Venta de rupturas, sin devoluciones

2. Nota mental: No se van solas.

Sam

🎧 🎙️ 💔 🌃 👔 ⌚

—Hey, despierta que tienes una junta en cinco minutos —gritaba una voz que sentía demasiado lejos, pero que estaba justo al frente abofeteando mi cara.

Solo podía ser ese cabrón.

Abrí los ojos y la luz que entraba por la ventana de cristal de la habitación me llenó el cerebro. Tenía a una distancia incómoda la cara de Theo, con una sonrisa que venía con diez chistes preparados desde casa.

—¡Vaya, despertó la damisela! —exclamó y me taladró cada centímetro de la cabeza

—Si tú eres el príncipe al rescate estoy jodido —le dije mientras me sentaba en aquella cama de hospital que estaba casi seguro que no aportaba a ningún tipo de recuperación.

—¿Entonces no quieres tu ropa? Claro que no, si con esa bata ganarías cinco rondas de inversión.

—Cinco más que tú seguro. Dame la ropa ya.

—Será muy divertido contar como el CEO favorito terminó en urgencias por andar en bici por el parque.

—No andaba en bici, estaba rompiendo mi récord personal.

Aparté la supuesta mesa móvil de la cama, dónde solo había un vaso de agua sin hielo, una gelatina que no habría abierto ni aunque me pagaran y una caja de regalo que me sonaba a marketing de hospital por tener buen seguro. Cosa que me interesó cero cuando al enderezarme una punzada atravesó mis costillas. Me tomé unos segundos antes de poner los pies en el suelo dispuesto a sentir el frío de la losa, pero tenía calcetines de esos peludos puestos. «¿Quién coño me puso calcetines?»

Theo chifló varias veces al verme con aquella pinta de abuelo de residencia listo para ver la tele.

—A ver una vuelta para ver ese lindo trasero. A tu noviecita le va a encantar.

Me jorobé hacia delante y fingí que me dolía el abdomen, incluso me sujeté de la cama y aflojé las piernas a propósito.

—Sam, ¿estás bien? Llamo a la enfermera.

Me sujetó enseguida por los brazos y cuando lo miré no pude evitar soltar una carcajada, y eso que quería alargar la broma un rato más.

—Eres imbécil —soltó con la cara descompuesta.

—Va a resultar que me quieres y todo —le dije entre risas—. Anda dame mi ropa y siéntate que a este paso te internan a ti.

Me tiró la bolsa de ejercicios dónde traía mi ropa y se lanzó de espalda en la camilla.

—Cuídame, que soy el único que te aguanta «Don, todo se hace como yo digo».

Llevaba razón, solo él me seguía el ritmo, bueno y en lo otro también pero no iba a darle el gusto a esas alturas. No se la di cuando me dijo que aquella chica en la secundaria solo me quería por mis apuntes, ni cuando me metió en el negocio de los audiolibros porque sentía que era una oportunidad de mercado, y menos por sus largas terapias cuando la perdí.

—¿Le diste de comer a Thai?

—Ese vive mejor que yo, ni se enteró que no llegaste —dijo antes de sentarse y beberse el vaso de agua de un tirón—. Me pidió que lo adoptara, de hecho.

—En tus sueños.

—Yo solo transfiero peticiones, si tu perro no te quiere no es mi culpa.

—Nosotros nos entendemos, ¿le diste la medida que le toca de comida?

—Que sí, la jarra de dos copas. Ni un grano de más.

—Ves, que puedes responder una pregunta, no es tan difícil.

Terminé de abrocharme el pantalón que fue lo primero que encontré en la bolsa y solo con ver el color rosa de la camiseta entendí por qué estaba tan bien doblada.

—¿Para esto tienes la llave de mi apartamento? —Le tiré la camiseta a la cara.

—Pensé que era tu favorita, como tienes una caja llena.

Soltó una carcajada abriendo la camiseta para restregar la ilustración frente a mi cara. Es una de las más de doscientas que sobraron de la última campaña publicitaria que hicimos. Sí, fue mi idea agregarles una ilustración de un corazón roto con un letrero que decía «No quiero hombres, quiero book boyfriends», pero mi hermana repetía esa frase todo el tiempo y pensé que funcionaría. Todavía creía que lo haría, si el libro no fuera un dark romance donde el mafioso termina matando a un pueblo entero por la chica. Quizás para uno de esos libros vainilla que tanto gustan en los clubes de lectura hubiera sido un éxito.

—Es la camiseta progresista o marcar abdominales en la sala de emergencias, tú decides—. Me tiró la camiseta de vuelta.

—Mis ideas son hasta el final. —Me puse la camiseta con la ilustración hacia adelante.

Caminé hasta el baño para asearme aunque el olor a hospital no se iría hasta darme una larga ducha. La enfermera dijo, en la revisión de las siete de la mañana, que me darían el alta durante el día si los resultados del escáner no arrojaban nada preocupante. Y no creía que encontraran nada, si no me dio un derrame con el trauma dos años atrás no me iba a pasar en ese momento por un golpe insignificante contra un auto.

—¿Y esto qué es? —preguntó Theo desarmando el lazo rojo de la caja que seguía sobre la mesa.

—Ni idea —respondí al terminar de secarme la cara.

—Te dejaron un regalo y te da flojera abrirlo, tío ¿quién eres y dónde dejaste a mi amigo George el curioso?

—No me gustan las sorpresas desde... ya sabes.

—Ok, ok, lo abro yo.

Regresé a la bolsa de ejercicios que había dejado en la silla al lado de la camilla y ya Theo tenía todo el papel de regalo rasgado y una nota entre las manos.

—Me alegro que no te moriste —leyó en voz alta.

Se quedó mirando la nota, después a mí, después otra vez a la nota, como si estuviera armando un chiste y no le salieran las piezas.

—Tío, ¿te están haciendo bullying por correo? —soltó entre risas.

Le quité la nota de las manos. Solo contenía la frase escrita a boli, que era un intento de chiste de los peores que había visto, el nombre de lo que parecía ser la tienda dónde lo compraron «Cute times» y una url que seguro sería el sitio web.

—Nadie sabe que estoy aquí, a ti te llamé por necesidad.

—Al menos los chocolates están de muerte —masculló mientras se comía dos de los bombones de una caja que parecía artesanal.




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