No obtuve nada del exceso de aflicción que nublaba la belleza
que tenía ante mis ojos.
No hubo más que serendipia al descubrir el nuevo planeta
que habitaría.
Nada extraordinario pasaba si me aferraba a la amargura,
encandilada con la luminiscencia de la misericordia.
Nada y lo infinito era lo que poseía; fueron tan solo
una inspiración sin melodía.