Jade
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Había una vez una chica…
Ok, al menos ya tenía palabras en la hoja en blanco en mi pantalla, aunque no fueran en serio. Después de unos minutos observando cada letra, una por una, y con las imágenes de princesas de esos cuentos pasando por mi cabeza en bucle, borré la línea. Escribí tres versiones distintas, una demasiado cursi, otra que daba vergüenza ajena hasta que la última me convenció.
«La chica dirá que no hacía falta el regalo, pero lo merece y tú quedarás como un rey».
Iba a agregar «Aunque no lo seas», pero no es una buena estrategia de marketing ofender a los clientes.
El último sorbo de mi café bajó frío por mi garganta y el choque del fondo de mi taza con la madera de la mesita de noche llenó todo el cuarto.
Madre mía, tanta filosofía para decir que estaba como cada día debajo del edredón con la compu sobre las piernas, solo la luz de la mesa encendida y apenas ocho de la noche. Es lo que tenía ser emprendedora y que mis clientes no me hubieran descubierto, que había que meter treinta y seis horas del día al negocio.
Abrí Pinterest un segundo para buscar una paleta de colores rosa pastel y tonos neutros que aumentara el nivel de cursilería del super estereotipado banner que estaba diseñando. Cuando me di cuenta habían pasado dos horas y tenía el muro lleno de recomendaciones de libros de romance. Como si no tuviera suficiente con los que veo cada día en la librería, que hasta los discuten en el club de lectura de los viernes como si fuera una tesis de doctorado.
«Suficiente por hoy».
Pensé después de leer la sinopsis de uno de ellos en el que una chica no dejaba de regresar al mismo chico una y otra vez. Si hubiera sido una persona real le enviaba un libro de autoestima, «por favor no podía ser más migajera».
Inicié el proceso estandarizado de noche noventa y cinco sin comerme una rosca. Primero comprobé que la alarma de las siete estuviera lista, y la de las siete y cuarto y la de las siete y media. Luego encendí Netflix para seguir con la serie de turno, una de dragones o del espacio, no me quedaba claro y al ritmo de quince minutos por día me duraría una eternidad. Por último apagué la luz de la mesilla y mi cabeza se hundió en la almohada como si pesara más de lo normal.
Estaba soñando algo lindo, estaba segura de eso, cuando me despertó el estruendo del móvil contra el piso. Me levanté de golpe con la luz del televisor quemándome los ojos. Busqué a ciegas el móvil que no dejaba de vibrar sobre el plastificado. Mientras abría y cerraba los ojos pude ver solo la palabra «Hospital» como llamada entrante.
«Mierda, mi madre».
Fue lo primero que pensé y toqué deprisa el botón verde.
—Hola, llamamos del Pinecrest Regional Hospital por una emergencia. ¿Es usted Audrey Williams? —preguntó la voz femenina al otro lado de la línea.
—¿Qué emergencia? —pregunté sin entender nada y apretando de más el móvil.
—Se trata de Samuel King, está internado y este es el número de emergencia que tenemos en los registros. Podría confirmarme si es usted Audrey Williams o puede ponerla al teléfono.
Mi pecho se ablandó de a poco, no tenía ni idea de quiénes eran esas personas.
—Lo siento, no sé a quién se refiere, debe tener el número mal.
—Disculpe, que tenga buena noche —dijo y colgó antes de que pudiera preguntar nada.
Dejé el móvil de vuelta en la mesilla pero los dos nombres se repitieron en mi cabeza «Audrey Williams y Samuel King».
No los conocía de nada pero no podía dejar de pensar que a ese chico le pasó algo y a ella no podrían contactarla. ¿Y si era su novia y está preocupadísima por él? ¿Y si era su madre y estaba desesperada buscándolo? O quizás solo lo internaron por gripe y no le iba a pasar absolutamente nada. Las películas que ya tenía montadas en mi cabeza no tenían ningún sentido y menos preocuparme por un extraño.
Esa noche no dormí. Tenía la maldita costumbre de darle vueltas a todo y pensar en alguien en un hospital sin compañía revolucionó esa adorable virtud. Así que al día siguiente a las ocho en punto y después de preparar mis tostadas con mantequilla, llamé al mismo número del hospital. Asumí que sería el teléfono de la sala y que las enfermeras habían cambiado de turno y no me reconocerían.
El teléfono dio tono varias veces mientras mis uñas sonaban contra la porcelana de mi taza de café.
—Gracias por llamar al Pinecrest Regional Hospital, le habla Shirley Douglas, ¿cómo le puedo ayudar? —contestó una voz masculina.
—Hola, me llamo Audrey Williams, llamo por Samuel King… soy su contacto de emergencia —me tembló un poco la voz pero asumí que no lo notaría por teléfono.
—Intentamos contactar anoche pero no pudimos localizarla.
—Sí, fue una confusión con el número, siempre nos pasa. ¿Cómo está él?
Mentir estaba mal, lo sabía, pero mi curiosidad no me dejaría dormir si no me aseguraba que esa persona estaba bien. ¿Qué clase de persona sería si no me preocupaba por saber más?
—Está estable, sufrió una contusión en la cabeza pero el doctor quería asegurarse que no había secuelas. ¿Quiere que le pase la llamada a su habitación?