Venganza y Pasión

El peso de la duda

Capítulo 8

El auto avanzaba por las calles, pero yo apenas veía el paisaje que pasaba frente a mis ojos. Todo lo que acababa de ocurrir en el banco, la caja de seguridad, los documentos, la promesa de nuestros padres... se mezclaba en mi cabeza como un torbellino, y no sabía qué pensar, qué creer, qué sentir. Dante conducía con una mano en el volante y la otra sobre el reposabrazos, cerca de la mía, como si esperara que la tomara en cualquier momento. Yo mantenía las manos apretadas en mi regazo, con los dedos entrelazados con tanta fuerza que me dolían los nudillos. No podía tomarla. No podía acercarme. No cuando todo dentro de mí estaba dividido en dos partes que se odiaban entre sí.

Él hablaba de casarnos como si fuera lo más natural del mundo, como si fuera la única respuesta, como si lo que sentíamos fuera suficiente para borrar todo el pasado, todo el dolor, todo lo que había venido a hacer. Y yo... yo asentí. Le dije que sí. Pero no porque estuviera segura. No porque lo amara con toda mi alma, como él parecía amarme. Lo dije porque necesitaba su ayuda. Porque sin él, sin su apellido, sin su protección, no podría llegar a la verdad. No podría cumplir mi venganza. Esa era la razón. Esa tenía que ser la razón. ¿Verdad?

¿Por qué te cuesta tanto admitir que ya no es así? me susurró una voz dentro de mí, pero la apagué de inmediato. No. Vine aquí con un propósito. Destruir a quien arruinó a mi familia. Y él... él es el medio para lograrlo. Nada más.

-¿Valeria? -su voz me sacó de mis pensamientos. Giré la cabeza hacia él lentamente. Me estaba mirando con esa ternura que siempre me desarmaba, esa mirada que parecía verme el alma-. ¿Estás bien? Estás muy callada.

Asentí, obligándome a sonreír, aunque sentí que la sonrisa se me quedó pegada en la cara, fría y falsa.

-Solo... estoy procesando todo -respondí, y mi voz sonó más firme de lo que esperaba-. Fue mucha información de golpe. No sé qué pensar.

Él apretó levemente el volante, asintió y volvió a mirar la carretera.

-Es normal. Yo tampoco lo asimilo todo. Pero lo que dije antes sigue en pie: no tienes que decidir nada ahora mismo. Tenemos tiempo. Bueno... -suspiró, con un tono más serio-, tanto tiempo como nos dejen tener. El enemigo no se va a quedar quieto esperándonos. Y ahora que sabemos que hay un acuerdo, que todo estaba planeado desde antes... quien sea que esté detrás de todo esto no va a permitir que cumplamos lo que nuestros padres decidieron.

Lo miré de reojo. ¿Y si yo tampoco quiero cumplirlo? pensé, y el corazón me dio un vuelco. No por rebelión, no por odio... sino porque no sé si puedo casarme con alguien a quien no amo de verdad. Y peor aún: no sé si lo que siento por él es amor, o miedo, o gratitud, o la necesidad desesperada de tener a alguien a mi lado en medio de todo este caos.

-Dante -empecé, y mi voz salió más baja de lo que quería-, sobre lo que dijiste de casarnos... él esperó un instante, sin dejar de mirarme, con esos ojos oscuros que me hacían sentir desnuda por dentro-. No lo dije por decir. Lo dije en serio. Pero... necesito que entiendas algo. Yo llegué a esta ciudad con un solo objetivo: venganza. No vine a enamorarme. No vine a casarme. Y aunque... aunque todo lo que estamos descubriendo nos una, eso no ha cambiado. Todavía necesito saber quién destruyó a mi familia. Todavía necesito justicia. Y si nos casamos... no quiero que pienses que lo hago por amor. No todavía. No sé si estoy lista para eso.

Me callé, esperando que se enojara, que se alejara, que me dijera que no valía la pena. Pero no lo hizo. Solo suspiró suavemente, como si ya lo supiera, como si leyera cada duda que llevaba guardada.

-Lo sé -dijo con calma-. No te pido que me ames todavía, Valeria. No te pido nada que no puedas dar. Si nos casamos, será para protegerte, para darte mi apellido, mi seguridad, mi poder... y para caminar contigo mientras buscas la verdad. Si en el camino nace algo más... lo recibiremos. Si no... cumpliremos el trato y cada uno seguirá su camino. Pero mientras tanto, no vas a estar sola. Y nadie va a poder hacerte daño mientras estés conmigo.

Sus palabras debieron haberme dado paz. Debieron haberme tranquilizado. Pero lo único que sentí fue más culpa. Porque él me estaba dando todo sin pedir nada... y yo yo estaba pensando en usarlo. En utilizar su apellido, su dinero, su influencia para llegar a quien buscaba, y luego... ¿qué? ¿Lo dejaría atrás cuando ya no me sirviera? Esa idea me dolió más de lo que quise admitir, pero me aferré a ella. Era mi brújula. Era lo único que tenía claro.

-Gracias -fue lo único que pude decir, y miré por la ventana para que no viera cómo se me llenaban los ojos de lágrimas que no sabía si eran de rabia o de tristeza-. Solo... no esperes más de mí de lo que puedo darte ahora.

-No espero nada que no estés dispuesta a darme -respondió él, con una dulzura que me partía por dentro-. Solo espero que me dejes estar ahí. Cuando estés lista para hablar, para gritar, para odiarme o para abrazarme... yo estaré ahí.

El resto del camino lo pasamos en silencio. Yo repasaba una y otra vez todo lo que había pasado en la caja de seguridad. El acuerdo de nuestros padres, el medallón, la nota que decía que el enemigo no era quien creíamos. ¿Y si Dante tenía algo que ver? ¿Y si él sabía más de lo que decía? ¿Y si todo lo que estaba haciendo era para asegurarse de que cumpliera ese trato que sus padres habían firmado años atrás? Mi mente corría en círculos, inventando sospechas, buscando señales de mentira en cada gesto suyo. Cada vez que me miraba con ternura, me preguntaba si era real o si era parte de un plan. Cada vez que me tomaba la mano, me preguntaba si lo hacía por cariño o porque sabía que yo era la pieza que le faltaba para completar su imperio.

Llegamos a su casa -la mansión grande, imponente, que antes me pareció fría y que ahora me daba miedo de llamarla hogar- y estacionó el auto en la entrada. Antes de bajar, apagó el motor y se giró hacia mí.




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