Venta de rupturas, sin devoluciones

3. Nota mental: No confesarle a Maddie

Sam

🎧 🎙️ 💔 🌃 👔 ⌚

—Eres un imbécil, te vas a quedar solo —gritó Rachel en el umbral de la puerta de mi apartamento.

El marco vibró con el portazo, pero el silencio que vino después no sabía si era alivio o culpa enjaulada.

Habían pasado dos días desde el accidente y cada mañana me prometía que iba a terminar lo que ella decía que era una relación, pero siempre algo me detenía. Un día era el delicioso desayuno en la cama. Otro, un mensaje cariñoso que le ablandaba el corazón a cualquiera, pero solo llevábamos saliendo tres semanas, no era para tanto. Y me atraía, por algo le pedí su número aquella noche en el bar, pero no era suficiente.

Me recosté en el sofá y apoyé la pierna derecha, que aun me dolía, sobre uno de los cojines. Era una tortura estar encerrado entre ventanales de cristal con el perfecto sábado de verano de Austin, que se regodeaba afuera. Thai estaba tirado en una de las butacas con la cabeza apoyada en el reposabrazos y mirándome fijo.

—Ya sé, les pediré la tarjeta de locas antes de traerlas a casa.

Dio un suspiro profundo, estiró las cuatro patas y cerró los ojos.

«Ojalá fuera tan fácil»

Llevaba demasiado tiempo sin salir con nadie hasta que Theo arregló una cita con una conocida suya cuatro meses atrás. No funcionó. Era un plan destinado al fracaso desde la hipótesis. Sigo sin entender qué le pasó por la mente para sugerir comida tailandesa en el primer encuentro. Luego lo intenté con la del gimnasio. Conseguir que me escribiera su contacto resultó sencillo: un poco de ayuda con las mancuernas, un par de preguntas sobre sus series y listo. La siguiente fue Rachel y esa era la segunda vez que escuchaba la palabra imbécil seguida de su portazo, esperaba que fuera la última. Ese era el problema, no era difícil empezar, lo difícil era terminar.

Me incorporé un poco para alcanzar la laptop que permanecía cerrada en la mesa de centro y el pinchazo en mi costado me recordó, con un latigazo, que seguía ahí. No había revisado nada de trabajo desde el jueves, Theo aseguraba que él se hacía cargo y confiaba en él por dos días, no más.

Como era de esperar la burbuja roja de notificaciones contaba más de doscientos correos y en cada canal del chat de la compañía me mencionaban para algo distinto. Casi todo podía aguantar hasta el lunes sin que el mundo se acabara, con la única excepción del chat privado donde estábamos cocinando la próxima ronda de inversión; ese no perdonaba.

El pitido electrónico de la cerradura de la puerta me sacó de los hologramas de números que ya flotaban dentro de mi cabeza.

—¿Cómo amaneció el hermano más quejica que tengo? —exclamó mi hermana entrando por el pasillo hasta el salón.

—El único, dirás.

Intenté levantarme del sofá cuando la vi con dos bolsas de mercado en cada mano, pero no pude evitar cojear hasta llegar a una de las banquetas en la isla de la cocina.

—Deja, no te levantes, que capaz te rompes la otra pierna.

—Yo también te quiero.

Soltó las bolsas sobre el mármol, al lado del fregadero, y dio la vuelta hasta llegar a mi para apretarme con uno de sus abrazos asfixiantes.

—Auch —me quejé.

—Aguanta que para eso vas al gym.

—¿Y eso qué tiene que ver?

—Que estás fuerte para quejarte tanto —dijo y me soltó, no sin antes apretarme la cara.

Maddie solo me llevaba dos años pero a veces parecía que eran quince.

—¿Te mandó mamá?

—Que va, ellos siguen en las Bahamas, como les dijiste que no fue nada grave, siguieron con su viaje —comentó mientras rodeaba la isla para comenzar a sacar cosas de las bolsas.

—Es que no fue nada grave.

—A ver levántate la camiseta, porque desde aquí se sienten tus costillas crujiendo.

—Tienes razón, ¿me preparas la cena? —le dije poniéndolo los ojos de cachorro que siempre la convencían.

—Para qué crees que traje todo esto —refunfuñaba sacando los tomates, tortillas, pollo, y condimentos que ni conocía de las bolsas— Porque está claro que la chica que salió llorando de aquí no va a regresar a darte de comer.

«Mierda, ya viene el sermón».

—Esta vez no fue mi culpa.

—Hola, ¿hay alguien más escondido aquí? —exclamó a viva voz— Yo solo veo al imbécil de mi hermano.

—Ni siquiera la conoces, no sabes qué pasó —me quejé.

El mayor problema era que no había conocido a ninguna pero sí sabía las historias. Toda la vida intenté evitar su estrategia para sacarme información que ella misma bautizó «El protocolo de secretos de Sam», pero nunca lo conseguí. Terminaba soltándole todo para que me diera un respiro y luego lo utilizaba en mi contra.

—Déjame adivinar, era una chica estupenda, pero demasiado fiestera. —Arrancó con el primer paso del protocolo: Adivinar la causa de la ruptura—. O no, espera, te daba tanto cariño que te agobiaba. Pobre de ti. —Se llevó las manos al pecho exagerando, como si fuera una obra de teatro.

—Hey, eso fue en el Instituto y aquella chica quería irse a vivir conmigo... con quince años.

—Ok, ya quedó claro que la dejaste porque no te gusta.

—Yo no dije eso.

—Te recuerdo que yo te cambié pañales.

—Y dale con eso, si tú llevabas pañales cuando yo nací.

—No me cambies de tema.

—Tú cambiaste de tema.

—Agh —soltó obstinada y sacó la tabla de cortar de la gaveta al lado del fregadero—. Me preocupas, Sam, no duras más de un mes con nadie, tú no eres así.

Y ahí estaba, el paso número dos: Chantaje emocional para ablandar al interrogado, o sea a mi.

—Estoy bien. —Le estiré la letra «n» por si no le quedaba claro.

—Y si llamo a Theo y le pregunto.

—Nunca llamarías a Theo.

—Tienes razón, no lo haría. Por eso, cuéntame tú.

Me levanté de la banqueta a buscar mi laptop que la había dejado en el sofá, aprovechando los cinco minutos antes del próximo paso del protocolo.

—¿Cómo está todo con Tommy? —le pregunté cuando me senté de vuelta frente a la isla.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.