Capítulo 13
Se fue. Y el mundo se fue con ella.
Me quedé de pie en el estudio, con el eco de sus pasos aún vibrando en el suelo de madera, y la frase que me había lanzado -Te odio con toda mi alma- clavada en el pecho como una bala. Podría soportar cualquier cosa: amenazas, balas, ruinas, perder mi imperio entero. Pero que ella me mirara así... con esos ojos que yo había soñado ver brillar de amor, y que en su lugar solo reflejaban asco, rabia, desprecio... eso me estaba matando, parte por parte, sin prisa pero sin piedad.
Me dejé caer en la silla del escritorio, las manos temblando, y me cubrí el rostro. El dolor era físico, real, una presión brutal en el centro del pecho que me dificultaba respirar. ¿Por qué? me pregunté una y otra vez. ¿Por qué tuvo que encontrarla así? ¿Por qué justo esa nota, justo ese día, justo cuando empezábamos a construir algo real? Si hubiera esperado... si hubiera preguntado... si me hubiera mirado a los ojos un segundo antes de juzgarme... le habría dicho todo. Le habría explicado cada palabra, cada línea, cada secreto que llevo cargando desde que era un niño. Pero no me dio tiempo. No me dio ni un minuto. Y ahora... ahora me odiaba. Y lo peor no era eso... lo peor era que yo la amaba más que a mi propia vida. Y ella creía que era el monstruo que destruyó la suya.
Me levanté despacio, con las piernas pesadas como plomo, y caminé hacia la ventana. Abajo, el jardín seguía igual: los árboles, las flores, la fuente que no dejaba de sonar. Todo seguía en su lugar, aunque mi mundo se hubiera hecho pedazos. Me apoyé en el marco, mirando sin ver, y mi mente volvió a la primera vez que la vi. Aquella noche, en la discoteca, cuando entró y todo lo demás dejó de importarme. Tenía dieciocho años, ojos llenos de fuego y una fuerza que me golpeó antes de que pudiera reaccionar. No sabía quién era. No sabía que era la hija de Julián Méndez. Solo sabía que en cuanto la vi, supe que era ella. La que había esperado sin saberlo. La que daría sentido a todo.
Me acerqué a su padre, hice negocios con él, invertí en su empresa... todo por estar cerca de ella. Porque cada vez que la veía, aunque fuera de lejos, aunque solo fuera un saludo, mi mundo se enderezaba. Y cuando todo se derrumbó, cuando su padre cayó, cuando ella desapareció... creí que me había vuelto loco. La busqué por meses, por cada rincón de la ciudad, de la región, sin descanso. No sabía si estaba viva o muerta. No sabía si la habían matado o si había huido. Y cuando la vi llegar a mi puerta, llena de rabia, con esos mismos ojos encendidos... mi corazón dio un vuelco tan fuerte que creí que iba a desmayarme. Estaba viva. Estaba aquí. Y me odiaba desde el primer segundo.
Ahora lo entendía todo. Ella llegó buscando al culpable. Yo era el nombre que aparecía en los papeles, el dueño de todo lo que quedaba de su padre. Y esa nota... esa maldita nota... parecía confirmarlo todo. No tuve tiempo de explicarle que la escribí cuando era joven, cuando mi propio padre me obligó a elegir entre su familia y la verdad. Cuando me dijo que Julián Méndez era el enemigo, que si no lo destruía él nos destruiría a nosotros. La escribí para proteger a los míos... pero nunca la ejecuté. Nunca fui yo. Y cuando descubrí la verdad... cuando supe quién era su padre y qué le habían hecho... ya era demasiado tarde. El daño estaba hecho. Y yo llevaba el apellido del culpable.
Me senté de nuevo, con la cabeza entre las manos, y miré la carpeta que ella había dejado caer sobre la mesa. La nota estaba ahí, visible, acusándome con mi propia letra. Si pudiera arrancarla del papel y quemarla, lo haría. Pero no podía borrar el pasado. Solo podía esperar que algún día... tal vez... ella me creyera. Pero hoy no. Hoy me odiaba. Y eso era todo lo que importaba.
Pasaron las horas. No bajó a comer. No salió de su habitación. Cada vez que alguien entraba a la casa -el personal, los proveedores-, sentía el impulso de gritarles que se fueran, que nadie podía entrar, que mi mundo se estaba rompiendo y no quería que nadie lo viera. Pero me quedé quieto. Esperando. Esperando que abriera la puerta, que bajara, que me mirara y me dijera: "Explícamelo. Dime que no es verdad." Pero no lo hizo. El silencio desde el piso de arriba era absoluto, pesado, como una losa sobre mi pecho.
Al atardecer, no pude más. Salí del estudio y subí las escaleras, despacio, como si cada paso me costara la vida. Me detuve frente a su puerta. La madera estaba fría bajo mi mano. Quería tocarla. Quería llamarla. Quería suplicarle que me escuchara. Pero tenía miedo. Miedo de que me gritara. Miedo de que me mirara con ese odio otra vez. Miedo de que me dijera que se iba. Y si se iba... ¿qué sería de mí?
-Valeria -susurré, tan bajo que apenas yo mismo lo escuché-. Sé que estás ahí. Sé que me odias. Pero necesito que sepas algo. Esa nota... no es lo que crees. Yo nunca... nunca quise hacerle daño a tu padre. Ni a ti. Si supieras cuánto lo siento... si supieras cuánto me duele que pienses que soy capaz de algo así...
Me callé, tragando el nudo que tenía en la garganta. No hubo respuesta. Solo silencio.
-Te amo -dije, y la voz se me quebró-. No importa lo que pienses de mí. No importa lo que creas saber. Te amo. Con cada latido de mi corazón, te amo. Y no voy a dejar que te vayas sin saber la verdad. Aunque me odies. Aunque me odies para siempre. Te la voy a decir. Y cuando lo sepas... puedes decidir qué hacer conmigo. Te lo mereces. Mereces saberlo todo.
Me quedé ahí un rato más, con la frente apoyada contra la puerta, esperando una señal, un sonido, cualquier cosa. Pero nada. Y con el corazón destrozado, me alejé. No podía obligarla a escucharme. Tenía que ser ella quien decidiera cuándo estaba lista. Mientras tanto... yo esperaría. Aquí. En cualquier lugar donde ella estuviera. Aunque fuera al otro lado de una puerta cerrada.
Bajé de nuevo al estudio. Tenía que ocuparme de otras cosas, aunque nada importara. Había mensajes, llamadas, correos. El imperio no se detenía porque su dueño estuviera roto por dentro. Lo revisé por inercia, hasta que uno de los mensajes me detuvo en seco. Era de un número desconocido. Lo abrí con el ceño fruncido.
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Editado: 11.08.2026