El Diablo. Es el primer pensamiento que se forma en mi mente ante la presencia de esta mujer.
Quiero apartarme, pero mi cuerpo se ha entumecido; incluso respirar se me dificulta. Intento gritar, pero tampoco me atrevo.
Tan serena, tan perturbadora. Una mala jugada del estado de ebriedad en el que me encuentro.
Solo me tomé un vaso. ¿Es esto lo único en lo que he pensado todo este tiempo?
De pronto, el espectro comienza a inclinarse sobre mí. Su mano esquelética asciende hasta mi mejilla y me sostiene con fuerza. Consciente o no, me está rasguñando.
Intento moverme otra vez, sin resultado. Ella me observa fijamente; sus cuencas vacías —los lugares donde deberían estar sus ojos— parecen abismos a punto de tragarme.
Maldición.
Se mantiene mirándome, y yo a ella. Es como si el tiempo se hubiera detenido solo para obligarme a permanecer quieto.
Abre la boca, de la cual surge un grito ensordecedor, desgarrador.
No puedo evitarlo. Es contagioso, de alguna forma, y termino imitándola. No sé por que.
—¡Señor! —exclama alguien.
Jadeo y, de inmediato, me incorporo. Abro los ojos y parpadeo, esperando ver a la mujer espectral frente a mí, pero me encuentro en el escritorio donde, al parecer, me he quedado dormido. El vaso de whisky, aún medio lleno, permanece frente a mí, junto a los documentos que estaba revisando.
—Señor, soy yo, el cochero.
Me aliso el cabello hacia atrás antes de ponerme de pie y caminar hasta la puerta. Al abrirla, la figura del hombre que me trajo hasta aquí se presenta impecable, con la pequeña maleta preparada para el viaje.
—¿Ya te vas? —pregunto, cruzándome de brazos.
—Debo volver a la Ciudad de México lo antes posible, señor. —Guarda silencio por un instante, y su mirada se detiene en mi rostro—. ¿Ha dormido bien, señor?
Asiento, confirmándolo. No hay por qué darle más detalles.
El cochero me devuelve el gesto, toma su maleta y se despide alzando el pequeño sombrero que lleva sobre la cabeza. Desciende poco a poco las escaleras hasta perderse de mi vista; el sonido de sus pisadas es lo único que resuena en mis oídos.
Regreso a mi habitación y me acerco al escritorio. ¿Qué he hecho en toda la noche?
Rebusco entre los papeles, observando las anotaciones dispersas. No son muchas: apenas algunas especulaciones de la noche anterior, surgidas durante la conversación con Leonardo. La mención de la familia Seymur cobra peso dentro de mi investigación.
El asesinato del señor Seymur es un asunto grave, y si se encuentra vinculado con estos hechos, es posible que se esté utilizando la fachada del fantasma para encubrir al verdadero autor del homicidio.
Después de todo, un muerto no podría cometer un crimen como ese.
Pensar en ello solo me devuelve a la situación de la noche anterior. En mi habitación busco, por todas partes, algo que parezca fuera de lugar. No encuentro nada, lo que me conduce a la conclusión más obvia: fue el alcohol y el mal descanso.
Durante el viaje hasta aquí había estado pensando en mi esposa, y la conversación sobre los rumores con Leonardo quizás se mezcló en una pesadilla tortuosa.
Sacudo la cabeza tratando de borrar de mi memoria la mala experiencia. Decido darme un baño antes de bajar a desayunar y empezar el día.
***
Al salir del hotel, observo cómo el clima ha pasado de lluvioso a nublado. No hay sol, pero sí viento. A diferencia del día en que llegué, el pueblo se encuentra vacío y en las calles reina un silencio sobrenatural.
Bajo la mirada al papel que llevo en la mano, donde Leonardo escribió la dirección de los Seymur. Reconocer la casa no sería complicado; según lo que me contaron en el hotel, se trataba de una vivienda ostentosa. La familia no había escatimado en gastos para construirse una residencia de estilo europeo, como las que abundan en el país anglosajón del cual provienen.
Avanzo por los caminos señalados, buscando el nombre de las calles en cada esquina. La mezcla entre el inglés y el español dificulta un poco las cosas, aunque habla de la maravillosa fusión cultural de la región.
Rezo mientras me aproximo al lugar, esperando que los Seymur hablen mi idioma. De no ser así, verme en la obligación de buscar algún traductor en el pueblo sería inevitable.
La Casa Seymur se encuentra al final de la calle, cerca de una amplia arboleda. Sus cimientos de blancos pilares y los ornamentos de yeso hablan de una edificación antigua que se ha mantenido en perfectas condiciones. Las farolas iluminan la entrada principal, y es una gran reja oscura la que se interpone entre la puerta y mi persona.
Aliso mi ropa y acomodo mi cabello. Reviso que mis zapatos se vean impecables antes de cruzar la barrera de hierro y llamar a la puerta.
Toco un par de veces con los nudillos, hasta que escucho cómo la cerradura se abre, dejando ver a un anciano de anteojos, erguido pese a la edad, apoyado en un bastón que combinaba con su atuendo elegante.
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Editado: 11.01.2026