Venganza y Pasión

Sombras en la mansión

Capítulo 11

La noche cayó sobre la mansión como un manto pesado y silencioso, y con ella llegó la soledad. Me quedé sentada en el borde de la cama mucho tiempo, con el teléfono aún en la mano, mirando aquel mensaje que me había helado la sangre: Cuidado con lo que buscas, Valeria. La verdad puede destruirte. Y ahora que llevas ese apellido... también puede destruirlo a él. Lo había leído una y otra vez, como si al repetirlo pudiera encontrar algún significado oculto, alguna pista sobre quién lo había escrito. Pero no había nombre, no había rostro, no había rastro. Solo una advertencia. Y el tono... no era de enemistad. Era de advertencia. Como si alguien que me conocía me estuviera protegiendo. O burlándose de mí.

Me levanté de un salto, dejé el teléfono sobre la mesa de noche con la pantalla hacia abajo, y caminé hacia la ventana. El jardín estaba sumido en la oscuridad, solo iluminado por las farolas que marcaban los senderos y por la luz pálida de la luna. Los árboles altos proyectaban sombras largas y retorcidas sobre el césped, y por un instante, me pareció ver movimiento entre ellos. Una figura oscura que se desvaneció entre los troncos en cuanto fijé la vista. Me contuve de gritar. Respiré hondo, me dije que era solo el viento, solo las ramas, solo mi imaginación jugándome malas pasadas después de todo lo que había vivido. Pero el corazón no dejó de latirme acelerado.

Me aparté de la ventana y recorrí la habitación con la mirada. Era inmensa, hermosa, con muebles de madera oscura y sedas en tonos crema y dorado. Una cama tan grande que parecía un mar de sábanas. Un balcón que daba al jardín trasero. Un tocador con espejo biselado. Y sin embargo... se sentía vacía. Demasiado vacía. Como si nadie hubiera dormido aquí en años. Como si estuviera esperándome a mí.

Me acerqué a la puerta y apoyé la mano sobre la madera. Al otro lado estaba él. Dante. Mi esposo. El hombre que todo el mundo temía, que yo había llegado a destruir, y que ahora... ahora dormía pared conmigo. Casi sin darme cuenta, toqué la madera con los nudillos, suavemente, casi sin hacer ruido. Nadie respondió. Claro que no. ¿Qué iba a decirle? Tengo miedo. Siento que nos observan. No sé quién soy ahora que llevo tu apellido. Nada de eso podía decírselo. No cuando todo entre nosotros era un trato.

Me alejé de la puerta, me deslicé bajo las sábanas y me obligué a cerrar los ojos. Pero el sueño no llegaba. Cada crujido de la casa antigua me hacía sobresaltar. Cada sombra en la pared cobraba vida propia. Y en la oscuridad, mi mente empezó a repasar todo lo que había ocurrido en las últimas horas. La boda. El notario. El papel firmado con mi nueva identidad. Los noticieros. Las revistas. Valeria Varela. La esposa del imperio. Me di la vuelta en la cama, incómoda con el nombre, con la vida, con todo lo que había aceptado sin estar segura de merecerlo.

Cuando por fin el sueño empezó a vencerme, un sonido leve me despertó del todo. No era el viento. No era la casa. Eran pasos. Suaves, lentos, en el pasillo fuera de mi habitación. Me quedé inmóvil, con el corazón golpeándome contra las costillas, escuchando. Los pasos se detuvieron justo frente a mi puerta. Contuve la respiración. ¿Dante? ¿Vendría a decirme algo? ¿A preguntarme si estaba bien? Pero no llamó. No tocó. Solo se quedó ahí, unos segundos que parecieron eternos, y luego los pasos se alejaron, hacia el final del pasillo, perdiéndose en la oscuridad de la casa.

Me incorporé en la cama, con la respiración entrecortada. ¿Por qué no llamó? ¿Por qué se detuvo ahí y luego se fue? ¿Y si no era él? ¿Y si alguien más estaba en la casa? Me puse de pie descalza, caminé despacio hacia la puerta y abrí con cuidado, solo unos centímetros. El pasillo estaba iluminado por una luz tenue que venía de un farol del techo. Estaba vacío. Pero al mirar hacia el suelo, vi algo que me hizo fruncir el ceño: justo frente a mi puerta, sobre la alfombra gruesa, había una pequeña mancha de lodo fresco. Como si alguien hubiera caminado con zapatos sucios por el pasillo y se hubiera detenido ahí, justo frente a mí.

Cerré la puerta con cuidado, con el corazón en la garganta, y eché el cerrojo. Alguien había estado ahí. Alguien que no era Dante, porque él conocía la casa, no vendría con lodo en los zapatos. Alguien había entrado. Y no sabía si había venido a dejarme algo... o a llevarse algo. O a observarme mientras dormía.

La mañana llegó pesada y lenta. Me desperté con ojeras marcadas, con la sensación de no haber descansado ni un minuto. Me vestí con ropa sencilla, un pantalón oscuro y una blusa de tonos neutros, como si pudiera pasar desapercibida en mi propia casa. Al bajar las escaleras, escuché voces en la sala de abajo. Una era la de Dante. La otra... una voz femenina, aguda, cargada de curiosidad y algo de desprecio.

-...y dicen que no tiene familia, que no tiene dinero, que apareció de la nada y se lo ganó con artimañas -decía la voz, y me detuve en el último escalón, sin que me vieran-. Nadie sabe quién es de verdad. Dante siempre fue tan cuidadoso, tan inteligente... ¿cómo se deja atrapar así?

-No hables de lo que no entiendes, Mariana -respondió Dante, y su voz era fría, cortante, un tono que nunca había usado conmigo-. Y te lo advierto una sola vez: cuando la conozcas, te diriges a ella con respeto. Es mi esposa. Y la dueña de esta casa.

-Su esposa por un papel, Dante. No nos engañes. Todos sabemos que esto no es por amor.

-Basta -cortó él, y el aire se tensó-. Si no puedes respetarla, mejor vete ahora mismo.

Bajé el último escalón haciendo un ruido deliberado, y ambos se giraron hacia mí. Dante estaba de pie junto a la ventana, con el ceño fruncido, y al verme, su expresión se suavizó de inmediato, aunque sus ojos seguían oscuros y molestos. La mujer que estaba frente a él era alta, elegante, con un vestido de diseñador y una mirada que me recorrió de arriba abajo como si estuviera inspeccionando un objeto de dudosa calidad. Tenía el cabello castaño recogido con perfección, y un collar de diamantes que brillaba contra su piel. Reconocí ese tipo de mujer: la alta sociedad, la que había nacido con todo y miraba con desdén a cualquiera que no perteneciera a su círculo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.