Un dibujo simple, boceto limpio a carboncillo. Líneas perfectamente remarcadas, varias veces quizás; todo englobando una silueta espantosa.
La imagen que retrataba la joven reflejaba de cierta forma al fantasma de la noche pasada.
Me detuve un momento al pie de la escalera, creo que fue el tiempo suficiente para que Leonardo se diera cuenta de que algo me pasaba.
—¿Sucede algo?
—Tal vez el inspector necesita un poco de aire fresco, querido tío. —respondió Beatriz. Cerró su cuaderno de dibujo y se puso de pie—. Puedo acompañarlo, mostrarle el lugar si le apetece.
La muchacha se acerca, no vacila al colocar su palma sobre mi frente. En ese instante, retrocedo.
—Está sudando. Venga, le mostraré los alrededores.
Beatriz no duda y me tira de la manga. Tambaleó pero no tardo en recomponerme. De un momento a otro, nos encontramos nuevamente en la calle. Leonardo ya ha cerrado la puerta del hotel por lo que me atrevo a preguntar.
—¿Qué son esos bosquejos?
—Son visiones.
Su respuesta me toma por sorpresa, lo cual me hace detenerme.
—¿Hablas enserio?
—Es una broma. —responde mostrándome una sonrisa risueña—. Aunque, si la ha visto, tal vez piense que no lo es.
Frunzo el ceño, ¿me estaba tomando el pelo?
—¿A qué estás jugando, señorita? Tener esa clase de dibujos ahí, con todo lo que el pueblo está viviendo...
—La gente paranoica es la única que se altera. —Ladea la cabeza, estudiando—. ¿Usted se considera?
—Si tus padres llegasen a verlo...
—Están de viaje. —Su voz es monótona, claramente no le da importancia.
—Tus abuelos.
—No tengo.
Suspiro, frotándome el puente de la nariz.
—Tu tío, ¿sabes lo que opinaría?
Es en ese momento que su indiferencia se transforma en angustia y su rostro es el reflejo de ello.
—Por favor no le diga.
—Dime dónde viste eso.
—En el hotel, en el bar, en la iglesia, en el banco, en el parque... ella anda por todas partes. —Su voz se quiebra al confesar, como si algo en su interior pesara—. Nos atormenta a todos, la gente está harta, estoy harta.
Cierra los ojos cubriéndolos con sus manos. Se acerca y puedo ver como su cuerpo empieza a temblar.
—Oye... está bien, ¿si? Me encargaré.
La joven baja sus manos de la cara y con sus brazos me estrecha con fuerza. Mi cuerpo se pone rígido y apenas puedo moverme, es cuando ella me agradece. Palmeo suavemente su espalda hasta que el temblor de su cuerpo disminuye y se aparta.
—Perdón... fue impropio de mi parte.
—Lo fue, de hecho. —Me acomodo la corbata antes de volver a dirigirle la palabra—. Así que de la manera más amable te pediré que me cuentes de este lugar, suponiendo que naciste aquí.
Ella asiente, encaminando nuestro andar por las calles.
—Como dijo mi tío, no he estado en el pueblo desde hace unas semanas pero si el tiempo suficiente para asegurarle que Veridian Highs no se encontraba plagado de esta paranoia absurda, siempre hemos sido unidos.
—¿Me prestas tu cuaderno?
Beatriz acepta, entregándome el pequeño libro de dibujos. Apenas lo abro, comienzo a hojear las hojas; en cada una de ellas hay distintas ilustraciones, todas del mismo fantasma. Las imágenes son muy claras aunque algo en sus palabras no cuadra.
—Dices que no has estado en el pueblo desde hace unas semanas, ¿correcto?
—Así es.
—Pero, suponiendo que llegaste hoy en la mañana, ¿por qué hay tantos dibujos en la libreta? ¿por qué dices que todo el mundo se encuentra paranoico si tu acabas de llegar?
Beatriz suspira, intenta tomar el cuaderno de mi mano pero lo aparto en el último instante.
—¿Tienes algo que explicarme, jovencita?
—Se lo dije, son visiones.
Quiero volver a confrontarla pero toma la palabra antes de que pueda contradecir su respuesta.
—Estas semanas las pase en Puebla, ¿conoce el Hospital de San Tomasino?
—Es el hospital de dementes.
Beatriz asiente, no muy emocionada. No deseo pensar de ella de esta forma, se ve totalmente cuerda pero una apariencia limpia y buen comportamiento no siempre es sinónimo de buena salud mental.
—¿Estuviste internada?
—Casi. Empecé a tener estas alucinaciones hace unos seis meses. Al principio no le dije a nadie pues sabía lo que pensarían de mí pero todo empezó a ser más intolerable cuando se volvió más frecuente: despertaba en medio de la noche, tenía mal temperamento, hablaba sola. —Tomo un momento para recomponerse—. Me llevaron al médico, al no encontrar alivio en la medicación la iglesia me recibió pero ni los obispos me pudieron ayudar a terminar con las pesadillas. Al final, el párroco nos indicó que mi problema podía ser catalogado como locura, por eso me enviaron a Puebla pero al llegar ahí y hacerme los estudios correspondientes, no percibieron nada extraño.
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Editado: 11.01.2026