Venganza y Pasión

Dos mundos separados

Capítulo 14

La puerta se cerró con un golpe seco a mis espaldas, y el sonido resonó en toda la habitación como un punto final. Me dejé caer contra la madera, el pecho subiendo y bajando con fuerza, las lágrimas quemándome los ojos aunque no dejé que cayeran. Te odio con toda mi alma. Esas palabras seguían sonando en mi cabeza, rebotando una y otra vez, cada vez más duras, más frías, más definitivas. Y lo peor no era que me las hubiera dicho... lo peor era que ella las creía. Con toda su alma las creía. Y yo no tenía forma de detenerla. No ahora, no sin pruebas, sin la verdad en la mano.

Me deslicé hasta quedar sentado en el suelo, justo frente a su puerta, las manos caídas a los costados, sin fuerzas para levantarme. ¿Cómo se puede perder algo que apenas se ha tenido? me pregunté. ¿Cómo puede doler tanto algo que empezó como un trato, como una mentira, como un arreglo entre dos personas que apenas se conocían? Pero no era mentira para mí. Nunca lo fue. Desde el primer instante en que la vi, aquella noche en la discoteca, con sus dieciocho años y esa mirada que parecía capaz de incendiar el mundo entero... todo lo demás dejó de importarme. El imperio, los negocios, los enemigos... todo se redujo a ella. Y ahora me miraba como si fuera el monstruo que le había arrebatado todo. Y en cierto modo... tal vez lo era. No por lo que hice, sino por lo que no pude evitar. Por lo que mi familia hizo antes de que yo pudiera detenerlo.

Arriba, al otro lado de la puerta, Valeria se abrazaba a sí misma, temblando, con la carpeta aún apretada contra el pecho, como si fuera un escudo. No lloraba de dolor ahora. Las lágrimas se habían secado, reemplazadas por algo más frío y más duro: la determinación. El odio limpiaba la confusión, dejando solo una cosa clara: tenía que hacerlo. Tenía que destruirlo. No solo por su padre, sino por ella misma. Por la tonta que había creído en sus palabras dulces, en sus miradas tiernas, en la idea absurda de que entre el amor y la venganza podía haber un terreno medio. No lo había. Él era el culpable. Ella era la jueza. Y el castigo sería justo.

Se levantó despacio, con las piernas firmes por primera vez en días, y caminó hacia la mesa de noche donde había dejado el teléfono. Lo tomó con manos que ya no temblaban, buscó el número que le había enviado los mensajes, y escribió: Tengo la prueba. Su letra. Su plan. No hay duda. Dime qué hacer. Estoy lista para terminar lo que empecé.

La respuesta llegó casi al instante, como si alguien hubiera estado esperando esa frase exacta: Bien hecho. No te precipites. La destrucción debe ser lenta, pública, irreversible. Primero debes reunir todo lo que tienes. Documentos, fechas, nombres. No puedes fallar ahora. ¿Estás segura de que quieres saberlo todo? Porque una vez que cruces esa línea, no hay vuelta atrás.

Valeria miró la pantalla, leyó las palabras una y otra vez, y sin dudar un segundo respondió: Estoy segura. No hay línea que no esté dispuesta a cruzar. Él destruyó mi vida. Yo destruyo la suya.

Abajo, en el estudio, yo estaba de pie frente a la ventana, mirando sin ver el jardín que se extendía bajo la luz pálida del atardecer. Algo en su mensaje me había hecho dudar. No todo lo que brilla es oro. Eso decía. Y el verdadero enemigo aún no ha mostrado su rostro. ¿Por qué me lo decía así? Como si quisiera advertirme a mí también, no solo a ella. ¿Y si esa persona no era el enemigo? ¿Y si era la única que nos estaba diciendo la verdad? Pero entonces... ¿por qué no dar la cara? ¿Por qué ocultarse detrás de números anónimos y mensajes crípticos?

Me senté frente a la computadora y volví a revisar los registros del sistema de seguridad. Las cámaras estaban desactivadas desde la noche anterior, a las 23:17 horas. No hubo corte de luz, no hubo fallo técnico. Alguien entró al sistema y las apagó manualmente. Alguien que conocía las claves. Alguien que tenía acceso. Y eso reducía la lista de sospechosos a muy pocas personas. Demasiado pocas para mi gusto.

Saqué del cajón inferior del escritorio una carpeta vieja, igual a la que ella había encontrado, pero esta era diferente. No tenía notas escritas a mano ni planes de destrucción. Tenía fechas, números, transferencias, nombres de empresas fantasmas, registros de reuniones que nunca debieron existir. Todo lo que había logrado recopilar en los últimos tres años, buscando la verdad sobre la caída de Julián Méndez y sobre quién se había beneficiado realmente de todo. Y cuando lo vi todo junto, ordenado, claro... el nombre que había temido ver aparecía una y otra vez. En cada movimiento, en cada ganancia, en cada paso que había llevado a la ruina de la empresa de su padre y al ascenso fulminante de la mía.

Rodrigo Varela. Mi tío. El hombre que me había criado cuando mis padres murieron. El socio principal del imperio. El hombre en el que más confiaba.

Me dejé caer en la silla, la carpeta en las manos, sintiendo cómo el mundo se me desmoronaba por segunda vez en días. No era yo. Nunca lo fui. Pero tampoco era él quien lo había hecho todo solo. Yo había sido una pieza en su juego. Una herramienta. Y cuando descubrí lo que estaba haciendo... cuando intenté detenerlo... me amenazó. Me dijo que si hablaba, si me oponía, haría daño a la única persona que me importaba. A ella. A Valeria. Porque él sabía. Siempre supo quién era ella desde el primer momento en que la vi. Y usó eso para controlarme.

La nota que Valeria había encontrado... la escribí cuando él me obligó a elegir. "Escribe que debe caer, o ella cae con él." No tuve opción. La escribí para protegerla. Para ganar tiempo. Para buscar la verdad mientras aparentaba seguir sus órdenes. Y cuando la encontró... justo cuando yo estaba a punto de tener todas las pruebas para destruirlo... todo se vino abajo. Porque ella leyó las palabras sin saber el contexto. Sin saber que detrás de cada letra había una amenaza contra su propia vida.

-Perdón -susurré al vacío, con la voz rota-. Perdóname, Valeria. Si hubiera podido decírtelo todo... si hubiera tenido el valor de arriesgarlo todo antes...




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