Verdades y mentiras[saga Lunar]

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“Lo que la lluvia no borra”

Lara

Estamos en una habitación pequeña, de esas que parecen hechas sólo para dormir y marcharte pronto. Las paredes son de un blanco gastado, y hay un olor tenue a madera húmeda. Gabriel está revisando algo en su mochila cuando decide salir.
—Voy a por algo de comer —dice, como si fuera lo más normal del mundo, y cierra la puerta detrás de él.

La mochila queda sobre la cama, a medio cerrar. No debería importarme, pero es imposible no mirarla. Es como si su sola presencia en el colchón se hubiera vuelto un punto magnético.
Me digo que no voy a tocarla. Me repito que no es asunto mío. Pero cada segundo que pasa, la tentación crece, latiendo en las sienes.

Al final, me levanto despacio. El suelo cruje y me de- tengo, escuchando por si vuelve. Nada. La luz tenue que entra por la ventana cae justo sobre la cremallera. Me siento al borde de la cama y deslizo los dedos sobre la tela áspera.

Abro con cuidado. Dentro, lo de siempre: ropa doblada, un par de cuadernos, una linterna… y entonces lo veo. Un recipiente metálico, redondo, sellado. No muy grande, pero con un peso extraño, un peso que parece ir más allá de lo físico. Lo reconozco al instante: una urna.

El aire se me queda atascado en la garganta. La sostengo un instante, como si en cualquier momento pudiera arderme en las manos. Después la vuelvo a dejar exactamente en el mismo sitio, asegurándome de que nada se note. Cierro la cremallera.

Me siento en la silla junto a la ventana. Afuera, la calle está vacía y la lluvia empieza a salpicar el cristal. Mi cabeza no deja de girar alrededor de la misma pregunta: ¿de quién?

Podría ser de un familiar, de alguien a quien quiso mucho. O quizá… alguien que murió en el viaje. La idea me eriza la piel.
¿Será por eso que es tan callado? ¿Será que todo este camino lo está haciendo por esa persona?

Los segundos se alargan. Escucho pasos en el pasillo y mi corazón se acelera. Cuando Gabriel entra, trae una bolsa de pan y dos refrescos. Sonríe como si nada. Yo también. O lo intento.

—Aquí hay peor comida que aquel bocata de jamon rancio. Pero he podido coger algo decente —me dice y yo trato de poner la mejor de las caras para que no se me note nada la preocupacion que tengo por dentro.

—Está bien. Gracias.

Y comenzamos a cenar mientras vemos en la tele Los Simpson.



#4225 en Novela romántica

En el texto hay: literatura, romance, amor

Editado: 17.05.2026

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