Venganza y Pasión

El sabor de la oscuridad

Capítulo 15

La puerta se cerró detrás de mí con un golpe seco que resonó en toda la habitación, y me quedé sola de nuevo. Pero esta vez no era la misma soledad de siempre. Era pesada, densa, llena de cosas que no quería sentir, de pensamientos que se amontonaban en mi cabeza sin dejarme respirar. Me dejé caer en la cama, mirando el techo alto y oscuro, y por primera vez en mucho tiempo no supe qué creer. La nota... su letra... todo parecía tan claro, tan indiscutible. Pero entonces, aquella voz al otro lado de la puerta, llena de dolor, de desesperación... ¿podría fingir así? ¿Podría alguien mentir con tanta angustia en cada palabra?

Me levanté de un salto, incapaz de quedarme quieta, de soportar el silencio que me rodeaba como una manta pesada. Necesitaba algo. Cualquier cosa que callara el ruido en mi cabeza, que borrara la imagen de él mirándome con esos ojos llenos de lágrimas que no esperaba ver. Mis pasos me llevaron sin pensarlo hacia la pequeña bar que había en el rincón de la habitación, una de esas cosas que Dante había mandado poner para mí, pensando que me gustaría tener algo de mi gusto. Qué ironía, pensé con amargura. Ahora lo usaría para ahogar el recuerdo de él.

Saqué la botella que estaba más cerca, sin leer la etiqueta, sin importarme qué era. Solo quería que ardiera, que quemara todo lo que sentía por dentro. Descorché con manos temblorosas, serví una copa y me la llevé a los labios sin dudar. El líquido bajó quemando la garganta, caliente y áspero, y sentí cómo el calor se extendía por mi pecho, reemplazando poco a poco el frío que me había acompañado todo el día. Bebí otra copa. Y otra. Sin pensar, sin contar, sin detenerme. Cada trago era un intento de borrarlo todo: su rostro, su voz, la forma en que me había mirado cuando le dije que lo odiaba.

-¿Por qué duele tanto? -susurré al vacío, con la lengua ya un poco torpe, los ojos empañados no solo por el alcohol-. Si es el culpable... si destruyó a mi familia... ¿por qué me duele el alma cada vez que recuerdo su cara? ¿Por qué quiero creerle aunque todo diga que miente?

La habitación empezó a dar vueltas lentamente, suavemente, como si el mundo entero se hubiera puesto a girar a mi alrededor. Me senté en el borde de la cama, la botella aún en la mano, y las lágrimas finalmente cayeron, mezclándose con el sabor amargo que me quedaba en la boca. Pensé en él. En Dante. En cómo me había mirado aquella primera vez. En cómo me había hablado. En la forma en que me tocaba, como si fuera algo frágil, algo valioso, algo que no merecía ser dañado. ¿Podría ser todo falso? ¿Podría alguien fingir tanto amor con tanta perfección? O tal vez... tal vez yo quería creerlo. Tal vez yo estaba buscando cualquier excusa para no tener que odiarlo.

-Mientes -me dije a mí misma, con voz arrastrada-. Todo es mentira. La nota lo dice claro. Él es el culpable. Él arruinó a papá. Él me usó. Y ahora... ahora tengo que destruirlo. Es lo justo. Es lo que merece.

Pero las palabras no tenían fuerza. Se desarmaban al salir de mi boca, débiles y vacías. Bebí más, hasta que la botella estuvo casi vacía, hasta que el dolor se volvió borroso, lejano, hasta que ya no sabía bien dónde terminaba la realidad y empezaba lo que yo quería que fuera verdad. Me levanté, tambaleándome, y caminé hacia el balcón. Necesitaba aire. Necesitaba que el viento me golpeara la cara y me aclarara la mente. Necesitaba dejar de sentirlo todo.

Salí al balcón y el aire frío de la noche me golpeó de lleno, haciéndome estremecer. Apoyé las manos en la barandilla y miré hacia abajo, hacia el jardín oscuro y silencioso, iluminado apenas por la luz pálida de la luna. Todo estaba en calma. Todo parecía perfecto. Y yo estaba hecha pedazos. Una risa amarga se me escapó. Qué fácil era para todos los demás. Qué sencillo era vivir sin llevar un pasado pesando en el pecho, sin tener que elegir entre el amor y la venganza.

-¿Por qué no puedo ser normal? -murmuré al viento-. ¿Por qué no puedo simplemente amarlo y dejar que él me ame? ¿Por qué todo tiene que estar manchado de sangre y de culpa?

No esperé respuesta. No esperé que nadie me escuchara. Pero de pronto, sentí una presencia detrás de mí. No un ruido, no un paso... simplemente la sensación de que no estaba sola. Me giré despacio, con la cabeza dándome vueltas, y lo vi. Una figura alta, de pie en la sombra del balcón, apenas iluminada por la luz que se filtraba desde la habitación. No podía verle bien el rostro. Las sombras caían sobre él, ocultándolo todo. Pero había algo en su postura, en la forma en que me miraba... algo que me resultaba familiar.

-¿Quién eres? -pregunté, y mi voz sonó débil, perdida-. ¿Dante? ¿Eres tú?

No respondió. Dio un paso hacia mí y la luz le rozó media cara, pero no lo suficiente para reconocerlo con claridad. Solo vi los ojos, oscuros y profundos, llenos de una intensidad que me dejó sin aliento. En mi estado, borracha y rota, no me detuve a pensar. No me pregunté cómo había entrado, ni por qué no hablaba, ni si era realmente él. Solo vi a alguien que venía hacia mí, alguien que parecía saber lo que estaba sintiendo, alguien que no me miraba con odio ni con juicio. Alguien que... se parecía tanto a él.

-¿Viniste? -susurré, dando un paso hacia él también, tambaleándome-. ¿Viniste a decirme la verdad? ¿A explicarme por qué duele todo tanto?

Seguía sin hablar. Estaba a un paso de mí ahora, y podía sentir su calor, su cercanía, esa familiaridad que me envolvía como un abrigo. Alguien levantó una mano y me acarició la mejilla, despacio, con una ternura que me hizo llorar de nuevo. Cerré los ojos ante el tacto, y en ese momento ya no importó nada. No importó quién era, no importó si era real o un sueño, no importó si mañana me arrepentiría. Solo importó que en ese instante, por primera vez en mucho tiempo, no me sentía sola.

-Bésame -le pedí, casi sin voz-. Por favor... bésame y haz que deje de doler. Lo que sea que hagas... solo haz que deje de doler.




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