Alejando la bruma del reflejo, observo aflicción oculta tras una sonrisa.
Lo que miro al otro lado del cristal solo es agonía disfrazada de anestesia.
La sensación de extrañeza quema mi ser, y el reflejo se transforma
en otra persona al mirar en mis ojos el atardecer.
Negándome a tener que mirar al crisol de mis pensamientos
oprimidos, refunfuño, entre tanto, hago trizas aquella imagen
que no para de mirarme.
La que intenta torturarme, la que me corta, va y viene,
y a mí se añade.