Realicé un viaje en el ciclón de mis lágrimas, donde juré guardarlas en un frasco, lo sellé con el juramento de palabras envenenadas para así darles un significado.
Nadé bajo el agua turbia del resentimiento; entre tanto redacté una carta de despedida a mano.
Sepulté a quien conociste e inventé un nuevo personaje, lo hice tan bien que no funcionaron tus chantajes.
De muchas princesas y reinas en los libros leí; los dejé vivir en mí, para convertirlos en un orbe llena de gritos grises.