Jade
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«¿Pero cuántos Samuel voy a conocer en una semana?»
Lo seguí con la vista hasta que se subió al deportivo negro de su amigo, luego de guardar el post-it en el bolsillo de su pantalón. Podía ser el mismo perfectamente, no sería el primer imbécil en mi vida. De hecho ocuparía el lugar número seis, justo en medio del «señorito no puedo estar con una sola mujer» y el «don eres muy rara para presentarte a mis padres». Por suerte le escribí mi número personal y no el nuevo del negocio, ahí sí habría quedado como la loca de los regalos acosadores.
En otro momento hubiera ido una por una de las fotos de todos los Samuel King de Texas, solo para confirmar, pero mi móvil vibró por fin con el mensaje que había esperado durante más de una hora.
Puedes pasar a las ocho
—¿Cierras hoy? —le pedí a la chica que se encargaba de la cocina.
—Sí, no te preocupes.
Salí directo a mi Honda Civic con tres preguntas repitiéndose en bucle en mi cabeza: ¿Quién demonios era Samuel King? ¿Por qué aparecía en todas partes? ¿Qué iba a comer esa noche si ya no me daba tiempo a ir al supermercado y no me llevé ni un croissant?
Sin dudas la última no era la más interesante pero si la que más necesitaba resolver. El sonido que salía de mi panza podía jugarme en contra en la misión que estaba a punto de cometer y fracasar no era opción. Agregué al GPS la dirección que me envió y aunque eran solo seis millas ya no tenía tiempo ni para detenerme en una gasolinera.
Manejé, con Olivia Rodrigo de fondo, hasta llegar a una zona por la que no recordaba haber pasado antes, y menos de noche. Sonaba ridículo porque Austin en realidad no era tan grande, pero ese era mi primer auto y lo había comprado dos años atrás. Tanto hacerme la aventurera y no conocía ni mi propia ciudad por completo, como el ochenta por ciento de la población, y eso por ser optimista. Si, vale, me inventé el número, pero con estadísticas la gente te cree.
Las casas más antiguas, esas del clásico porche con sillones, se mezclaban con otras más modernas de grandes cristaleras, que dejaban ver hasta el reality show que transmitían en su tele. Todas con suficiente espacio entre ellas para que tres golden retrievers corrieran a sus anchas huyendo de niños acosadores. Me recordó enseguida a nuestra casa, que no era tan grande, ni con un jardín propio para cultivar ningún tipo de flores, pero tenía los mejores sábados.
Estacioné frente a la 1647, una de las más antiguas sin dudas, pero con unos rosales que seguro eran la envidia del vecino del Audi. Cuando abrí la puerta del auto había tanto silencio que cuidé no cerrarla de golpe por si despertaba a alguien. Eran las ocho de la noche, pero, ¿quién era yo para cuestionar a qué hora se dormía esa gente?
Caminé hasta la entrada y pasé casi tres minutos localizando el timbre y resultó ser una mariposa posada al lado de la puerta. Sonreí antes de tocarlo una vez.
Nadie respondió pero ya sabía que vendría, así que solo esperé por él y luego de unos dos minutos me abrió con una sonrisa.
—Hola, Jade, justo a tiempo. Adelante —me indicó Walter con un gesto.
—Hola, señor Reid.
Entré detrás despacio, porque iba un poco encorvado y, aunque caminaba sin problemas, los pasos tenían un ritmo muy de él. Pasando el pasillo principal llegamos al salón. Un espacio amplio con un sofá y dos butacas al centro, donde todos los cojines parecían pegados en su esquina y por un segundo dudé si sentarme arruinaría la perfecta escena. Suponía que vivir solo significaba tener orden, pero, ¿para qué servía el orden?
La pared detrás del sofá era un librero de punta a punta. En algunos espacios los libros estaban apretados, en otros solo habían dos o tres y algunos tenían portarretratos. No alcanzaba a verlos en detalle, pero parecían familiares.
—Toma asiento, ahora la traigo —dijo Walter, antes de retirarse del salón.
Me acerqué a la parte de la estantería donde tres cuadros descansaban junto al «Conde de Montecristo». En todos estaba Walter con Inés —su esposa— y sus dos hijos. A ellos no los conocía, pero sabía que uno era militar y estaba ubicado en Alaska desde hacía tres años y el otro tenía una compañía en New York, algo de salvar el océano o por el estilo.
Me moría de ganas de agarrar el libro «De amor y de sombra». Sabía que era uno de los más especiales para ellos y más de una vez sentí curiosidad por leer sus notas cuando le tocaba a Walter en su rotación de libros Allende, pero hubiera sido como interferir una llamada entre dos amantes y yo tenía mis límites. Así que me senté en el centro del sofá a esperar su regreso.
—Aquí está, la probé y funciona perfecto —anunció Walter, entrando por el umbral del salón con la reproductora de cassettes en la mano.
Me levanté de inmediato porque no quería interrumpir más su noche.
—Gracias. No sabes como me salvas, la nuestra se rompió el domingo y olvidé por completo comprar una nueva esta semana.
—Sé lo importante que es, mi niña. Eso sí, cuídala que tiene más años que mis hijos. —Sonrió y me la extendió.
—Prometido.
La sostuve con cuidado y la guardé en mi bolsa.
—¿Ya comiste?
Hacía siglos que no escuchaba esa pregunta y no exageraba, ya casi había olvidado que alguien podría preguntarme eso, pero era suficiente favor llevar su reproductora como para encima comerle su cena. Sin embargo, mis tripas, que al parecer eran capaces de hablar, respondieron por mí.
—Quédate a cenar, la chica me hizo cena de más —me ofreció Walter entre risas.
—Me quedo, pero solo porque huele delicioso.
Entre la cena, el café en el salón y las conversaciones sobre su tiempo como cónsul de la embajada de Estados Unidos en Chile, se me fueron dos horas. Salí de su casa con la barriga llena y tanta historia acumulada que parecía que me había tragado tres libros de la dictadura y el fascismo en América Latina.