LA CÁMARA Y NO SOLO ESO

Jan de repente soltó una risa corta, nerviosa.

—Esto es una locura —dijo.

—La cosa más loca que hemos hecho —coincidió Lara.

—Y eso que ya destruimos una cocina juntos.

—Eso dice mucho de nuestras vidas ahora.

Rieron juntos, y la tensión se alivió un poco.

Jan extendió una mano.

—Vamos. Antes de que se ponga el sol.

Lara tomó su mano: cálida, un poco áspera, firme.

Se acercaron a la barandilla del paseo, donde el fondo era más hermoso: el agua, la puesta de sol, el cielo en llamas de colores.

Los paparazzi se pusieron en alerta, cámaras listas.

—¿En tres? —susurró Jan, girándose hacia ella.

Lara asintió, sin confiar en su voz.

Estaban frente a frente ahora, tan cerca que ella podía sentir el calor de su cuerpo y el aroma de su colonia.

—Uno —susurró Jan, su mano subiendo a su rostro.

Los dedos tocaron su mejilla. Suavemente. Lara sintió que su respiración se entrecortaba.

—Dos —susurró ella, su mano subiendo a su pecho, sintiendo los latidos de su corazón bajo la palma, rápidos como los suyos.

Sus rostros se acercaban. Un centímetro. Milímetros.

—Tres —susurró Jan.

Y la distancia desapareció...

Los labios se tocaron.

Suavemente. Tiernamente.

Se suponía que serían cinco segundos. Técnicamente. Profesionalmente.

Pero algo salió mal.

O, al contrario, salió muy bien.

El beso se profundizó.

La mano de Jan pasó de su mejilla a su nuca, los dedos enredándose en su cabello.

La mano de Lara pasó de su pecho a su cuello.

Sus labios se abrieron, el beso se convirtió en más que un simple contacto: una conversación sin palabras, una pregunta y una respuesta, una confesión.

El mundo a su alrededor desapareció.

No había paparazzi. No había Mía ni Félix en algún lugar cercano. No había plan ni instrucciones ni límite de cinco segundos.

Solo estaban él. Ella. La puesta de sol. Y un beso que se sentía como volver a casa después de un largo viaje.

Lara no sabía cuánto tiempo había pasado. ¿Segundos? ¿Minutos? ¿Una eternidad?

Cuando finalmente se separaron —lentamente, con reticencia— ambos respiraban con dificultad y parecían aturdidos.

Jan todavía sostenía su rostro. Ella todavía se aferraba a su cuello.

Sus frentes se tocaban.

—Esto fue... —comenzó Lara, con la voz temblorosa.

—Para las cámaras —dijo Jan rápidamente. Demasiado rápido—. Solo para las cámaras.

—Sí —susurró ella—. Claro. Para las cámaras.

Pero ninguno de los dos se apartó.

Sus miradas se encontraron, y Lara vio en sus ojos lo mismo que sentía ella.

Sorpresa. Confusión.

—Lara —susurró, acariciando su pómulo con el pulgar—. Esto no...

—No lo digas —lo interrumpió—. Por favor. No ahora.

Porque si él decía lo que ella pensaba —que esto no era solo para las cámaras, que había sentido lo mismo— entonces todo se volvería real. Y la realidad era aterradora.

Jan asintió, comprendiéndola.

Lentamente, muy lentamente, se soltaron el uno al otro.

Se retiraron a una distancia segura.

Intentaron volver a un tono y actitud profesionales.

Pero ambos sabían que algo había cambiado. Irreparablemente, irrevocablemente cambiado.

Desde un lado, Félix le susurraba a Mía:

—Eso fue más de cinco segundos.

—Mucho más —susurró Mía en respuesta, mirando su teléfono con un temporizador—. Veintisiete segundos.

—Y míralos. —Félix señaló a Lara y Jan, que estaban de pie, mirándose el uno al otro, todavía en trance—. Ya no están actuando.

—Lo sé —dijo Mía en voz baja—. Y no estoy segura de si eso es bueno o malo.

Los paparazzi disparaban sus cámaras como locos, capturando el drama del momento.

Habían conseguido sus fotos.

La pregunta era: ¿qué más habían capturado?




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