Venta de rupturas, sin devoluciones

5. Recordatorio: Buscar la canción

—Aquí tienes, Nate —dijo la chica de la barra y me estampó la pegatina en el lado izquierdo del pecho con suficiente fuerza para dejarme sentado en una de las sillas.

Sin agregar nada más se retiró de vuelta a la caja y ni siquiera se esforzó en esconder la risa. Apenas me dio tiempo a leer su nombre en la chapilla que llevaba sobre el delantal marrón, «Jade». No sabía qué hice para molestarla, pero tampoco me apetecía darle vueltas al asunto. Era mejor tomarlo como un favor por incluirme en aquella reunión, en la que ya no tenía intenciones de quedarme. Quizás hasta le agradecería más tarde.

Solo quedaban tres sillas vacías en el círculo perfecto organizado al fondo de la librería, justo entre la estantería de Romance y Fantasía. Casi parecía una broma planificada, pero estaba casi seguro que no era el caso.

Era la primera vez que visitaba el sitio, estaba ubicado en South Congress y no solía pasar por allí. Aunque en realidad no salía casi nunca del Downtown, más allá de la ruta en bici, el tramo al aeropuerto o visitar a mis padres, que ya llevaban casi un año viajando.

El espacio era más grande de lo que parecía desde afuera. A un lado varias estanterías de madera organizadas por género ocupaban gran parte del lugar, separadas por estrechos pasillos que solo permitían dos personas a la vez. Del otro, en el salón abierto donde estábamos, los estantes se alargaban hasta el puntal de alrededor de tres metros. El olor de madera, café y croissant caliente eran un arma mortal para mi estómago a esa hora. Al menos las luz tenue de tres mil lumens de las lámparas de pared ayudaba a que no vieran, en alta definición, la cara de idiota que se me había quedado.

—Comenzamos en diez minutos —anunció la que parecía ser la organizadora del club.

Alrededor de quince mujeres conversaban entre ellas, algunas en pequeños grupos, otras de a dos, pero todas hablaban con alguien. Aunque el murmullo ganaba mil a uno al hilo musical, igual podía escucharlo. Era el instrumental de una canción que conocía, pero no logré identificar cual era. Justo lo que necesitaba para no poder dormir esa noche.

Sentí la tentación de sacar el móvil pero en ese momento Jade se acercó otra vez.

—Su mocca —dijo y extendió una taza de café en el platillo.

La miré sin saber muy bien qué decirle. Después de lanzarme al ruedo del club sin aviso, no sabía qué esperar si le decía que no había pedido nada. La verdad parecía capaz hasta de tirarme el café encima y, aunque no era la primera vez que me pasaba, si podía evitarlo lo haría.

—Gracias —le dije y acepté el café.

—Que disfrute la discusión del libro, espero que sepa cual es —soltó y dio la espalda, como quien firma una bancarrota y vende todo antes de que el mercado se incendie.

«Mierda, no tenía ni idea qué libro era».

Saqué el móvil para escribirle a Maddie. No era su culpa que estuviera ahí sin saber ni siquiera qué lectura discutirían, pero podía haberme dado una pista al menos. Apostaba a que lo había hecho a propósito.

Sam: ¿Qué libro van a discutir?

Por suerte no tardó en responder.

Maddie: Jajaja, al final te quedaste.

Sam: El libro?????

Maddie: Te espero en el fin del mundo, de Andrea Longarela.

No sabía ni quién era la autora, ¿cómo iba a discutir sobre una historia que no conocía?

Abrí Tiktok para buscar reseñas y en cuanto toqué el primer video la voz de la chica en mi pantalla diciendo «Mi reseña honesta sobre “Te espero en el fin del mundo”» resonó en toda la librería. Casi se trancó el botón de bajar el volumen por dejarlo presionado tanto tiempo, pero ni así evité los ojos de todas sobre mí, ni el calor acumulándose en mi cara.

Todas estallaron en risas casi a la vez.

—No te preocupes, te vamos a contar de qué va el libro —intentó apiadarse la chica que me había arrastrado antes a las sillas que, según la pegatina, se llamaba Bree, aunque no me fiaba.

Solo sonreí, la verdad ya no había forma de cagarla más.

Guardé el móvil y tomé un sorbo del café. Jade había dicho que era mocca, pero sentía un sabor extra que no sabía exactamente qué era. Examiné la taza antes de beber otro sorbo, pero no parecía tener nada raro. Sin embargo, detrás de la barra, su sonrisa contenida y mirada de reojo comenzaban a incomodarme, o quizás solo lo estaba imaginando.

—Listo, ahora sí comenzamos —anunció Priya, la organizadora—. Espero que hayan disfrutado de la lectura estas dos semanas y estén listas, y listo, para debatir. —Me miró y esperé lo peor—. También damos la bienvenida al nuevo miembro, Nate, que no leyó pero tendrá que opinar igual.

Bebí otra vez de mi café mientras hicieron una ronda de evaluación del libro en la que cada una le otorgó estrellas. A algunas les encantó y dijeron que cinco no les alcanzaban, otras se negaban a darle más de tres, y yo cada vez sentía más curiosidad por entender la razón de opiniones tan distintas.

—Trató el tema de la drogadicción muy a la ligera —opinó una—. No es que lo romantizara, pero me hubiera gustado ver el proceso de recuperación de Violet.

—Es que el libro abarca muchos años, la autora no podía incluir todo y al final el centro de la historia era el romance —refutó otra.




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