Cuando la desolación invadía mi alma y la vela de la esperanza
se apagaba, te abrazaba con fuerza porque solo tú me calmabas.
Los días donde mi corazón solo e incomprendido se encontró,
fuiste tú quién me escuchó.
Soles y estrellas cayeron al rogarte que no me desampararás.
La seguridad que tu cálido tacto me otorgaba;
se difuminó en el aire del atardecer.
Te marchaste y no te volví a ver.
Los secretos que resguardabas mudaron de piel, y los abrazos
que me diste se extinguieron al amanecer.