Venganza y Pasión

El trato

Capítulo 2

La puerta se cerró detrás de ella con un golpe sordo que resonó en todo el pasillo, y Valeria se detuvo un instante, apoyando la espalda contra la madera, con el corazón latiéndole tan fuerte que temió que él pudiera oírlo al otro lado. Respiró hondo, una, dos, tres veces, intentando calmar el caos que se había apoderado de su pecho. No puedes dejarte llevar, se dijo con firmeza, mordiéndose el labio hasta sentir el sabor de la sangre. Viniste aquí por una razón. No dejes que su voz, ni su mirada, ni nada de eso te desvíe del camino.

Salió del edificio con paso rápido, sin mirar atrás, cruzando el vestíbulo de mármol negro bajo la mirada atenta del recepcionista, y cuando las puertas giratorias la devolvieron al exterior, el aire frío de la noche la golpeó en el rostro como una bofetada. La lluvia había cesado, pero el cielo seguía cargado, oscuro, sin una sola estrella visible. El viento soplaba con fuerza, alborotándole el cabello y levantando los bordes de su abrigo, y Valeria caminó sin rumbo fijo por las calles iluminadas de luces doradas y neón, consciente de que cada paso la alejaba físicamente de él, pero por dentro se sentía cada vez más atrapada.

¿Por qué tiene que ser así?, se preguntó, apretando los puños bajo la tela del abrigo. ¿Por qué tiene que ser él?

Había pasado años soñando con este momento, imaginando el instante en que estaría lo suficientemente cerca de Dante Varela para hacerle pagar por todo lo que había destruido. Pero en ninguno de esos sueños él había sido así: no el monstruo desalmado que ella esperaba encontrar, sino un hombre de carne y hueso, con voz grave, mirada intensa y una sombra de dolor tan profunda que parecía arrastrarla desde hace años. Y lo peor de todo... era que, por unos instantes, en ese despacho iluminado por la luz de la luna, ella había sentido que no eran enemigos. Había sentido que se entendían. Que, en otro momento, en otra vida, podrían haber sido... algo más.

-¡No! -susurró en voz alta, rompiendo el silencio de la calle vacía-. No puedes pensar eso. Él es el culpable. Él lo arruinó todo.

Llegó a su apartamento, un pequeño estudio en un barrio tranquilo, lejos de los rascacielos y el brillo de la zona financiera. Subió las escaleras con pesadez, y al entrar dejó caer su bolso sobre la mesa y se dejó caer en la cama, mirando el techo manchado de humedad. Allí, en la soledad de su habitación, la imagen de Dante no se iba. Veía sus ojos oscuros, su sonrisa media, la forma en que su voz se volvía más suave cuando hablaba de cosas que le importaban. Maldición, pensó, dándose la vuelta y enterrando la cara en la almohada. ¿Por qué tiene que ser tan difícil?

A la mañana siguiente, Valeria se despertó antes de que sonara la alarma. Se levantó de un salto, con la sensación de que algo había cambiado entre ellos, de que el equilibrio se había roto. Se vistió con más cuidado que de costumbre: un vestido ajustado de color borgoña que le favorecía, medias negras, zapatos de tacón bajo pero elegantes. Se miró en el espejo del baño: la mujer que la miraba parecía diferente. Más decidida. Y también... más peligrosa.

Llegó a la Torre Varela a las seis y media, igual que el día anterior, pero esta vez el ambiente se sentía distinto. El sol empezaba a asomar entre los rascacielos, tiñendo el cielo de tonos rosados y naranjas, y el vestíbulo estaba lleno de gente que entraba y salía, un ajetreo que le dio cierta calma. Subió al piso 30, y Elena la recibió con una sonrisa rápida y una carpeta en la mano.

-Buenos días, Valeria. El señor Varela ya está aquí. Te espera en su despacho. Y... -la asistente bajó la voz-... está de mal humor. Más de lo habitual. Ve con cuidado.

-Gracias, Elena -respondió ella, aunque el corazón se le aceleró.

Caminó hacia la puerta doble de madera, respiró hondo y llamó con los nudillos.

-Pase -dijo él, y su voz sonó seca, cortante, muy diferente a la de la noche anterior.

Valeria entró. El despacho estaba en penumbra, las cortinas aún cerradas, y Dante estaba de pie junto a la ventana, de espaldas a ella, con las manos entrelazadas a la espalda. Algo en su postura le dijo que llevaba mucho tiempo allí, inmóvil, pensando.

-Buenos días -dijo ella, avanzando despacio hacia el escritorio.

-Cierra la puerta -ordenó él sin volverse.

Valeria obedeció, y el sonido de la puerta al cerrarse pareció aislarlos del resto del mundo. Se quedó de pie, esperando, mientras él seguía mirando por la ventana, como si la ciudad allá abajo tuviera las respuestas que él no encontraba.

-¿Sabes qué es lo que más odio de todo esto? -preguntó de pronto, sin darse la vuelta, y su voz sonó cargada de una amargura que le heló la sangre-. Las mentiras. La gente que llega aquí sonriendo, diciendo lo que yo quiero oír, mientras por detrás planea cómo destruirme.

Valeria sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. ¿Lo sabe? ¿Sabe quién soy?

-No sé a qué se refiere -dijo, intentando mantener la voz firme, aunque las manos le temblaban a los costados.

Entonces él se giró despacio, y ella vio su rostro. Estaba serio, los labios apretados en una línea dura, y sus ojos la miraban con una intensidad que la hizo retroceder un paso. No había rastro de la suavidad de la noche anterior. Era el Dante Varela del primer día: el hombre imponente, frío, el dueño de todo.

-¿No? -se acercó a ella, despacio, cada paso pesado y deliberado, hasta que estuvieron a menos de un metro de distancia-. ¿Me vas a decir que no sabes quién es tu padre? ¿Que no sabes por qué tu familia perdió todo? ¿Que no viniste aquí con un único propósito, y no es trabajar como mi asistente?

El mundo de Valeria dio un vuelco. Sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Había imaginado este momento mil veces, pero ahora que estaba sucediendo, no encontraba palabras. Se quedó muda, con la boca entreabierta, mirándolo con ojos llenos de pánico.

-¿Cómo... cómo lo sabes? -susurró, con la voz quebrada.




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