Alphonse
La noche fue un ejercicio de tortura interminable. El silencio de nuestra alcoba, que usualmente encontraba sofocante, se volvió esta vez un escenario donde los recuerdos cobraban vida con una nitidez dolorosa. Cada vez que cerraba los ojos, el rostro de Estelle se imponía, sus ojos esmeralda atravesando mis defensas como si el tiempo no hubiera transcurrido. No podía creer que la hubiera visto, y menos aún el efecto que su cercanía física —ese calor que aún sentía en la piel— había tenido sobre mi voluntad.
Me resultaba incomprensible su persistencia. ¿Por qué insistía en ser una roca en el camino de nuestra familia? Su mera presencia era una amenaza a la estructura que habíamos construido con tanto esfuerzo.
A la mañana siguiente, el desayuno transcurrió bajo la vigilancia atenta de Madelaine. A pesar de mis intentos por mantener una fachada de serenidad, ella detectó la sombra de mi inquietud de inmediato.
—Alphonse, no hay nada de qué preocuparse —dijo, depositando su taza de porcelana con una calma que me resultó ajena—. Todo está en regla en la empresa. Las bodegas están en condiciones óptimas y, tras los ajustes que hicimos, los empleados no tienen motivo alguno para la queja; están felices y satisfechos.
Asentí a sus palabras, obligándome a respirar con regularidad. Madelaine tenía razón: habíamos blindado cada proceso, corregido cada exceso y asegurado cada documento. Traté de aferrarme a esa lógica fría para silenciar el desasosiego que me provocaba la inspección, convenciéndome de que, si no había fallos, la justicia —o quien fuera que viniera a ejecutarla— no tendría armas para hacernos daño.
Nos dirigimos a la empresa con paso firme. Al llegar a la entrada principal, Normand ya nos aguardaba. Su semblante era serio, tan analítico como siempre. Nos colocamos en posición, esperando la llegada de la comisión para dar inicio a la primera inspección. El aire de la mañana estaba cargado de una expectativa tensa; el destino de nuestra reputación estaba a punto de ser puesto a prueba, y con él, la frágil paz que yo creía haber conquistado.
El carruaje oficial se detuvo y, al descender, el grupo de la comisión se presentó con una sobriedad que cortaba el aire. Jacques, Estelle y dos hombres que me fueron presentados como Clive y Timothy conformaban la delegación. Me obligué a mantener una compostura pétrea mientras les presentaba a Normand, subrayando su papel como mi mano derecha y responsable de la producción.
Guiarlos por el lugar fue un ejercicio de precisión. Madelaine, impecable y astuta, se mantuvo a mi lado en todo momento, tomando la palabra con una naturalidad pasmosa para resaltar nuestras fortalezas, haciendo hincapié en cada mejora estructural y en el compromiso inquebrantable de mi gestión con la calidad de vida de nuestros trabajadores.
Al concluir la inspección de la planta principal, el grupo comenzó a disgregarse según sus tareas: Timothy se retiró con Normand para profundizar en la evaluación de la infraestructura, mientras que Madelaine acompañó a Clive para conversar directamente con los operarios. Yo, intentando controlar el pulso, invité a Jacques a mi oficina. Estelle nos siguió en silencio; no había abierto la boca en todo el recorrido, pero su mera presencia a mis espaldas hacía que mi piel se erizara y mis nervios se tensaran hasta el límite.
Una vez en mi despacho, les ofrecí algo de beber, un gesto calculado para proyectar hospitalidad.
—¿Podría ver los libros de contabilidad? —interrumpió Estelle, ignorando mi cortesía—. Específicamente los registros de fondos destinados a salarios, bonos y compensaciones.
No flaqueé. Le dediqué mi mejor sonrisa, esa que había perfeccionado para los negocios, y me dispuse a extraer los tomos de la estantería.
—Veo que la señorita no se distrae de su labor —comenté, manteniendo el tono neutral.
—Me tomo mi trabajo con mucha seriedad, Monsieur De Villiers —respondió ella, clavando sus ojos esmeralda en los míos.
Jacques, con esa inocencia que me resultaba irritante, intervino de inmediato:
—Estelle es sumamente centrada. No descansa hasta completar su cometido; fue precisamente esa dedicación lo primero que me llamó la atención de ella.
Tuve que inhalar profundamente, sintiendo cómo la mandíbula se me tensaba al escuchar los elogios de Jacques hacia ella. Coloqué los libros sobre la mesa con un golpe seco. Estelle los examinó y, sin perder un segundo, insistió:
—Necesito todos los registros de los últimos cinco años.
—Los más antiguos están en el almacén, bajo la administración de mi padre —expliqué con parsimonia—. No los tengo a la mano en este momento.
—Puedo buscarlos —replicó ella rápidamente—. Tenemos todo el tiempo del mundo.
Jacques, quizás notando la rigidez en el ambiente, intervino como moderador:
—Tranquila, Estelle. Hoy es una visita de reconocimiento. Mañana podemos comenzar con los libros del año vigente. Por ahora, sería mejor unirnos a Timothy y seguir evaluando la estructura.
Estelle me miró, reacia.
—Adelántate, Jacques. Prefiero revisar lo que ya tenemos aquí primero.
—Como bien ha dicho Monsieur —intervine, interponiéndome con suavidad—, no hay apuro. Mañana tendré a su completa disposición cualquier documento que necesite. No tiene sentido apresurarse hoy.
Estelle me sostuvo la mirada durante un instante eterno, buscando una grieta en mi fachada, pero no le di el gusto. A regañadientes, terminó por aceptar. Los tres salimos de la oficina, dejando atrás los tomos que, por el momento, mantenían a salvo los secretos de nuestra supervivencia.
La tarde avanzó con una pesadez insoportable. Mientras Timothy y Normand terminaban su recorrido por las bodegas subterráneas, pude ver a Estelle caminando entre las barricas con una linterna en la mano, sus dedos rozando la madera vieja como si buscara una señal de traición. Jacques, por su parte, charlaba animadamente con Madelaine, ajeno por completo a la batalla silenciosa que se libraba a pocos metros.
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Editado: 08.07.2026