Venganza y Pasión

La sombra de la traición

Capítulo 12

La mañana siguiente no trajo luz, sino un peso nuevo, frío y duro, que se instaló entre nosotros desde el momento en que abrí los ojos. Me desperté con el recuerdo del mensaje anónimo clavado en la mente: Él te oculta la verdad. Y por primera vez, cada palabra, cada gesto, cada mirada de Dante dejó de parecer protección para convertirse en algo mucho más oscuro. Algo que no podía confiar.

Bajé al comedor con el corazón encogido, preparada para verlo, para hablarle... y para sentir que ya no era el mismo. Él estaba ahí, de pie junto a la ventana, mirando hacia el jardín con esa expresión seria que siempre tenía cuando pensaba en algo profundo. Al escuchar mis pasos, se giró de inmediato, y sus ojos se iluminaron de esa forma que antes me hacía sentir segura, comprendida... amada. Pero esta vez, no sentí nada de eso. Al contrario: sentí un escalofrío. Una sensación de que todo lo que había visto en él era una máscara.

-Buenos días -dijo, con esa voz suave que siempre usaba conmigo, acercándose un paso-. Dormiste algo? Me preocupaste anoche, te noté inquieta.

Me detuve a distancia, sin acercarme más. No le devolví el saludo con la misma calidez. Solo lo miré, directo a los ojos, buscando la mentira.

-No dormí mucho -respondí, seca, sin apartar la vista-. Hay muchas cosas en las que pensar. Muchas cosas que no encajan.

Dante frunció levemente el ceño, notando el cambio en mi tono, en mi postura, en la forma en que lo miraba como si fuera un extraño.

-¿Algo en particular? -preguntó, con esa paciencia que ahora me pareció fingida-. ¿Fue el mensaje de ayer? ¿O lo del sótano? Podemos hablarlo, Valeria. Lo que sea que te esté molestando, dímelo. No quiero que estés así, alejada de mí.

-¿Así cómo? -lo interrumpí, con más dureza de la que pretendía-. ¿Despierta? ¿Preguntándome cosas? ¿No es eso lo que quieres? Que crea todo lo que tú me dices, sin cuestionar, sin buscar por mi cuenta, sin darme cuenta de que me estás ocultando la verdad?

Se quedó quieto, sorprendido por mi ataque, y vi cómo una sombra de dolor cruzó su rostro.

-Nunca te he pedido que no cuestiones -dijo, suave pero firme-. Solo te pido que cuando tengas dudas, me preguntes a mí antes de juzgarme. Antes de creer lo que te digan otros, lo que leas en mensajes anónimos... créeme a mí. ¿No te he demostrado ya que estoy de tu lado?

-¿Lo has hecho de verdad? -dije, y mi voz tembló, no de miedo, sino de rabia que empezaba a crecer-. Me dices que confíe en ti, pero hay puertas que no puedo abrir. Hay lugares que me prohíbes. Hay respuestas que tienes y no me das. ¿Cómo quieres que confíe? ¿Cómo quieres que crea que no eres parte de todo esto?

Dante dio un paso hacia mí, instintivo, como para tomarme la mano, pero yo retrocedí de golpe, alejándome de su alcance. Ese gesto lo detuvo en seco. Se quedó con la mano suspendida en el aire, y vi cómo sus ojos se oscurecieron, cómo se le marcó la mandíbula, luchando contra lo que sentía.

-Valeria... por favor -susurró, con una voz quebrada-. No me mires así. No con esos ojos. Como si fuera tu enemigo. Como si te hubiera traicionado. No sabes cuánto me duele verte así.

-¿Y a ti qué te importa? -solté, y la palabra salió cortante como un cuchillo-. ¿O es que te importa que descubra la verdad antes de lo que planeabas?

No esperé su respuesta. Me di la vuelta y salí del comedor, dejándolo ahí, solo, con la mano aún extendida. No miré atrás. No porque no quisiera verlo... sino porque si lo hacía, podría debilitarme. Y no podía permitirme eso. No ahora. No cuando estaba tan cerca de las respuestas.

Pasé la mañana recorriendo la casa, pero ya no como quien la explora para sentirse en casa. Ahora lo hacía buscando pistas. Buscando lo que él escondía. Cada puerta cerrada, cada cajón sin abrir, cada objeto que no reconocía... todo se convirtió en una posible señal de que me estaba mintiendo. Y cuanto más pensaba en ello, más se enfriaba todo lo que habíamos construido. Esa calidez que él me transmitía, esa sensación de protección... ahora se sentía como una trampa bien tejida. Como si todo lo que hacía fuera para mantenerme ocupada, enamorada, ciega a la realidad.

Hasta que, cerca del mediodía, encontré algo.

Estaba en el estudio de Dante. Sabía que no debía entrar. Sabía que era su espacio privado. Pero la curiosidad, la desconfianza, la necesidad de saber la verdad... fueron más fuertes. Empujé la puerta con cuidado y entré. El olor a él -a madera, a lluvia, a algo masculino y familiar- me rodeó de inmediato, y por un segundo, el corazón se me apretó de nostalgia. Pero sacudí la cabeza. No te dejes engañar, me dije.

Recorrí el escritorio con la mirada. Papeles, plumas, un marco con una foto de él cuando era niño, con una mujer que supuse era su madre. Nada fuera de lo común. Hasta que vi un cajón inferior, ligeramente entreabierto, como si alguien lo hubiera abierto y no lo hubiera cerrado bien. Algo me dijo que no debía mirar. Algo me gritó que lo cerrara y me fuera. Pero mis manos se movieron solas. Lo abrí del todo.

Y ahí estaba.

Una carpeta vieja, de cuero desgastado, con el nombre de mi padre escrito en la esquina. Julián Méndez. Mi respiración se detuvo. Saqué la carpeta con manos temblorosas y la abrí. Adentro había documentos, contratos, informes financieros... y una nota manuscrita, con la letra de Dante. La reconocí al instante, era la misma con la que había escrito el trato de matrimonio.

Leí, y el mundo se me cayó encima.

"El plan sigue. Julián Méndez debe caer. Si no acepta la alianza, lo destruimos. No hay vuelta atrás. Su caída nos dará el control total. Que no quede rastro de nuestra participación."

Me quedé con el papel en la mano, leyéndolo una y otra vez, sin poder creer lo que veía. Su letra. Su plan. Él había ordenado la destrucción de mi padre. Él. El hombre que me había dado su apellido. Que me juró que estaba de mi lado. Que dijo que me amaba desde antes de conocernos. Todo era mentira. Todo. El matrimonio, la protección, las palabras dulces... todo era parte de su plan. Y yo... yo me había casado con el hombre que arruinó a mi familia. Que mató a mi padre.




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