Venganza y Pasión

Las sombras del pasado

Capítulo 4

La puerta se cerró tras de nosotros con un golpe sordo, y por un instante nos quedamos de pie en el pasillo alfombrado, sin movernos, sintiendo cómo el peso de lo que acabábamos de descubrir nos envolvía como una manta pesada. Mi mano aún sostenía la de Valeria, y su calor era el único punto firme en medio de todo el caos que acababa de revelarse. El informe rojo que Elena había dejado sobre el escritorio parecía brillar con una luz propia, una advertencia silenciosa de que la verdad que habíamos encontrado no era el final, sino apenas el comienzo de algo mucho más grande, mucho más peligroso.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Valeria, bajando la voz, como si temiera que alguien pudiera escucharnos desde el otro lado de las paredes. Su mirada se posó en la carpeta roja, y vi cómo se le tensaba la mandíbula, esa determinación feroz que tanto me había atraído desde el primer momento.
—Primero, averiguar quién está detrás de todo esto —respondí, apretando ligeramente su mano antes de soltarla para acercarme al escritorio—. Y luego… descubrir cuánto más sabe. Y cuánto más nos ha estado ocultando.
Me senté en mi sillón y abrí la carpeta con cuidado, como si dentro hubiera algo que pudiera romperse con facilidad, o peor aún, que pudiera atacarnos en cuanto lo liberáramos. Valeria se sentó frente a mí, se inclinó hacia adelante y apoyó los brazos sobre el escritorio, acercándose tanto que pude oler su perfume, una fragancia suave de flores y lluvia que se quedó grabada en mi memoria desde ese instante. Sus ojos oscuros recorrían las páginas junto a los míos, y por primera vez en años, no estaba solo frente a los secretos de mi propio imperio.
—Mira esto —dije, señalando una línea al final del segundo informe, donde una serie de transferencias bancarias aparecían fechadas apenas días antes de la caída de la empresa—. Todos estos depósitos vienen de una cuenta offshore, registrada en las Islas Caimán. Sin nombre, sin rastro, sin ninguna pista de quién es el titular. Pero las cantidades… son enormes. Suficientes para mover el mercado, para influir en las decisiones de tu padre, para hacerle creer que tenía una salida cuando en realidad solo estaba cayendo más profundo en una trampa.
Valeria se llevó una mano a los labios, pálida.
—Alguien le estaba pagando —susurró—. Alguien le dio dinero para seguir apostando, para no rendirse… sabiendo que iba a perder.
—Exacto —confirmé, sintiendo cómo la rabia empezaba a crecer en mi pecho, una rabia dirigida no hacia el pasado, sino hacia quien los había manipulado a ambos—. No fue un accidente. No fue un error de juicio. Fue una trampa cuidadosamente preparada. Tu padre fue empujado al abismo… y alguien se benefició de su caída. Alguien que quería destruirlo a él, perjudicarme a mí… y quedarse con todo.
—¿Pero quién? —preguntó ella, alzando la vista hacia mí con ojos llenos de confusión y miedo—. ¿Quién ganaría con que nosotros dos saliéramos perdiendo?
Cerré la carpeta despacio, dejando que el silencio se extendiera entre nosotros mientras lo pensaba. Había muchas personas que se habían beneficiado de aquellos años difíciles, competidores que aprovecharon la inestabilidad para crecer, socios que se alejaron cuando todo parecía perdido, inversores que compraron barato y vendieron caro. Pero solo unos pocos tenían el poder, los contactos y la crueldad suficiente para montar algo así. Y solo uno tenía motivo para destruirnos a ambos.
—Hay un nombre que ha estado rondando mi cabeza desde que empecé a investigar esto —dije lentamente, midiendo cada palabra, porque decirlo en voz alta lo hacía más real, más peligroso—. Pero no quiero acusar a nadie sin pruebas. Es demasiado importante… y demasiado peligroso para equivocarnos.
—Dante —dijo ella, pronunciando mi nombre con una firmeza que me obligó a mirarla—. No podemos tener miedo. No después de todo lo que descubrimos. Si hay alguien detrás de esto, tenemos que saberlo. Tenemos que estar preparados. Y si nos quedamos con dudas… nos están ganando. Ya nos ganaron una vez. No podemos dejar que pase de nuevo.
Tiene razón. Siempre la tiene, incluso cuando duele admitirlo. Asentí, y me incliné hacia ella, apoyando los codos sobre el escritorio, reduciendo la distancia entre nosotros hasta que nuestras caras estuvieron a pocos centímetros.
—Nicolás Santillán —dije el nombre en voz baja, como si decirlo demasiado fuerte pudiera convocarlo—. Era el socio mayoritario de nuestra competencia directa. Cuando nuestra empresa cayó, la suya creció de la noche a la mañana. Compró nuestros activos por una fracción de su valor. Se quedó con nuestros clientes, con nuestros edificios, con todo lo que tu padre y yo habíamos construido. Y desde entonces… su imperio no ha dejado de crecer. Igual que el nuestro no ha dejado de chocar con el suyo.
Valeria se quedó inmóvil, procesando el nombre, y vi cómo su respiración se aceleraba.
—Mi padre hablaba de él —murmuró, recordando—. Decía que era un hombre sin escrúpulos. Que era capaz de cualquier cosa con tal de ganar. Pero… nunca imaginé que…
—Que fuera capaz de destruirnos a ambos para conseguirlo —terminé por ella—. Yo tampoco. Hasta ahora. Las fechas coinciden, las cantidades coinciden, el motivo es más que claro. Pero necesitamos pruebas. Pruebas que lo vinculen directamente a esas cuentas, a esas transferencias, a las presiones que sufrió tu padre. Sin eso… no tenemos nada. Solo sospechas. Y las sospechas no bastan para derribar a alguien como él. Tiene abogados, influencias, gente que lo protege. Si nos movemos sin estar seguros… nos aplastará antes de que podamos hablar.
—Entonces averigüémoslo —dijo ella, y su voz no tembló—. ¿Dónde están los registros antiguos? ¿Los contratos, los correos, los archivos que nadie mira? Si él estuvo involucrado… tiene que haber dejado una huella. Nadie es perfecto. Nadie puede borrarlo todo.
Me levanté de un movimiento, impulsado por su determinación, y caminé hacia la estantería de madera oscura que cubría una de las paredes del despacho. Pasé la mano por los lomos de los libros, hasta llegar a uno de apariencia idéntica a los demás, pero que al presionarlo se abrió hacia dentro revelando una pequeña puerta oculta, un espacio secreto que nadie conocía excepto yo.
—Aquí guardo todo lo que considero demasiado sensible para dejarlo en un archivador común —dije, sacando cajas y carpetas de cuero, colocándolas sobre la mesa entre los dos—. Los primeros contratos, las actas de las reuniones, los correos impresos que tu padre y yo intercambiamos antes de que todo se viniera abajo. Si hay algo… tiene que estar aquí.
Durante las siguientes horas, el mundo exterior dejó de existir. No hubo llamadas, no hubo reuniones, no hubo nadie que nos interrumpiera. Solo nosotros dos, rodeados de papeles, leyendo, comparando fechas, buscando conexiones, reconstruyendo un rompecabezas que alguien había intentado romper y esconder. Trabajábamos en silencio, hombro con hombro, a veces rozándonos sin querer, y cada contacto, cada mirada que se cruzaba entre nosotros, cargaba el aire de algo más que tensión. Había confianza. Había complicidad. Había algo que crecía entre nosotros con cada página que leíamos, con cada descubrimiento que hacíamos juntos.
—¡Mira esto! —exclamó Valeria de pronto, sacando una hoja doblada por la mitad, con bordes desgastados y manchas de tinta que se había corrido—. Es una nota de mi padre. Fechada tres días antes de la quiebra. Dice: “N. me presiona cada día más. Dice que si no firmo lo que él quiere, todo se vendrá abajo. No sé qué hacer. Dante no me escucha, o no puede ayudarme. Estoy atrapado.”
Mi corazón se detuvo un instante. N. Nicolás. No había duda.
—Eso es suficiente para saber que vamos por el camino correcto —dije, sintiendo cómo la rabia se mezclaba con el dolor al leer esas palabras, sabiendo que tuve que haber estado allí, que debí haberlo ayudado, que si hubiera sabido lo que estaba pasando… todo habría sido diferente—. Pero no es suficiente para enfrentarnos a él. Necesitamos algo más directo. Algo que lo vincule legalmente.
Seguimos buscando. El sol comenzó a caer sobre la ciudad, tiñendo el cielo de un naranja profundo que se filtraba por el ventanal, bañando de luz cálida las hojas de papel que teníamos esparcidas por toda la mesa. Me detuve un instante para mirarla. Estaba concentrada, con el ceño fruncido, una mano sosteniendo un documento y la otra apoyada en su barbilla, perdida en la lectura. El cabello se le había soltado en mechones que caían sobre su rostro, y sin darse cuenta, era la mujer más hermosa que había visto en mi vida. No solo por su belleza, sino por su fuerza. Por su valentía. Por estar ahí, luchando junto a mí cuando todo el mundo esperaría que me odiara.
—¿Qué? —preguntó ella sin levantar la vista, pero con una pequeña sonrisa apareciendo en sus labios—. ¿Me estás mirando?
—Sí —respondí sin mentir, porque desde ese día no volvería a mentirle—. Lo hago. Y no me disculpo.
Alzó la vista entonces, y sus ojos se encontraron con los míos, y en ese instante todo lo demás dejó de importar. Los papeles, las pruebas, el peligro, Nicolás Santillán… todo se desvaneció. Solo quedamos nosotros. Y la atracción que nos había estado quemando desde el primer segundo se volvió demasiado fuerte para ignorar.
—Dante —susurró ella, y mi nombre en sus labios sonó como una súplica y una confesión al mismo tiempo.
Di un paso hacia ella, y esta vez no hubo miedo, ni duda, ni vacilación. Me acerqué hasta que nuestros cuerpos casi se tocaban, hasta que pude sentir el calor que emanaba, hasta que su respiración se mezcló con la mía. Le acaricié la mejilla con el dorso de los dedos, con una suavidad que yo mismo no sabía que era capaz de tener, y ella cerró los ojos al contacto, inclinándose ligeramente hacia mi mano como si fuera su refugio.
—Desde el primer momento en que te vi —dije, con la voz ronca por la emoción—, supe que ibas a cambiar mi vida. No sabía cómo, no sabía de qué manera… pero lo supe. Y ahora que estás aquí, ahora que sabemos la verdad… no quiero que te vayas. No quiero que te vayas nunca.
—No me iré —respondió ella, abriendo los ojos y mirándome con una intensidad que me hizo perder el aliento—. No sin ti. No ahora que sé quién eres… y quién soy yo contigo.
La tomé entre mis brazos despacio, como si temiera que se desvaneciera, y cuando la estreché contra mi pecho, sentí que todo el frío que había llevado dentro durante años desaparecía de golpe. Ella era mi calor. Mi refugio. Mi verdad. Y cuando la besé, suavemente, con todo lo que sentía, con todo lo que había callado durante meses, comprendí que nada volvería a ser igual. El pasado, el presente, el futuro… todo se había reescrito en ese instante. Y no importaba qué viniera, qué peligros nos esperaran, qué sombras intentaran separarnos… estábamos juntos. Y juntos éramos invencibles.
El beso fue lento, profundo, lleno de promesas y de cosas que aún no nos atrevíamos a decir pero que ambos sentíamos con la misma intensidad. No fue un acto de impulso ni de pasión descontrolada. Fue algo mucho más grande: fue el reconocimiento de que pertenecíamos el uno al otro, de que nuestras vidas habían estado entrelazadas desde mucho antes de que supiéramos el nombre del otro. Cuando nos separamos, nos quedamos cerca, con la frente apoyada contra la suya, recuperando el aliento, sin querer alejarnos ni un centímetro.
—Tenemos que tener cuidado —dije en voz baja, aunque no quería hablar de peligros ni de enemigos en ese momento—. Si Santillán está involucrado… es peligroso. Si descubre que estamos investigando… no dudará en atacarnos. Y lo hará por el punto más débil que tenga. Y ese punto… eres tú, Valeria. Tú eres mi debilidad. Y también mi fuerza.
—No te alejes de mí —pidió ella, tomándome de las manos con fuerza—. No intentes protegerme dejándome fuera. Porque si lo haces… me perderás. Y no quiero perderme. No quiero perderte. Estamos en esto juntos, Dante. Desde el principio hasta el final. Lo prometimos. Y yo no rompo mis promesas.
La miré a los ojos, y vi en ellos la misma determinación que me había conquistado desde el primer día. Asentí, y le besé la frente, sellando la promesa.
—Juntos —repetí—. Siempre.
En ese momento, el teléfono del despacho sonó con insistencia, rompiendo el momento. Me aparté con pesar y contesté, manteniendo una mano sobre el hombro de Valeria, como si necesitara seguir tocándola para saber que todo era real.
—Señor Varela —era Elena, y su voz sonaba tensa, preocupada—. Lamento interrumpir, pero… hay algo que tiene que ver. Acaban de enviar un paquete a la recepción. Sin remitente. Y hay una nota… con el nombre de la señorita Méndez.
El corazón se me detuvo. Miré a Valeria, que me observaba con expresión interrogante, y sentí cómo la alarma se encendía en mi pecho.
—¿Qué dice la nota? —pregunté con voz grave.
—Dice: “Dile a la niña que siga buscando… y encontrará mucho más de lo que está dispuesta a aceptar.”
Solté el teléfono lentamente, sintiendo cómo el aire se volvía pesado en la habitación. Alguien sabía. Alguien sabía que estábamos investigando, que estábamos juntos, que nos acercábamos a la verdad. Y nos estaba advirtiendo. Nos estaba retando.
—¿Qué pasa? —preguntó Valeria, notando el cambio en mi rostro—. ¿Qué ocurrió?
—Alguien sabe que estamos aquí —dije, mirándola con seriedad—. Alguien nos está vigilando. Y nos envió un mensaje.
Ella no se apartó. No dio un paso atrás. Solo apretó la mandíbula y tomó mi mano con fuerza.
—Que lo haga —dijo con firmeza, con una valentía que me llenó de orgullo y de terror al mismo tiempo—. Que nos rete. Porque nosotros también estamos buscando. Y no vamos a parar. No ahora. No cuando por fin estamos cerca.
La atraje hacia mí de nuevo, protegiéndola con mi cuerpo, deseando poder encerrarla en un lugar donde nadie pudiera hacerle daño, sabiendo que no podía, que ella era fuerte y valiente y que no se dejaría asustar.
—No te dejaré que te hagan daño —le prometí, mirándola a los ojos—. Ni a ti, ni a nadie que ames. Lo juro.
—Lo sé —respondió ella—. Y yo te protegeré a ti. Como tú me proteges a mí. Somos un equipo, ¿recuerdas? Nada nos separa. Nada nos detiene.
Recogimos los documentos con cuidado, guardándolos en cajas seguras, cerrando con llave el espacio secreto. Sabíamos que el tiempo se nos había acabado. Que el juego había cambiado. Ya no se trataba solo de encontrar la verdad. Se trataba de sobrevivir a ella. Y mientras salíamos del despacho, caminando juntos por el pasillo, sintiendo las miradas de todos sobre nosotros, no nos separamos. Caminamos de la mano, desafiantes, unidos, listos para enfrentar lo que viniera. Porque ahora no estábamos solos. Y ahora… la venganza ya no era lo que nos movía. Era algo mucho más poderoso, mucho más peligroso, mucho más hermoso: el amor. Y el amor, descubrí esa noche, es la fuerza más temible del mundo. Porque cuando tienes algo que vale la pena proteger… eres capaz de cualquier cosa. Incluso de enfrentar a la oscuridad misma.




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