El Barniz de la Perfección
Alphonse
El tiempo tiene una forma curiosa de curar las grietas, o al menos, de cubrirlas con una capa de barniz tan brillante que uno termina por olvidar que alguna vez estuvieron allí. Han pasado tres años desde que el nombre de los De Villiers dejó de ser un susurro cargado de sospecha en los salones de Épernay para convertirse en un sinónimo de orden, progreso y prestigio inalcanzable.
Hoy, la Maison De Villiers no es solo una bodega; es un imperio.
Desde mi escritorio de roble, observo los viñedos que se extienden como un mar verde bajo el sol de la mañana. En estos mil días de silencio y trabajo, he logrado lo que mi padre nunca pudo: expandir nuestra influencia más allá de las fronteras de Francia. Nuestras etiquetas ahora descansan en las mesas más selectas de Londres, Viena y Berlín. Pero no lo he hecho solo.
A mi lado, Madelaine ha resultado ser más que una esposa; ha sido la arquitecta de nuestra imagen pública. Juntos somos la pareja más admirada de la región. Si hay un evento benéfico, una inauguración o una cena de gala, los habitantes de Épernay aguardan nuestra llegada como quien espera el inicio de una función magistral. Somos el equilibrio perfecto: mi determinación empresarial y su elegancia estratégica. Hemos restaurado el orden social que el caos de la guerra y los errores de mi padre intentaron destruir.
Incluso las heridas de mi familia parecen haber cicatrizado. Mi hermana Agnès, por fin, ha encontrado la paz. El nacimiento de su hijo no solo llenó su hogar de alegría, sino que le otorgó esa redención social que tanto buscaba; ahora camina por las calles de Épernay con la frente en alto, respetada y plena. Por su parte, Alexandre ha madurado bajo la sombra de la ambición. Mientras espera con ilusión la llegada de su segundo hijo, ha comenzado a labrarse un camino en la compleja y turbulenta política de la nueva República. Los De Villiers ya no solo producimos vino; ahora ayudamos a dar forma al futuro del país.
Esa mañana, el desayuno en la mansión fue, como siempre, un ejercicio de serenidad. Madelaine y yo repasamos brevemente la agenda antes de dirigirnos a las bodegas. Caminar con ella hacia el trabajo es una declaración de intenciones: somos un bloque sólido, una unidad que nadie puede quebrar.
Al llegar a las instalaciones, el ritmo de los trabajadores era constante y vigoroso. Sin embargo, en la entrada de las bodegas subterráneas, la figura de Normand me aguardaba con una rigidez que no le veía desde los días del incendio. Su mirada, siempre analítica, esta vez cargaba una sombra de preocupación.
—Alphonse, necesito un momento. Tengo noticias —dijo, su voz resonando con un eco metálico en el umbral de piedra.
Madelaine asintió, dándome espacio, y se adelantó hacia las oficinas. Me quedé a solas con Normand.
—Dime de qué se trata —pregunté, ajustándome los puños de la camisa. Mi confianza estaba en su punto más alto—. El mercado de exportación está estable y la cosecha promete ser histórica. ¿Qué podría ser tan urgente?
Normand suspiró, cruzando los brazos sobre su pecho.
—No son buenas noticias, Alphonse. Como bien sabes, la nueva República en París está terminando de asentarse, y con ella viene una marea de nuevas normas. Se nos ha informado oficialmente que en los próximos días recibiremos la visita de una comisión de la legislación laboral.
Fruncí el ceño, aunque mantuve la calma.
—Es lo esperado con el cambio de régimen, Normand. Una empresa de nuestra magnitud, con tantas sucursales y empleados, debe cumplir con la ley. Si el consejo necesita verificar nuestro ejercicio, que así sea. No tenemos nada que ocultar.
Normand dio un paso hacia mí, bajando el tono de voz.
—Hemos corregido mucho desde que Arnold falleció, es cierto. Las instalaciones son más seguras y el trato ha mejorado significativamente. Pero una comisión política no siempre busca la verdad, busca el equilibrio. Si deciden que nuestras cuotas de producción o nuestras jornadas afectan ese "equilibrio republicano" que tanto predican, podrían imponernos cambios que perjudiquen nuestra estabilidad financiera. O peor, podrían empezar a escarbar en el pasado.
Un frío sutil recorrió mi nuca, pero lo descarté de inmediato. No podía permitirme dudar.
—No les daremos motivos para escarbar —sentencié con firmeza—. Quiero que revises minuciosamente cada rincón de esta bodega y de todas nuestras sucursales. Verifica las condiciones de cada trabajador, revisa los libros de registro y asegúrate de que las instalaciones estén impecables. Cuando esa comisión llegue, quiero que encuentren un modelo de perfección que no puedan cuestionar.
Normand asintió con una brevedad profesional.
—Me pondré a ello de inmediato, Alphonse.
Lo vi alejarse por los pasillos oscuros de la bodega. Me quedé allí un momento, rodeado por el aroma a levadura y tierra húmeda, el corazón de mi imperio. Había luchado demasiado para permitir que un grupo de burócratas de París perturbara la paz que tanto me había costado construir.
Lo que no sabía en ese momento era que la ley no era lo único que venía desde la capital. La República tenía un rostro, y ese rostro estaba a punto de volver a cruzar mi camino para reclamar una deuda que yo creía pagada.
La cena se sirvió con la puntualidad quirúrgica que caracterizaba nuestra casa. Entre el brillo de la platería y el aroma de un coq au vin perfectamente ejecutado, le confié a Madelaine mis inquietudes sobre la comisión laboral. Ella no dejó caer el tenedor ni mostró un ápice de nerviosismo; simplemente dejó que el vino respirara en su copa antes de hablar.
—No es momento para preocuparse, Alphonse, sino para ocuparse —dijo con esa voz gélida y melodiosa que siempre lograba poner orden en mi caos—. Si quieren perfección, les daremos un espectáculo de eficiencia. Mañana mismo supervisaré personalmente los registros de la sucursal de Reims. No quedará un solo cabo suelto, ninguna sombra que pueda comprometer el apellido.
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Editado: 04.06.2026