Veridian Highs

VIII.

Cada vez que parecía estar a punto de generar algún tipo de conclusión o encontrar alguna respuesta razonable dentro de este absurdo drama colectivo, el misterio mismo se encargaba de eliminar cualquier rastro de lógica existente de la situación.

Estaba frustrado pero mi papel de investigador me impedía dejarme llevar por las emociones, por más latentes que estuvieran.

A pesar del juicio que Leonardo mantenía sobre su sobrina, la joven Beatriz no parecía estar mintiendo en absoluto. La muchacha sin duda sabía algo, solo necesitaba discernir que parte de su historia era real.

La mañana llegó más rápido de lo que pude pensar. Por fortuna, aquella mujer dentro de mis pesadillas no volvió durante la noche, lo cual fue un alivio y finalmente pude descansar.

Me mantuve en mi habitación las primeras horas del día, revisando el papeleo y formulando preguntas para hacerle al señor Seymur. Trataría de ser prudente con mis palabras, la muerte de su familiar sigue presente y mi intención no es ser irrespetuoso: abordaría el tema solo de ser necesario y si el hombre no tenía problema en hablarme de ello.

Mientras esperaba a que el reloj marcara el mediodía, me dispuse a vestirme para la reunión. Un conjunto sencillo que mantuviera el calor en mi cuerpo. Las tormentas y días nublados no han cedido ni un solo segundo, casi tres días sin ver el sol.

Al revisar que faltan diez minutos para el encuentro, me coloco el abrigo antes de salir de la habitación.

Bajo, se escucha el murmullo de la gente, proveniente del recibidor. El hotel no se encuentra muy ocupado, en parte por la temporada, pero hablar con el resto de huéspedes podría enriquecer la información que tengo del pueblo.

Apenas llego a la planta baja, el señor Seymur cruza el recibidor. Luce cansado, hay bolsas debajo de sus ojos y el semblante sombrío en su rostro solo intensifica la sensación de luto que el día previo no mostró.

Deja su abrigo y sombrero sobre la percha de la entrada.

—Inspector, —Saluda, alzando la mano— un gusto.

Asiento y me acerco a él.

—¿Pasamos al comedor? —invito.

Arthur sigue el camino que señalo, guiándolo a la mesa más cercana del pequeño restaurante del hotel. Un mesero se acerca para tomar nuestra orden y una vez pedida la comida, es él quien inicia la conversación.

—¿Cómo se encuentra, inspector? ¿Ha avanzado con su investigación?

—Estancando, lamentablemente.

—Eso supuse. —suspira— La gente no es muy cooperativa, ¿verdad?

Niego.

—La verdad, todos se han mostrado muy amables. El problema es que cada uno tiene una versión muy diferente de los hechos, ya sabe, cabos sueltos. Ninguno de los testimonios que he obtenido son similares en algo.

—Cada habitante ha vivido los sucesos de maneras diferentes.

—Ya veo... ¿Y usted? —pregunto, tras una breve pausa— ¿Qué experiencias ha tenido?

Una sonrisa se forma en el rostro del hombre, borrando cualquier señal de dolor o desdicha antes reflejada.

—Ninguna, gracias a Dios.

—¿Conoce a alguien que sí?

Vuelve a negar, otra vez estoy en blanco.

La comida llega en el momento justo cuando la conversación parece muerta. El mesero deja los platos frente a nosotros, deseando buen provecho.

Arthur es el primero en tomar el tenedor e hincarle el diente al asado. Mastica un poco antes de notar mi mirada.

—¿Ha... preguntado en los periódicos? Ellos pueden ayudarle.

—Lo haré, aunque pensé que serían puros chismes, como su abuelo asegura.

—El abuelo Seymur no cree eso, solo estaba reaccionando al momento.

—¿Le importa si hablamos del tema?

—Para nada, por eso interpuse una denuncia.

De mi abrigo retiro una pequeña libreta y pluma, la abro en una hoja para tomar anotaciones.

—¿De qué fue su denuncia?

—Amenaza, estaban amenazando a mi hermano Brandy, él fue el que murió.

Me detengo un momento, antes de escribir en la libreta.

—¿Amenazas de muerte?

Arthur llevó su mano detrás de su cuello para rascar su nuca.

—Si, mi hermano hizo una compra sobre unos terrenos hace unos meses pero creo que la zona se encontraba reclamada por bandidos. Las amenazas comenzaron a llegar por lo que interpuse la denuncia con el alcalde, es viejo amigo de la familia.

—¿Y el alcalde que hizo?

—Supuestamente incrementó la seguridad, le brindó guardias a Brandy pero como ve, no funcionó.

El rostro de Arthur se contorsionó un poco al mencionar a su hermano.

—¿Los bandidos han sido reconocidos?

—No, aunque seguramente son opositores del alcalde, como dije, mi familia es cercana y l principal fuente económica del pueblo son las minas. Joder a la familia que las maneja fue su estrategia, supongo.




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