Venganza y Pasión

Verdades a flor de piel

Capítulo 18

El silencio que siguió a la salida de Rodrigo no fue vacío. Estaba lleno de todo lo que acabábamos de decirnos, de todo lo que por años habíamos callado, de la certeza de que por fin, al fin, nos estábamos viendo tal cual éramos. Sin máscaras, sin mentiras, sin miedos que nos separaran. Dante me tenía abrazada con una fuerza que me decía que nunca más me soltaría, y yo me aferraba a él como si fuera el único suelo firme en un mundo que hasta hace poco se había desmoronado bajo mis pies.

-¿Estás bien? -me preguntó de nuevo, como si necesitara confirmarlo una y otra vez, pasándome la mano suavemente por el cabello, por el rostro, revisando cada rincón de mí-. ¿Te lastimó? ¿Te dijo algo más?

-No -respondí, sacudiendo la cabeza, sintiendo cómo sus manos me transmitían una calma que no sabía que necesitaba-. Solo eso. Pero estoy bien. Ahora que estás aquí, estoy bien.

Me miró a los ojos, y vi en los suyos cómo se llenaban de lágrimas que se negaba a dejar caer, pero que brillaban con una intensidad que me partió el pecho.

-Perdóname -repitió, con la voz rota-. Perdóname por no haber confiado en ti. Por creer que te protegería ocultándote la verdad. Por dejar que te hicieras ideas equivocadas, que me odiaras, que pasaras por todo ese dolor cuando yo solo quería que estuvieras a salvo.

-No tienes que pedir perdón -le dije, poniéndole una mano en el pecho, sintiendo su corazón latir desbocado bajo mis dedos-. Lo hiciste por miedo. Por miedo a perderme. Y yo... yo también tuve miedo. Miedo a que fuera verdad, miedo a amar al hombre que creía que había destruido a mi familia. Los dos nos equivocamos. Pero ahora ya sabemos. Ahora estamos juntos. Y eso es lo que importa.

Me incliné y lo besé despacio, saboreando cada segundo, sintiendo cómo él respondía con todo lo que llevaba dentro: amor, alivio, deseo, gratitud. Fue un beso distinto a todos los anteriores. Ya no había dudas, ni secretos, ni oscuridad que nos ocultara. Ahora sabíamos quiénes éramos el uno para el otro, y eso hacía que cada roce fuera más intenso, más verdadero, más nuestro.

Me tomó de la cintura y me acercó más a él, pegando su cuerpo al mío, y sentí esa electricidad que siempre nos recorría, pero ahora transformada en algo mucho más profundo, algo que nacía no solo del deseo, sino de la certeza absoluta de pertenecernos. Me levantó en brazos con facilidad, y yo rodeé su cintura con las piernas mientras me besaba sin detenerse, caminando despacio hacia la puerta del estudio y saliendo de ahí, alejándonos del lugar donde todo parecía haberse complicado tanto.

Subimos las escaleras despacio, sin separarnos, cada paso acercándonos a un lugar donde solo estuviéramos nosotros. Al entrar a su habitación, me dejó con cuidado sobre la cama, pero no se alejó. Se quedó de pie un instante mirándome, como si quisiera grabarse en la memoria cada detalle de cómo me veía en ese momento: con el cabello revuelto, los ojos brillantes, la mano aún sosteniendo su anillo.

-Eres lo más hermoso que he visto en mi vida -susurró, acercándose de nuevo y tomando mi mano para que el anillo quedara entre las dos-. Ese anillo... era de mi madre. Me lo dio antes de morir, diciéndome que se lo diera a la mujer con la que quisiera pasar el resto de mi vida. Nunca pensé que llegaría el momento. Hasta que te vi.

Se me llenaron los ojos de lágrimas, y se lo devolví para que me lo pusiera.

-Póntelo tú -le pedí con voz suave-. Quiero que seas tú quien me lo ponga. Como una promesa.

Lo tomó con manos temblorosas y lo deslizó en mi dedo anular, despacio, con una solemnidad que me hizo estremecer. Luego besó el dedo donde ahora brillaba la plata, y luego mis labios, mi barbilla, mi cuello, bajando despacio, dejando una estela de fuego y ternura a su paso.

-Te prometo -dijo contra mi piel-, que no volveré a ocultarte nada. Te prometo que lucharé por ti, por nosotros, por la justicia que tu familia merece. Te prometo que te amaré cada segundo, sin reservas, sin miedos, sin condiciones.

-Y yo a ti -respondí, abrazándolo con fuerza-. Te prometo que no dudaré de ti nunca más. Que lucharemos juntos, pase lo que pase. Que mi vida es tuya, igual que la tuya es mía.

No hubo prisa. No hubo prisa alguna. Cada movimiento, cada caricia, cada beso fue una forma de decir todo lo que las palabras no habían podido expresar en tanto tiempo. Me quitó la ropa con infinita suavidad, como si estuviera descubriendo algo sagrado, y yo hice lo mismo con él, dejando caer todas las barreras que nos habíamos puesto. Cuando finalmente estuvimos piel con piel, sentí que encajábamos como si hubiéramos sido creados para estar así: juntos, completos, sin nada que nos faltara.

Me amó con todo lo que era: con la pasión de quien ha esperado años por ese momento, con la ternura de quien cuida lo más preciado que tiene, con la intensidad de quien sabe que podría perderlo todo pero elige estar ahí. Y yo me entregué a él sin reservas, dejándome llevar por esa marea de sentimientos que me arrastraban hacia él, reconociendo cada roce, cada suspiro, cada mirada como algo que siempre había estado destinado a ser nuestro.

No fue solo placer. Fue sanación. Fue el perdón hecho carne, la verdad hecha abrazo, el amor que por tanto tiempo había permanecido oculto viendo la luz por fin. En cada movimiento nos dijimos todo lo que habíamos callado: el miedo, la soledad, la espera, la certeza de que al final habíamos encontrado el camino el uno al otro. Y cuando llegamos a ese momento donde ya no hay palabras, solo latidos que se acompasan y una sensación de plenitud que llena cada rincón del alma, nos abrazamos tan fuerte como pudimos, como queriendo fundirnos en una sola persona para nunca más separarnos.

Nos quedamos así mucho tiempo después, acostados, envueltos en las sábanas y en el silencio suave de la tarde que se convertía en noche. Él me acariciaba la espalda despacio, trazando figuras invisibles en mi piel, y yo apoyaba la cabeza en su pecho, escuchando el ritmo de su corazón, ahora tranquilo, ahora en paz.




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