Venganza Millonaria

Capítulo 7: Decisiones

Monique

Algunos dicen que nuestro paso en la tierra está definido por nuestras decisiones. Todo lo que hacemos, en qué trabajamos, nuestro tiempo libre, dónde vivimos, con quién nos relacionamos, está atado a nuestras decisiones.

Pero yo creía que eso se quedaba corto, no explicaba todo… en toda situación, lucha o desafío había ese último impulso, ese respiro antes de llegar a la meta, esa chispa que nos impulsa más allá y nos hace dar el ciento diez por ciento que ni imaginábamos que teníamos. Yo creía fervientemente que que no solo son nuestras decisiones, sino lo realmente comprometidas que estamos con ellas. 

Para mi, el compromiso con tu meta es como la fé, una devoción intangible, un ideal. Algo tan difícil de explicar cómo el amor, el odio, la intuición. No se vé, no tiene olor, ni sonido, pero está ahí, puedes jurar por lo que más quieras que está ahí. Empeñaría mi nombre por eso. Es ese paso más que lleva al éxito. El componente crucial para lograr lo que te propongas. Y nadie estaba más comprometido que yo con la venganza. 

Algunos días dudaba si la iba a poder llevar a cabo en su totalidad, si iba a poder realmente hacerlo, si tendría la fuerza y la mente clara para ello. Hace un año o más, alguien se acercó y me dió lo que necesitaba. A veces no se necesita un milagro, ni dones, ni poderes, sino la certeza, la clave para entender qué era lo que tenía que hacer. Y creanme que iba a hacerlo así tuviera que sufrir por ello. 

Como casi siempre Caro tenía razón, a la mañana siguiente tenía un simple mensaje de un número desconocido con la dirección de un restaurante que frecuentaba Phil Heller y pedía vernos a la hora de la cena. Lo conocía muy bien, es un espacio íntimo, pero que a la vez me hacía sentir segura. Con ese señor nunca se está cien por ciento segura, sin duda me tenía que jugar la carta del novio falso para alejar sus manos de mi.

Y aunque se lo había prometido a Caro, no me gustaba la idea de tener que apoyarme en el francés. No es que no confiara en él, simplemente prefería hacer esto sola. Obvio que caro era otra cosa, era mi amiga. El francés no era nada. Pero sé porque ella lo sugería, ella como todas mis amigas tenían miedo de que me embarcara en esto sola. Conociamos los peligros. Pero prefería estar así. 

Sin embargo, Phil mostró ser una fuerza qué temer. Si el francés no aparecía, no se que pasaba. Ceder ante los impulsos bajos de un ricachón engreído y manipulador… ahí no estaba dispuesta a llegar. No si había siempre otra opción. Y siempre, siempre hay otra opción. Jamás lo duden. En toda casa hay puertas y ventanas. Si una no sirve, prueben otra. 

Poco sabía Phi Heller que yo ya había trabajado en ese restaurante e incluso conocía al dueño, era un lugar tranquilo de comida casera y deliciosa. Una amiga de Rita me había recomendado y me conocían bien. Hacia mi trabajo bien, de forma minuciosa, no causaba problemas e incluso me quedaba un rato más. Jack, el dueño tenía especial cariño por sus meseras y empleadas, casi como un padre. 

Una de las oficinas de Heller quedaba cerca, no la principal que estaba en un lado lujoso de la ciudad con toda la pompa, vidrios brillantes y muebles caros, sino su primera oficina cuando no era nadie, la que utilizaba para otras cosas menos formales. Supongo que le guardaba especial cariño a esos comienzos. Yo sabía todo eso y más.

A qué hora salía a comer, sus investigadores flojos, incluso que pedía para el almuerzo, como el filete que más le gustaba tenía que estar cocinado en tres cuartos, casi crudo  y, cómo, a veces los viernes se aventuraban y se decidía por la lasaña. Y eso que no iba muchas veces, con todo y eso sabía esto y más. El conocimiento es poder. Y Phil era un animal de costumbres.

Me tocaba turno en otro restaurante y pedí un cambio para la mañana solo por hoy. Luego de mi día, fui a casa y me vestí con un look unicolor de ropa cien por ciento negra. Insisto, no se si este color me lucía, pero ¿qué importaba? mientras menos atractiva mejor. Me dejé el cabello en una larga trenza y salí, con un pequeño morral, botas y tomé el transporte público.

—Jack… ¿como estas?—  saludo al dueño al llegar.

—¡Señorita encantadora!. La chef que prefiere quedarse lavando los platos de mi humilde cocina ¿Por fin vas a cocinar una delicia? o ¿Tienes turno hoy y vienes ayudarme voluntariamente? Porque sabes que soy el mejor jefe del mundo — me hace sonreír inevitablemente.

—Estoy bien solo con los platos, gracias. Y si eres el mejor jefe del mundo. Pero no, hoy vengo por otro tema… vengo a ver a uno de tus clientes habituales. Me citó aquí—  le digo y coloca una cara de sorpresa.

—Pues bienvenida Moni. Quizás podrías probar uno de mis platos preferidos, por cuenta de la casa— - sugiere.

—No es necesario, pero gracias. Quizás en otra oportunidad, una más placentera— - le digo y sonríe, pero tengo que agregar algo importante  —Si no te importa Jack… estoy un poco en incógnita, ¿podrías evitar mi nombre? Solo por protección y tampoco decir que trabajo aquí. solo enviarme un café a la mesa y actuar como que nadie me conoce—

—Pedido raro, pero eres muy misteriosa, así que está bien. Enviaré a una de las chicas y que actúe como si nada— -dice y hace un gesto de cerrar la boca y tirar la llave. Yo le agradezco y voy a buscar a, espero, mi nuevo aliado. 

Lo diviso rápidamente. Su cabello bien peinado y su traje lujoso llama la atención aunque él crea que no. Está tan sumido en la riqueza y lo natural que es para él las prendas caras que lo que él piensa que es accesible y algo que no resaltará, es algo imposible de comprar para el resto. Un sueldo básicamente por una camisa. Es verdad lo que dicen, lo caro o barato depende del bolsillo de cada quien.




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