Eras la voz en mi razón que decía las palabras correctas mediante
mis ojos, el que estaba en una caja, y me enseñó a pensar,
ingresando a mi mente como un ilusionista.
Eras el villano, el de corazón rebelde, el hambriento de ira
y el amante de la muerte.
Viviste entre arcoíris y palacios góticos abandonados,
cuestionando quiénes somos y por qué no nos amamos.
Corriste hacia mí, pidiéndome no romperme en piezas;
acariciaste mi mejilla y viste lo que había en las ventanas
de mi esencia.
Creaste diferentes formas y pensamientos, que te unían
a mí por medio del deseo del reconocimiento.
Poco a poco, me resigné a ver tu mirada con familiaridad;
la extrañeza entre nosotros se disolvió en el cristal.
Te integraste a mi personalidad, haciendo que todo
se sintiera completo y lleno de individualidad.
Nos adherimos con sincronicidad, navegando en el viaje
del renacimiento; existiendo el uno en el otro,
y aceptando nuestros mundos que son uno solo.