Terra,
Centro de la Ciudad Imperial,
MM 43,
Aednio Auritas avanzaba entre la multitud del foro de la Ciudad Imperial con las manos enlazadas a la espalda y aquella expresión grave que parecía acompañarlo incluso durante los escasos momentos en los que no tenía obligación alguna que cumplir. A sus treinta años conservaba una complexión delgada y contenida, más propia de un hombre acostumbrado a dominar sus movimientos que de alguien interesado en llamar la atención mediante ellos; llevaba el cabello muy corto, casi rasurado, siguiendo una costumbre de los Aureus que se remontaba a varias generaciones de comisarios, y bajo la luz pálida que atravesaba las capas superiores de la ciudad sus facciones adquirían una severidad que podía hacerlo parecer mayor de lo que realmente era. No había salido aquella mañana con intención de pensar en la política, en las obligaciones de su familia ni en los informes que desde hacía meses circulaban por determinados canales reservados del Commissariat. Tampoco deseaba recordar que los Auritas habían servido al Imperium durante generaciones y que cada nuevo miembro de la casa crecía bajo la incómoda certeza de que las acciones de sus antepasados serían utilizadas para medir las suyas. Aquél debía ser, al menos durante unas horas, un día distinto. Y, sin embargo, mientras caminaba entre funcionarios, comerciantes, soldados de permiso, escribas, sirvientes y patricios acompañados por sus séquitos, Aednio descubrió que incluso una tarde dedicada al teatro era incapaz de alejarlo por completo de las contradicciones de Terra.
El foro rebosaba de una tranquilidad que resultaba casi engañosa. Las noticias llegadas de más allá del Sistema Solar hablaban desde hacía tiempo de guerras, rutas perdidas, mundos incomunicados y regiones enteras de la galaxia condenadas al aislamiento desde la apertura de la Cicatrix Maledictum, pero allí, en el corazón de Terra, la vida continuaba imponiendo sus propias urgencias. Los funcionarios discutían sobre licencias comerciales, varios heraldos proyectaban edictos sobre columnas cubiertas por inscripciones luminosas y un grupo de veteranos ocupaba una esquina junto a una estatua imperial, discutiendo con la misma vehemencia acerca de las campañas de su juventud que sobre el precio del vino sintético. Sobre todos ellos se levantaban las construcciones monumentales de la Ciudad Imperial, una acumulación imposible de piedra, metal y arquitectura gótica cuyos estratos más antiguos parecían haber sido sepultados bajo ampliaciones realizadas durante milenios. Agujas, puentes suspendidos y torres administrativas se perdían en una bruma elevada que no era enteramente natural; pequeños transportes atravesaban corredores aéreos entre los edificios, mientras mucho más arriba, casi invisibles desde el suelo, las rutas reservadas para vehículos oficiales recorrían la ciudad como arterias de luz. Terra poseía tecnología suficiente para sostener una civilización que gobernaba incontables mundos y, sin embargo, pensó Aednio mientras sorteaba a un vendedor que ofrecía tablillas con fragmentos de poemas antiguos, todavía eran incapaces de proporcionar un teatro decente a la capital de la humanidad.
La idea le arrancó una sonrisa breve.
Aquella incongruencia era precisamente una de las razones por las que deseaba asistir a la representación de Quintarmo. El dramaturgo iba a estrenar su primera obra y durante las últimas semanas se había hablado de ella con una frecuencia que Aednio encontraba sorprendente. El teatro seguía siendo, al menos dentro de determinados círculos patricios de la Ciudad Imperial, una forma de entretenimiento relativamente reciente. Habían transcurrido pocos años desde que Aristarco, procedente de las colmenas griegas, presentó una de las primeras representaciones capaces de atraer la atención de las grandes familias terranas, y desde entonces cada nueva obra parecía convertirse en un pequeño campo de batalla entre quienes contemplaban aquellas influencias como una recuperación de antiguas tradiciones culturales y quienes las consideraban una infección extranjera que amenazaba con debilitar las costumbres de Terra. Aednio pertenecía sin ninguna duda al primer grupo. Había leído cuanto conseguía encontrar de Asturulo y Teutofones, había adquirido copias de tragedias conservadas en archivos de las colmenas occidentales y llevaba años preguntándose cómo sería escuchar aquellas palabras pronunciadas por actores en lugar de reconstruir las voces únicamente en su imaginación. Leer una obra le permitía entenderla. Verla representada, sospechaba, podía permitirle sentirla.
No todos compartían semejante entusiasmo.
Aelioh Syrus era probablemente el ejemplo más conocido.
Aednio frunció apenas los labios al recordar al veterano senador. Syrus llevaba décadas incrementando su influencia en los círculos políticos de Terra y cada vez eran menos quienes ocultaban que lo consideraban destinado a recibir una Commisatio, una distinción reservada a aquellos comisarios cuya trayectoria y autoridad los situaban por encima de la mayoría de sus iguales. El anciano defendía una visión de la sociedad terrana construida alrededor de la disciplina, la austeridad y el rechazo de aquellas costumbres que identificaba con las colmenas griegas. Para él, el teatro no era una recuperación cultural, sino una frivolidad peligrosa. Había repetido aquella idea tantas veces durante las últimas semanas que incluso quienes jamás habían pensado en asistir a una representación conocían ya el nombre de Quintarmo.
Aednio sospechaba que el dramaturgo debería enviarle un obsequio.
Cuando alcanzó finalmente el recinto destinado a la representación, su entusiasmo sufrió, sin embargo, un golpe considerable. Se detuvo a cierta distancia y observó la estructura con una decepción que no hizo ningún esfuerzo por ocultarse a sí mismo. Los ediles habían levantado un escenario provisional mediante soportes de hierro y paneles ensamblados sobre una plataforma que, contemplada desde determinados ángulos, parecía más apropiada para una ceremonia militar improvisada que para representar una obra dramática. No existía todavía un gran teatro permanente en aquella parte de la Ciudad Imperial. Las principales instalaciones de ese tipo pertenecían a casas patricias vinculadas a los Terreguard, los Vanguard y los Tenadier, las tres grandes potencias familiares de Terra, y acceder a ellas dependía tanto de las relaciones políticas como del interés cultural de cada anfitrión. Para las representaciones abiertas al público seguía siendo necesario levantar escenarios temporales, desmontarlos posteriormente y repetir todo el proceso cuando algún dramaturgo conseguía reunir suficientes patrocinadores para financiar una nueva obra.