Venganza Millonaria

Capítulo 26: Momentos de claridad

Baptiste

Monique no dejaba de sorprenderme. Ni por un solo momento. Y… tenía la certeza que si se me concedía el milagro de pasar más tiempo con ella, no dejaría de sorprenderme jamás. Si yo tenía una idea de algo, ella tenía otro punto totalmente diferente.

Si yo pensaba que ella iba a ser feliz con algo, era feliz, pero por otra cosa totalmente opuesta. Aunque, al parecer yo lograba complacerla de todos modos así que con esa idea me era suficiente. Yo solo deseaba que ella estuviera bien.

Le había ofrecido ir a cualquiera de las grandes ciudades, realmente las más importantes y ella eligió Seattle. No es que fuera una mala ciudad… pero honestamente pensé que iba a elegir otra. Luego le propuse que nos tomáramos un día o dos, quería aprovechar ese tiempo que estuviéramos ella y yo para llevarla a varios lugares… pero otra vez me dejaba atónito cuando me dijo que preferiría que fuera un solo día.

No les voy a negar si fuera por mí me quedaba una semana y mandaba al fin del mundo mis responsabilidades. Pero ella podía un solo día. Está bien, ella era una mujer ocupada con un plan, el cual desconozco aún y me intrigaba, pero la entendía. Un hombre más egoísta y desconsiderado se hubiese sentido ofendido, pero yo solo quería disfrutar con ella.

Luego cuando la fui a buscar al departamento de su amiga y la vi con solo una cartera, vestida de oscuro, con unos pantalones que marcaban su figura, sweater, botas y abrigo, muy cómoda para el clima de Seattle, y a la vez… despampanante. Cuando se subió al auto me dio un beso enloquecedor, tomando mi cara y acariciando con delicia el inicio de mi barba, con una sonrisa apreciativa. Oui, aprobado mi nuevo look. 

Vamos al aeropuerto, pero no al común, sino a uno privado, ya que uno de mis clientes me prestó su avión por unos días. Sí, si quería sorprender a mon amour ¡culpable!. Pero ella en vez de emocionarse porque íbamos a estar casi solos en el vuelo, sin gente roncando, niños llorando y suficiente espacio para hacer lo que queramos, tomar champaña y comer caviar… ella estaba en realidad feliz de que podríamos ir y venir a nuestro antojo sin preocuparnos por una hora de salida. Como ya dije… no deja de sorprenderme.

—Lo siento tanto Baptiste es que tengo algo muy importante que hacer mañana y no puedo faltar por nada del mundo— dice sentada a mi lado, el avión despegando. Coloca una mano en mi pecho, subiendo acariciando mi cuello y hasta se me olvida que estamos ya a varios metros de tierra firme. 

—Lo sé… no te preocupes, solo quiero estar contigo mon coeur—  le digo casi en un suspiro, la tengo cerca y ella se inclina todo lo que le deja el cinturón de seguridad para estar tocarme. Me encanta. Me encanta aún más que sea ella la que inicia la búsqueda, el acercamiento. Luego muy cerca tiene una expresión triste  —¿Sucede algo?— le pregunto.

—Es solo que elegí Seattle por una razón…—  dice apenada.

—Parte de tu plan—  digo, no es una pregunta. Lo sé, creo que siempre lo supe. A veces tengo miedo de si aceptó acercarse a mí de esta forma es parte de su plan, y ese sentimiento me agobia.

—Va a ser solo un momento… el resto del tiempo estaremos juntos—  promete. Y yo como soy un embriagado del amor, acepto. Me preocupa un poco que se meta en problemas. Quizás más tarde pueda ofrecerle mi ayuda, de nuevo. Ella se acerca más y me besa, obviamente complacida. Mon dieu… lo que haría yo por esos besos.

El vuelo es de un par de horas y estamos besándonos y hablando. Mi mano en sus piernas, acariciando la tela de su pantalón, ella pasando sus dedos por mi cabello, mi oreja. Podría estar en la luna o en el infierno, pero siempre que esté ella… es como si el aire mismo cantara para mi. 

Ya al aterrizar es aún temprano y sugiero ir a ver el gran acuario, arrastrándola por la ciudad, de la mano, riéndonos a más no poder. Me propongo que si voy a tener poco menos de veinte y cuatro horas con ellas, pues tienen que ser las mejores veinte y cuatro horas del mundo.

Parece casi un sueño, tenerla cerca en otro lugar y por horas somos solo ella y yo. La abrazo sintiendo su espalda en mi pecho, mis brazos alrededor de ella, mis manos sosteniendo sus costados, bajando por sus brazos, mientras Monique ve los peces. 

Parece un vasto universo azul, un mundo marino al alcance de nuestros ojos, llenando de frescura y color. Monique me señala las estrellas de mar mientras peces de colores pasean frente a nuestros ojos: amarillos, verdes, con puntos, rayas y aletas que aparecen alas de hadas.

Los corales están inertes mientras las algas se balancean con el movimiento del agua en un suave baile, en tanto majestuosos y grandes peces, tiburones, delfines, cangrejos y pulpos cruzan las aguas como ajenos a nosotros ahí, pequeños observadores de sus vidas.

Yo veo los peces de reojo mientras me concentro en la sensación de su calor cerca de mí, de como su cabello sedoso acaricia mi cara, la punta de mi nariz, mis labios y yo bajo a su cuello a tomar de su delicioso perfume de vainilla.

Ella coloca sus manos sobre las mías, las puntas de sus dedos jugando con mis nudillos con una suavidad que parece fuera de este mundo. Ella se recuesta de mí y tomo parte de su peso con gusto, atrayéndola a mí, acompasando nuestra respiración juntos.

¿A dónde vamos? ¿A dónde vamos? Me pregunta ella cuando sin decirle nada la llevo de la mano a un lugar en una calle cualquiera. Cuando llegamos es pequeña y entramos a un restaurante que obviamente, es francés. Del sur de Francia específicamente. A ella le brilla la cara y me sujeta el brazo con emoción.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.