“La aguja que vuelve a su sitio”
Gabriel
Le he dejado conducir. No sé en que momento exacto he perdido el juicio, pero ahí está: al volante, cantu- rreando una canción que desconozco, mientras el coche vibra como si también estuviera ligeramente nervioso.
Y yo, en el asiento del copiloto, intentando recordar si los cinturones traseros tienen algún tipo de opción de doble anclaje de emergencia. Por si acaso tengo que pasarme atrás y rezar desde otro ángulo.
No conduce mal, técnicamente. Pero tiene una especie de entusiasmo imprudente que me pone los pelos de punta. Como si pensara que el motor va a aguantarlo todo solo porque ella lleva la música alta y una coleta despeinada.
—Cuando tenía doce años —empieza a decir de pronto, sin avisar—, me quedé encerrada en una lavandería. Pensé que iba a morir entre suavizantes y calcetines ajenos.
No la miro. Me quedo con los ojos fijos en la carre- tera. Pensando en que si me tiro en marcha quizás no llegue a morir. Pero cada palabra que dice se me queda incrustada. Como si su voz tuviera un volumen que no depende del oído, sino de otra parte del cuerpo.
—Me escondí en una secadora industrial porque estaba jugando al escondite con mi hermana. Cerré la puerta desde dentro. Y claro... no la podía abrir.
Hace una pausa para cambiar de marcha. El coche protesta. Ella lo ignora.
—Mi madre me encontró una hora después, dormida del susto. Desde entonces, no puedo oler suavizante sin marearme un poco.
Sigo sin mirarla. Pero sonrío, solo un poco. Por dentro como si mi cerebro aplaudiera en silencio. Qué manera tan rara tiene de contar las cosas. Como si todo le importara y nada a la vez.
Estoy escuchando, aunque parezca lo contrario. Lo hago todo el tiempo. Incluso cuando no hablo, incluso cuando solo asiento o me encojo de hombros, estoy ahí. Lo que pasa es que la mayoría de la gente no lo nota. Pero ella... ella lo intuye. Lo sé.
Después de un par de horas, le pido que pare en una gasolinera. Me toca volver al volante. Me acomodo. Arranco. Y otra vez lo mismo: el maldito coche empieza a calentarse como si en cualquier momento fuera a her- vir el alma del motor.
Miro el indicador de temperatura. Está subiendo. Otra vez.
—¿Pero quién me mandaría a mí comprar esta cafetera sobre ruedas? —murmuro—. Claro. Si no tengo un duro ¿que esperabas? ¿un tesla?
Empiezo a notar el sudor en la nuca. No tanto por el calor, sino por el miedo absurdo de que el coche se pare en mitad de la nada. Lara me mira de reojo.
—¿Te pasa algo?
—El coche —respondo sin adornos—. No para de calentarse. Temo que se pare en cualquier momento.
Ella entrecierra los ojos, como si no se fiara. O como si estuviera haciendo cálculos.
—¿Estás seguro? No me había dado cuenta.
Entonces se inclina hacia el tablero, muy despacio, y le da dos golpecitos con los nudillos al indicador de temperatura. Como si fuera una caja registradora antigua.
Y la aguja… baja. Como si nada. Como si hubiese recordado de repente dónde tenía que estar.
—Ya está —dice ella, con una sonrisa medio inocente, medio burlona. Incluso se podría catalogar como chulesca.
—¿Qué has hecho?
—Nada mágico. Solo… he hecho memoria. Mi abuelo tenía un coche igual en la edad media cuando aún se hacían trueques en los mercados. Le pasaba exactamente lo mismo. El indicador se quedaba trabado, subía más de la cuenta. Él siempre le daba un par de toques y volvía a su sitio.
Me mira un segundo. Y luego añade:
—No eres el único que lleva cosas guardadas dentro.
No respondo. Pero esa frase me queda dando vueltas en la cabeza como una piedra lanzada a un lago en calma.
Pasamos un rato en silencio, sin música, solo la carretera y el ruido del motor que, por ahora, parece obedecer. Hasta que me decido a preguntar algo que llevaba rondándome la cabeza desde el primer momen- to que la vi en aquel portal inhóspito.
—¿Por qué vas a Alta en coche?
Ella se gira, sorprendida por la pregunta. Luego son- ríe. Pero es de esas sonrisas que se apoyan en los labios, no en los ojos.
—Porque tengo miedo a volar y en tren o autobús iba a tardar una eternidad.
—No es una buena forma de empezar una nueva vida.
—Lo se… Te puedes creer que te iba a preguntar lo mismo.
—¿Yo?… Pues…
Me detengo. Miro hacia delante. Las palabras me dan vueltas como una moneda en el aire. Y caen de canto.
—Es complicado. No tengo ganas de explicarlo.
—Vale —responde ella, sin más—. No te voy a obligar.
Y ahí lo deja. Sin obligarme a hablar. Sin insistir y sin preguntar. Y sin embargo me siento cómodo por primera vez en mucho tiempo.