Capítulo 6
Cerré los ojos un instante, y el presente se desvaneció: el despacho, la llave de bronce, la amenaza, el peligro... todo se alejó, dejando paso a un recuerdo que llevaba guardado en lo más profundo de mi ser, intacto, vivo, como si hubiera sucedido ayer. Siete años atrás. Yo tenía veintisiete años, apenas empezaba a levantar lo que sería mi imperio, y el mundo parecía un lugar más grande, más oscuro, y mucho más solitario.
Todo comenzó una noche cualquiera, de esas en las que el ruido de la ciudad se te mete en los huesos y necesitas salir, respirar, escapar de todo lo que te rodeaba. Fui a una discoteca del centro, un lugar discreto, con música suave, luces tenues que se movían lentamente sobre las paredes. No buscaba compañía. No buscaba nada. Solo quería estar lejos de las reuniones, los contratos, las miradas que siempre pesaban, los enemigos que ya empezaban a acechar desde las sombras. Me senté en la barra, con un vaso en la mano, sin beber, solo observando, perdido en mis propios pensamientos, cuando ocurrió.
Llegó ella.
No la vi entrar. No escuché su paso. Simplemente, de un instante a otro, su presencia llenó el lugar. Iba caminando distraída, con un vaso en la mano, y de pronto chocamos. No fue fuerte, apenas un roce, pero suficiente para que su bebé se derramara un poco sobre mi brazo. Se detuvo en seco, alarmada, y alzó la vista para disculparse. Y en ese momento... el mundo se detuvo.
Tenia dieciocho años. Acababa de cumplirlos, lo supe al instante por esa mezcla de juventud y madurez que brillaba en sus ojos. Era hermosa, sí, de una belleza que te dejaba sin aliento, pero no era eso lo que me atrapó de golpe. Era su mirada. Profunda, oscura, cargada de una fuerza que no encajaba en una chica de su edad, y al mismo tiempo... de una tristeza que parecía llevar consigo desde siempre. Me miró con esos ojos, y sentí que me conocía. Que yo la conocía. Que de alguna manera, nuestros caminos ya se habían cruzado antes, en otra vida, en otro tiempo.
-Lo siento mucho -dijo de inmediato, con una voz suave pero firme, apenada sin perder la compostura-. No te vi, iba pensando en otra cosa. Déjame invitarte otro, por favor.
Yo no podía hablar. Me quedé ahí, de pie, mirándola, sintiendo cómo algo se rompía dentro de mí, algo que había estado cerrado durante años. Mi corazón, que creía de piedra, empezó a latir con una fuerza dolorosa, desesperada, como si supiera que acababa de encontrar lo que le faltaba para vivir.
-No hace falta -conseguí decir al fin, y mi voz sonó más ronca de lo normal-. No fue nada. De verdad.
Ella sonrió entonces, una sonrisa que iluminó todo su rostro, y sentí que me caía en un abismo sin fondo.
-¿Seguro? Insisto. Fue culpa mía.
-Seguro -respondí, y esta vez sonreí también, sin poder evitarlo-. Pero si quieres quedarte un momento... no me molestaría.
Se quedó. Se sentó junto a mí, y durante horas hablamos. No recuerdo de qué hablamos exactamente. No importaba. Podía ser de cualquier cosa, del clima, de la música, de la ciudad... lo único que importaba era su voz, su forma de ver el mundo, la manera en que hablaba con pasión de todo lo que creía justo, la sinceridad absoluta con la que se expresaba sin importarle quién escuchara. Era pura. Era auténtica. Y yo, rodeado de mentiras y máscaras desde que era niño, me sentí atraído hacia ella como hacia la luz más brillante de la noche.
No mencionamos nombres. No intercambiamos teléfonos ni direcciones. Algo en el ambiente nos dijo que no era necesario, que esa noche era especial, distinta a cualquier otra, y que lo mejor era dejarla fluir sin ataduras, sin expectativas. Yo sabía quién era ella, claro. En cuanto la vi, supe su apellido, su origen, su familia. Era la hija de un hombre al que había empezado a tratar poco antes, un hombre íntegro, trabajador, alguien en quien creía poder confiar. Pero no dije nada. No podía. Porque en ese momento, una parte de mí temía que, si supiera quién era yo, todo se rompería. Y la otra parte... la otra parte sabía que si me acercaba demasiado, la pondría en peligro.
Porque ya tenía enemigos. Gente que no dudaría en usar cualquier debilidad contra mí. Gente que me vigilaba, que esperaba que cometiera un error para destruirme. Y si descubrían que ella era mi debilidad... la usarían sin dudarlo. La lastimarían. Y eso... eso era algo que no podría soportar.
Cuando la madrugada empezó a asomar, se levantó despacio, como si no quisiera irse, como si algo la mantuviera anclada a mi lado. Me miró con esos ojos profundos, y por un instante creí que iba a decirme algo, que me pediría que no la dejara ir, que me daría su número, su nombre, cualquier cosa para volver a encontrarnos. Pero no lo hizo. Solo sonrió de nuevo, más suave esta vez, y dijo:
-Fue una noche inolvidable. Gracias por dejarme hablar contigo.
-Gracias a ti -respondí, y tuve que contenerme con todas mis fuerzas para no tomarla de la mano, para no pedirle que se quedara, para no confesarle que desde ese instante ya no podía dejar de pensar en ella-. Cuídate mucho. Por favor.
Asintió, y se alejó entre la gente, sin mirar atrás. Yo me quedé ahí, solo, con el vaso frío en la mano, sintiendo que se llevaba algo mío consigo. No la seguí. No podía. Sabía que si lo hacía, si aparecía en su vida sin poder protegerla de todo lo que me acechaba, la estaría arrastrando al peligro conmigo. Y eso era algo que jamás haría. La amaba. Ya la amaba, aunque apenas la conociera. Y el amor, el verdadero amor, a veces significa alejarse para que la persona que amas esté a salvo.
Pero no la perdí. No del todo. Desde esa noche, no pasó un solo día sin que pensara en ella. No pasó una noche sin que su imagen estuviera en mi mente. Me obsesioné, sí, lo admito. No era una obsesión enfermiza, era necesidad. Era la certeza de que mi vida no tenía sentido sin ella. Así que busqué la forma de acercarme, sin acercarme demasiado. Me hice más cercano a su padre. Le ofrecí inversiones, sociedades, proyectos en los que creía, pero que también me permitían estar cerca de su casa, de su mundo, de ella. Cada vez que iba a su oficina, cada vez que lo visitaba, esperaba verla pasar por la puerta, escuchar su voz, verla aunque fuera de lejos. Y cuando la veía... mi corazón se detenía. Pero nunca me acerqué. Nunca le hablé. Nunca le revelé quién era yo ni lo que sentía. Porque seguía siendo peligroso. Porque seguía sin poder protegerla como se merecía.
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Editado: 11.08.2026