Venta de rupturas, sin devoluciones

4. Ordenados por colores

«Ya está el café hirviendo y el chocolate en el fondo, ahora la crema de leche».

El Mocca de «Lit & Latte Book Cafe» era icónico según su dueña, yo sin embargo le agregaba mi toque sin que ella supiera, solo para clientes selectos. También cambiaba de vez en cuando las cantidades de café dependiendo de la hora del día, porque la gente era muy irresponsable con su ansiedad y alguien tenía que tomar cartas en el asunto. Pero eso era un secreto entre la máquina de expresso y yo, aunque tenía sospechas de que la cámara en la esquina también lo sabía, eso, si funcionaba.

—Buenos días, señor Reid —lo saludé colocando la taza de café en la mesa del centro delante de él.

—Buenos días, Jade, ¿se lo echaste? —susurró inclinándose un poco hacia mí.

—No sé de qué me habla —le dije y guiñé un ojo—. ¿Hoy toca «La casa de los espíritus»?

Asintió mientras tomaba el libro entre sus manos como si fuera una reliquia y en realidad lo era.

—Este lo leyó por primera vez en 1990.

Como siempre, no dijo nada más, lo hojeó un poco y las anotaciones aparecían con una letra cursiva de alguien que quería dejar más que pensamientos sueltos.

—¿Desea algo más?

—¿Podrías avisarme cuando falten quince minutos para las once? Aún no sé como poner la alarma en esta cosa —se quejó señalando el móvil un poco antiguo, que descansaba sobre la mesa

—No se preocupe, yo le aviso —le aseguré antes de retirarme de vuelta a la barra.

En cuanto estuve detrás de la caja me apresuré a activar la alarma para Walter, —ese era el nombre del señor Reid— la tecnología era más fiable que mi cabeza, en ese caso específico. No era la primera vez que me lo pedía, de hecho lo hacía casi cada día.

Era lunes, y aunque ofrecíamos desayuno, en realidad era la hora más tranquila. El Starbucks de la esquina sí que estaba lleno todo el día, pero ellos no tenían libros, solo eso faltaba. Si Amazon se aliaba con Starbucks era la muerte de «Lit & Latte» y con él mi paga mensual.

Abrí la aplicación de mi tienda para revisar si había algún nuevo pedido, pero todo estaba igual.

Ochenta y tres órdenes la semana pasada, estuvo bien. «¿Qué digo? En realidad estuvo espectacular». Fue mi mejor semana desde que empecé hacía un año. Incluso lo celebré el domingo tomando unas cervezas con Bree. Pero no quería ilusionarme de más, eso solo cubría los gastos y el resto no me alcanzaba ni para pagar la renta.

El tin tin de las campanillas detrás de la puerta me sacó de la calculadora mental, que ya me agobiaba y era muy temprano para ver el día en cuadritos.

—Holis —saludó Bree soltando la caja enorme de cartón encima de la barra—. Acá tienes el pedido de la semana y la factura.

—Genial, la agrego a los pendientes de pago de Evelyn.

—Hola Jade —saludó Kayla, la hermana menor de Bree, que ya estaba sentada en una de las mesas con la cara pegada al móvil.

—Hola, ¿qué tal la uni? —Bree me había comentado que le iba genial, pero sabía que le alegraría contarme por ella misma.

En dos pasos ya estaba cerca de la barra para explicarme la teoría de la recursividad, o algo así y listar, basada en algoritmos, el ranking de los chicos más interesantes del campus. Por un momento pensé que pude haberlo vivido, caminar entre gente de mi edad que soñaban con un futuro tan grande que no les cabía en una noche. Pero los años extra que tuve con mi padre valieron más que cualquier universidad.

—Kayla, como siempre no entendemos nada —la cortó Bree.

—Tienen que acompañarme a una fiesta en el campus.

—¿Y abres tú la chocolatería? —intentó negociar Bree, sin éxito por supuesto.

Las tres nos reímos.

—¿Trajiste mis chocolates? —le pregunté y moví la caja del pedido debajo de la barra para abrirla.

—Te los llevo a casa mejor porque ya es demasiado. Esa tiendecita tuya está teniendo éxito.

—¿Qué pensabas? Yo regalo amor, eso vende —le contesté masticando uno de los bombones.

—Hey. No te los comas que me los descuenta —me regañó.

—Shhh —le dije con el índice en la boca y Kayla no pudo aguantar la risa, era muy probable que mis dientes estuvieran negros, pero el chocolate estaba delicioso.

Pegué un salto al sentir la vibración del móvil en el bolsillo del delantal, siempre me olvidaba que estaba ahí y luego pasaba lo que pasaba, podía ser un chorro de café caliente en la mano o una tecla mal presionada en la caja, tampoco nada grave.

—Señor Reid, es la hora —le avisé desde la barra.

Abrí otra vez la app de la tienda, de todas formas ya tenía el móvil en la mano, la pantalla encendida y mi dedo cerca, casi era una pérdida de tiempo no hacerlo.

«¡Sí, un nuevo pedido!».

Grité por dentro tan fuerte que miré a Bree y Kayla por si lo habían escuchado, pero ellas seguían discutiendo sobre por qué el ranking era solo de los chicos guapos, Bree defendía que los estaban cosificando y Kayla la intentaba convencer de lo contrario mostrándole la lista.




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