A veces la vida se detiene para traerte un recuerdo visible, un eco hecho carne qué toca tu hombro con suavidad tierna, y le da la vuelta a todo lo bonito de los primeros días, donde el aire era suave como la piel de un niño dormido, donde cada instante era un milagro tejido con hilos de luz, donde el corazón latía más fuerte, como un tambor a la distancia, sin prisa ni afán por llegar a ningún lugar en particular, sino simplemente por estar, presente en cada aliento que tomabas.
Es entonces cuando se, que hay que aprender a ceder, a doblarce como el junco ante el viento en lugar de romperse, a respirar hondo en lugar de luchar contra lo imposible de combatir; mejor es dejar fluir el río de lo que es y lo que debe ser, abrir las manos que tanto se han aferrado a lo efímero, y permitir que suceda lo que tiene que suceder, sin ofrecer resistencia ni insistir en retener lo que ya busca su camino, porque el universo tiene sus propios tiempos, escritos en estrellas que ya se apagaron.
Como un niño que se pierde mirando la luna desde su balcón, que cuenta estrellas hasta que el sueño lo alcanza con sus alas de pluma, que dibuja figuras en el firmamento sin saber su nombre, el amor es asi: basto como el cielo que contempla, no podemos tenerlo todo entre nuestras manos cerradas, aunque cada fibra del ser lo reclame con la fuerza de la memoria, porque su verdadera forma es la libertad qué le damos al partir.
En la vida, cruzan encuentros qué pintan el camino de colores vibrantes, momentos inolvidables que dejan su rastro en el alma, como huellas en la arena, sonrisas que se graban en la pared de nuestro ser, palabras que se convierten en melodías que nunca dejamos de cantar, abrazos qué guardan el calor de un instante que parecían nunca acabar; pero el tiempo avanza con su paso silencioso y seguro, y algunos se van sin aviso, como pájaros qué dejan el nido, desvanecidos en su curso, como la bruma de la mañana que se disipa cuando el sol abre sus ojos sobre la tierra.
Pasó el tiempo... Se desliza entre los dedos como agua cristalina y se lleva lo que un día parecía eterno, lo que creíamos inolvidable, deja marcas que sanan lentamente, con calma y ternura, como una herida que poco a poco se cierra con la luz del sol, enseña que soltar también es un acto de amor, que no es renunciar sino dejar que lo amado siga viviendo en otro lugar, que la belleza vive aún en lo que ya no está a nuestro lado, en el eco de una risa, en el aroma de un café compartido, en el camino que ahora recorres solo, pero con su sombra como compañía.
Y en esos momentos en que la vida vuelve a detenerse, ya no es con tristeza que la recibes, sino con gratitud profunda, porque entiendes que esos paréntesis, en el transcurso del día son los lugares donde el corazón se abre para recordar: qué lo que fue nunca deja de ser solo cambia de forma, como el agua que es nube, que es río, que es mar, siempre presente siempre viva, siempre parte de ti. ValVil
Editado: 31.01.2026