Capítulo 10
La mañana del día siguiente llegó gris y pesada, como si el cielo mismo supiera que mi vida estaba a punto de cambiar para siempre. Me desperté antes de que el sol asomara por las ventanas, con el corazón latiéndome demasiado rápido, como si intentara advertirme de algo que mi mente todavía no lograba comprender. Me senté en el borde de la cama, mirando mis manos, que no dejaban de temblar. Hoy nos casábamos. No por amor, me repetí una vez más, como un mantra que necesitaba creer. No por destino. Por protección. Por la verdad. Por la venganza. Eso era todo.
Me levanté y me acerqué al espejo. La chica que me devolvía la mirada se veía distinta: más pálida, con los ojos grandes y oscuros, como si ya llevara dentro de sí el peso de un apellido que aún no era mío. Varela, pensé, y el nombre me sonó extraño, pesado, como una cadena que me ponía al cuello. Hoy dejaría de ser solo Valeria Méndez, la chica que llegó a la ciudad buscando respuestas. Hoy me convertiría en la esposa de Dante Varela. Y con ese nombre, todo el mundo me conocería. Todos me mirarían. Todos hablarían de mí.
Me vestí con un vestido sencillo, de color crema, largo y sin adornos. No era un vestido de novia. No era de fiesta. Era solo... ropa. Algo que ponerme para firmar un papel. Así me dije a mí misma, aunque al mirarme al espejo de nuevo, tuve que admitir que me veía distinta. Más tranquila. Más segura. O tal vez solo estaba tratando de convencerme de que no estaba cometiendo el error más grande de mi vida.
Cuando salí de la habitación, Dante ya estaba esperándome abajo. Estaba de pie en el centro de la sala, vestido con un traje oscuro que le quedaba perfecto, pulcro, imponente... y al mismo tiempo, extrañamente vulnerable. Al verme, dio un paso hacia mí, y sus ojos oscuros recorrieron mi figura lentamente, como si estuviera grabándome en la memoria. No había música. No había flores. Solo él, y yo, y el silencio de la casa que de pronto se sentía demasiado grande para nosotros dos.
-Estás hermosa -dijo, con voz suave, como si temiera romper el momento-. No esperaba menos.
-Gracias -respondí, sintiendo cómo se me subía el calor a las mejillas-. Es solo un vestido. No es nada.
-No es el vestido -dijo él, y no me miró como si mintiera-. Eres tú.
No supe qué responder. Me quedé quieta, con las manos entrelazadas frente a mí, mientras él se acercaba un poco más, sin tocarme, solo estando ahí, cerca.
-El notario llegará en diez minutos -me informó-. Todo está listo. Firmamos, registramos el acta... y ya está. Legalmente, seremos esposos. Nadie más tiene que saberlo hoy si no quieres. Pero... -se detuvo un instante, como si buscara las palabras adecuadas-. Legalmente, tu nombre cambiará. Tu identidad quedará vinculada a la mía. Y en mi mundo... eso significa que todo el mundo lo sabrá. No puedo ocultarlo, Valeria. Lo siento. Mi vida es pública. Y ahora, la tuya también lo será.
Asentí, aunque sentí que el aire se me volvía más denso. Lo sabía. Lo había aceptado. Pero escucharlo decirlo en voz alta lo hacía real.
-Lo entiendo -dije-. Es parte del trato.
-Si en algún momento se vuelve demasiado pesado... me lo dices. Yo me encargo. No tienes que cargar con eso sola.
Antes de que pudiera responder, sonó el timbre. Dante abrió la puerta y entró un hombre de mediana edad, amable y serio, con un maletín de cuero en la mano. Era el notario. Nos saludó con respeto, colocó los documentos sobre la mesa del comedor y nos pidió que nos acercáramos.
El proceso fue rápido, casi impersonal. Leímos, confirmamos, firmamos. Yo sentía que cada trazo de la pluma era un paso sin retorno. Cuando él firmó, lo hizo con seguridad, sin dudar ni un instante. Y cuando llegó mi turno, mi mano tembló un poco antes de escribir: Valeria Méndez de Varela. Allí, en ese papel, dejaba de ser quien era para convertirme en la mitad de algo mucho más grande de lo que yo era.
-Felicidades, señora Varela -dijo el notario, sellando el documento-. Ya están casados. Legalmente, ante la ley y ante todo el mundo.
Se fue, y nos quedamos solos otra vez. En la sala, con el papel firmado entre nosotros, el silencio volvió a llenar el espacio. Dante me miró, y por un instante quiso tomarme la mano, pero se detuvo, como si recordara que no debía avanzar tan rápido.
-Gracias -dijo, con una sonrisa que se le quedó a medias-. Sé que no es lo que soñaste. Sé que no es como debería haber sido. Pero gracias por darme esta oportunidad.
-Es un trato, Dante -le recordé, aunque mi voz no sonó tan firme como quería-. Nada más.
-Lo sé -asintió-. Pero para mí... es mucho más.
No supe qué decirle. Bajé la mirada, y en ese momento, el teléfono de él empezó a sonar. Luego el mío. Y antes de que pudiéramos procesarlo, ambos sonaron al mismo tiempo, una y otra vez, como si el mundo entero estuviera llamando a la puerta de golpe. Dante frunció el ceño, miró la pantalla, y su expresión cambió.
-Ya salió -dijo, y su voz se volvió tensa-. El registro civil publica los matrimonios de figuras públicas. Lo filtraron. Ya lo saben.
-¿Quiénes? -pregunté, aunque ya lo intuía.
-Todos.
Se acercó a la televisión que estaba en un rincón, la encendió, y ahí estaba. En pantalla, en un noticiero de la mañana, apareció nuestro nombre en letras grandes y brillantes: DANTE VARELA SE CASA. Y debajo, mi nombre: Valeria Méndez, la nueva esposa del magnate.
Me quedé congelada. Mi rostro no estaba ahí, pero mi nombre sí. Mi apellido de soltera, el de mi padre, y ahora el suyo, juntos, para que millones de personas lo leyeran. El comentarista hablaba con rapidez:
"Confirmado esta mañana: Dante Varela, el hombre más poderoso y solitario de los negocios, se ha casado en una ceremonia privada con la joven Valeria Méndez. Poco se sabe de ella hasta el momento, pero desde ahora lleva el apellido Varela y forma parte de la familia más influyente de la región. La noticia ha sacudido la alta sociedad y los mercados financieros por igual..."
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Editado: 11.08.2026