Venganza Espumosa

Capitulo 2

El Eco de la Justicia

Estelle

Mi vida en los últimos años se ha convertido en un mapa de libros abiertos, lámparas de aceite consumidas hasta el alba y un constante esfuerzo por reclamar el lugar que el mundo me había negado. Me he dedicado a estudiar, a devorar leyes y tratados sociales para estar a la altura de mis compañeros y de los nuevos círculos en los que me muevo. Ya no soy la joven que solo sabía de viñedos; ahora entiendo los engranajes que mueven el país y, lo más importante, cómo repararlos cuando aplastan a los más débiles.

Raphael, por su parte, finalmente ha encontrado estabilidad. Tiene un buen trabajo que lo mantiene ocupado, y nuestras vidas, aunque unidas por la sangre y la historia, ahora solo se cruzan en el remanso de la cena. Es en esos momentos, compartiendo un pan sencillo pero ganado con dignidad, cuando me doy cuenta de lo lejos que hemos llegado.

Me siento profundamente orgullosa de mi realidad actual. Pero, sobre todo, me siento afortunada por Jacques. Mi compromiso con él no nació de una necesidad de protección, sino de una comunión de ideales. Jacques es un hombre dulce, trabajador y poseedor de una integridad inquebrantable. Compartimos la misma visión: un mundo donde la justicia no sea un privilegio de unos pocos, sino un derecho de todos, y donde el acceso a mejores condiciones de vida sea una realidad para quienes el sistema ha olvidado.

Lo conocí en el fragor de nuestro trabajo diario. Pasamos meses codo a codo, redactando informes y debatiendo en asambleas, hasta que nuestra dedicación a la causa se transformó en algo más personal. Por eso, hace tres meses, cuando Jacques me planteó la idea del matrimonio, no fue el miedo a la soledad lo que me hizo aceptar, sino la certeza de que juntos seríamos una fuerza imparable por el cambio.

Sin embargo, el verdadero giro del destino ocurrió hace tres semanas. Jacques llegó a casa con una noticia que hizo que mi corazón se detuviera por un instante: finalmente habíamos recibido el permiso oficial para realizar una inspección a fondo. Teníamos denuncias acumuladas sobre incumplimiento de derechos humanos y condiciones laborales deplorables en varias corporaciones.

"La empresa de champagne de los De Villiers será la primera en la lista", me dijo Jacques con seriedad.

En ese momento, lo supe. Supe que todo el esfuerzo, todo el estudio y cada sacrificio me habían conducido exactamente al lugar adecuado. No era venganza lo que sentía, era una necesidad de rendición de cuentas.

Esta mañana, el traqueteo del carruaje de camino a Épernay se siente como un tambor de guerra. Jacques viaja a mi lado, revisando documentos, ajeno a la tormenta de recuerdos que se agita en mi pecho. Observo el paisaje por la ventana: los campos que una vez recorrí con las manos manchadas de tierra ahora me ven pasar vestida con la autoridad de la nueva República.

A medida que nos acercamos a la Maison, la tensión en mis hombros aumenta. Jacques me toma de la mano, dándome fuerzas, sin saber que detrás de esas puertas no solo me espera un expediente legal, sino el hombre que una vez juró amarme mientras me condenaba al silencio. El carruaje se detiene. Es hora de que los De Villiers descubran que el pasado tiene una forma implacable de volver, no como un recuerdo, sino como la justicia misma.

El carruaje se detuvo frente a la pequeña pero elegante casa de campo que el gobierno nos había asignado para nuestra estancia en Épernay. Jacques, siempre el caballero, fue el primero en descender; se volvió hacia mí y me ofreció su mano con una sonrisa tranquila. Su tacto era firme y seguro, un ancla necesaria frente a la marejada de recuerdos que amenazaba con desbordarse en mi pecho al volver a pisar estas tierras.

La ama de llaves nos recibió en la entrada con una reverencia y una calidez que me resultó extraña tras años de vivir en la austera eficiencia de los círculos republicanos de la capital. Mientras nos daba un pequeño recorrido por la propiedad, explicaba el funcionamiento de la casa con un orgullo humilde. Al finalizar, nos indicó nuestras habitaciones: la mía quedaba justo frente a la de Jacques, separadas apenas por un pasillo de madera crujiente.

Una vez dentro de mi aposento, la ama de llaves y una de las doncellas se acercaron a mí con paso diligente.

—¿Necesitará ayuda para prepararse, mademoiselle? —preguntó la mujer mayor—. Han sido invitados a cenar esta noche en casa de la célebre familia De Villiers. Es el evento de la semana.

El nombre golpeó mis oídos como un latigazo, pero mantuve mi expresión imperturbable, como una máscara de porcelana.

—¿Los De Villiers? —pregunté, fingiendo una curiosidad casual mientras me quitaba los guantes—. He oído mencionar el nombre, pero no conozco los detalles. ¿Quiénes son exactamente?

La ama de llaves se iluminó, encantada de compartir el chisme local.

—¡Oh, son la familia más importante de toda la región! —exclamó—. Dueños de un imperio de champagne que llega hasta el fin del mundo. Son tres hermanos, cada uno más distinguido que el anterior.

Mientras la doncella comenzaba a desempacar mis baúles, escuché con atención lo que el pueblo decía de ellos. Era como escuchar la descripción de unos desconocidos:

Alexandre: Lo describieron como un político brillante y un esposo abnegado, un hombre de leyes que buscaba el bien del país.

Agnès: Hablaron de una mujer devota a su hogar, cuya reputación era ahora intachable y su bondad, infinita.

Alphonse: Aquí, la voz de la ama de llaves bajó un tono, cargada de una admiración casi reverente. Me contó que él era el motor de la empresa, un hombre de una voluntad de hierro que dirigía el imperio junto a su esposa, la "muy respetable señora De Villiers".




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.