Capítulo 20
La oscuridad del ático era densa, pesada, como si las sombras mismas se hubieran instalado entre las vigas de madera para observarme, esperando a que me rindiera. Pero no me rendí. No podía. Cada segundo que pasaba encerrada ahí arriba era un segundo más que Dante estaba abajo, solo, frente a Rodrigo, y la sola idea me hacía doler el pecho con una intensidad que casi me cortaba la respiración. Me puse de pie despacio, con las manos temblando pero con la mente clara, y recorrí cada centímetro de aquella pequeña habitación. No era muy grande: apenas cabía una cama vieja, un armario roto y una ventana pequeña, alta, que daba al patio trasero, protegida por barrotes de hierro oxidado. Las paredes eran de madera desnuda, fría al tacto, y el suelo crujía bajo mis pies con cada paso, como si la casa misma me estuviera advirtiendo de algo.
Empecé por las paredes, pasando las manos con cuidado, buscando cualquier irregularidad, cualquier tabla que sonara hueca, cualquier resquicio que pudiera ser una puerta oculta. Mis dedos recorrieron la madera rugosa, sintiendo las vetas, los nudos, el polvo acumulado durante años. En un rincón, cerca del suelo, una tabla sonó distinta. Más hueca, más ligera. Me arrodillé, presioné con los dedos, la empujé suavemente hacia un lado. Se movió con facilidad, como si alguien la hubiera dejado suelta a propósito, y detrás encontré un espacio estrecho, oscuro, donde algo brillaba débilmente entre la penumbra. Metí la mano con cuidado y saqué una pequeña linterna de pilas, todavía con carga, y un cuaderno de cuero, viejo, con las hojas ya amarillentas por el tiempo. El corazón me dio un vuelco. No era casualidad. Alguien lo había dejado ahí. Alguien que sabía que algún día podría ser necesario.
Encendí la linterna y dirigí el haz de luz hacia la portada del cuaderno. En la esquina inferior, con una letra elegante y femenina, estaba escrito un nombre: Elena. La madre de Dante. Mi respiración se detuvo. Abrí el cuaderno despacio, con manos temblorosas, y las primeras palabras que leí me hicieron sentir que el tiempo se detenía.
Si alguien encuentra esto, soy Elena Varela. Y si lo estás leyendo tú, mi Dante, significa que él lo consiguió. Que Rodrigo se salió con la suya. Pero quiero que sepas la verdad. Quiero que sepas que no te abandoné. Que no me fui por voluntad propia. Que él me quitó todo, igual que te lo querrá quitar a ti. Y que lo que ocultó... lo que él mató por proteger... está en el lugar donde nadie pensaría buscar. En el sitio donde empezó todo.
Las lágrimas me cayeron por las mejillas sin que pudiera detenerlas. Las palabras de aquella mujer que no había conocido pero que sentía tan cercana me atravesaron el alma. Seguí leyendo, devorando cada línea, cada confesión, cada detalle que ella había escrito con mano firme pero corazón roto. Rodrigo no solo había destruido a mi familia. Había destruido también la de Dante. Había manipulado, mentido, asesinado para llegar al poder, y todo lo había planeado desde mucho antes de que nosotros naciéramos. El cuaderno contenía nombres, fechas, lugares, transacciones secretas, reuniones nocturnas, testigos que habían desaparecido. Todo lo que Dante necesitaba para derribarlo estaba ahí, escrito de la mano de la única persona que lo había conocido mejor que nadie, la única que se había atrevido a enfrentarlo y había pagado con su vida por ello.
Cerré el cuaderno con cuidado, sintiendo que tenía en mis manos algo más que pruebas. Tenía el legado de una mujer que había amado a su hijo más que a su propia vida, y que había dejado la verdad ahí esperando el momento justo para salir a la luz. Y ese momento era ahora.
Me acerqué a la ventana, miré hacia abajo. Estábamos en el tercer piso, demasiado alto para saltar, pero no era imposible. En la pared exterior, justo debajo de la ventana, crecía una enredadera gruesa, vieja, que subía desde el jardín hasta llegar casi al alféizar. No era segura, podía ceder en cualquier momento, pero era mi única oportunidad. Y no iba a quedarme esperando a que vinieran por mí. Tenía que llegar con Dante. Tenía que mostrarle esto. Tenía que decirle que no estábamos solos, que la verdad estaba de nuestro lado.
Empujé la ventana con todas mis fuerzas. Estaba atascada, oxidada por los años, pero no me rendí. Una y otra vez empujé con el hombro, con las manos, con todo mi cuerpo, hasta que con un chirrido largo y agudo se abrió lo suficiente para que pudiera pasar. El aire frío de la noche me golpeó el rostro de inmediato, llenándome los pulmones de una brisa que olía a libertad, a lluvia, a cambio. Miré hacia abajo una vez más, respiré hondo, y me asomé, buscando con los pies el primer tallo firme de la enredadera. Me sujeté con fuerza, bajando despacio, un metro a la vez, sintiendo cómo la madera y las hojas me rasgaban las manos, cómo el viento me empujaba de un lado a otro, pero sin soltarme ni un instante. Cada movimiento era lento, calculado, lleno de peligro, pero la idea de ver a Dante me daba una fuerza que no sabía que tenía. Cuando por fin mis pies tocaron el suelo del jardín, no perdí ni un segundo. Corrí pegada a las sombras, rodeando la casa, buscando la ventana del estudio donde sabía que estaban ellos dos.
Mientras tanto, en el estudio, el tiempo parecía haberse detenido en un suspenso tenso, cargado de electricidad y rabia. Dante estaba de pie frente a su tío, con los puños apretados con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos, y en la mano sostenía las carpetas que habían encontrado en la caja fuerte. Sabía que eran copias, que eran falsas, pero algo en la forma en que Rodrigo las había mencionado le había dado una pista. "En el lugar donde empezó todo", había dicho su tío sin darse cuenta, y esas palabras resonaban en su cabeza una y otra vez. El estudio no era solo una habitación cualquiera. Había sido el despacho de su padre antes que de su madre, el lugar donde él había pasado las tardes de su infancia leyendo libros mientras ellos trabajaban. Si había un lugar donde empezó todo, era aquí. En esta misma habitación.
#2337 en Novela romántica
#238 en Thriller
#107 en Misterio
romance oscuro, una venganza, matrimonio falso y deseo sexual
Editado: 11.08.2026