Versos Que Enamoran El Alma

YO, ELLA Y EL

Hoy he decidido sentarme frente al papel, abrir mi alma y hablar sin más de tres seres que viven en mi pecho entrelazados como hilos de un tejido crudo y real: Yo que escribo cada palabra con la sangre de mis recuerdos y la sal de mi voz. Ella, que brilla como el sol que nace sobre las calles de esta ciudad qué nos vio crecer, y él - ese intruso qué llegó sin llamar, qué se cuela entre los rincones donde guardo mi fe.

El amor que siento por ella no tiene medida que pueda contarse con números, ni con relojes, no es un río qué se acabe en la orilla, ni un fuego qué se apague con el viento y los mojos; fue creciendo poco a poco, como el árbol que va echando raíces en la tierra más honda, acumulando miradas que se encontraron en medio de la multitud, que no necesitaron palabras para entenderse, sonrisas que se pintaron en nuestros rostros como un regalo que el destino nos dio sin pedirlo, pequeños detalles que nadie más habría notado - cómo ella juega con su cabello cuando piensa, cómo sus ojos se iluminan cuando habla de lo que ama, cómo su risa suena como música en un silencio profundo.

Juntando caricias qué se quedaron grabadas en la piel como huellas de un viaje que nunca termina, besos qué fueron como gotas de lluvia en un campo seco, que revivieron cada parte de mi ser, apilando palabras de amor que escribí en cientos de papelitos, en mensajes que enviaba a media noche, en cartas que guardé en un cajón de madera, esperando el momento justo para dárselas; y así, poco a poco, nuestro amor fue tomando forma, como la escultura qué va saliendo de la piedra bajo las manos del artista.

De citas que planeábamos con tanto cuidado se hizo - en el café de la esquina donde siempre nos sentabamos en la misma mesa, donde el aroma de la taza de chocolate caliente se mezclaba con el aroma de su cabello; de versos que le escribía en servilletas, en los bordes de mis libros, en cualquier espacio vacío que encontraba, versos que hablaban de su belleza, de la forma que ella hacía que el mundo pareciera más claro y más bueno.

Fue en el ir y venir hacia ti, en las caminatas por los jardines de nuestro pueblo donde compartíamos pan y fruta, en los viajes cortos a lugares cercanos donde el paisaje se convertía en telón de fondo para nuestro cuento; almacenando cuidados que eran como pequeños tesoros - cuando ella me cubría con su chamarra cuando hacía frío, cuando yo le llevaba medicinas cuando se enfermaba, cuando nos preocupabamos el uno por el otro sin necesidad de decirlo.

Risas qué sonaban en cada rincón que compartíamos - risas de esas qué hacen que el estómago duela y los ojos se llenen de lágrimas, risas que venían de chistes tontos, de momentos absurdos, de simple alegría de estar juntos; compartiendo canciones románticas qué poníamos en el coche, mientras recorrimos las avenidas de la ciudad, cantando a gritos aunque no tuviéramos buena voz, sintiendo que cada letra hablaba exactamente de lo que sentíamos.

Suspirando cuando nos veíamos partir al final del día, cuando el abrazo de despedida se hacia más largo de lo necesario, mandando abrazos y besos por mensaje cuando estábamos separados, imaginando que los podíamos sentir en la piel, creyendo que así sería para siempre - qué nuestro amor era un castillo fuerte qué nada podría derrumbarlo.

Pero entonces llego él - ese ser oscuro que se cuela sin permiso por las rendijas de lo que creíamos perfecto, él que se llama miedo, duda, desconfianza - nombres que nunca pensamos que formarán parte de nuestra historia; y muchas veces logra ganar, se apodera de sus pensamientos, de mis palabras, de la forma en que nos miramos, hace que las sombras se hagan más grandes, que los muros se pongan más altos, que el camino se vuelva más difícil de transitar.

Hace unos días, justo cuando la luna comenzaba a aparecer entre los edificios, sonó el teléfono - su nombre brillaba en la pantalla, y mi corazón dio un salto como siempre lo hace cuando se que es ella; lo tomé con las manos temblando un poco, porque ya sabía que algo no estaba bien, que él había sembrado sus semillas de dudas en su mente.

"Te extraño mucho" dijo su voz por el otro lado del teléfono, y yo escuche cómo temblaba, cómo llevaba el peso de él en cada sílaba. "yo también te extraño con toda mi alma, mi amor - y te amo más de lo que las palabras pueden decir", contesté, poniendo toda la ternura que tenia en mi voz, tratando de que ella sintiera que mi amor era más fuerte que cualquier sombra.

Pero entonces vino su respuesta, como un golpe que me dejó sin aliento: "quisiera creerte, pero no puedo... Eres el mentiroso más grande del mundo, y ya no sé qué es verdad y qué es solo parte de tus historias".

Con voz tierna casi susurrando, le dije: tengo miedo - miedo de un día de dejar de decir tu nombre, de pronunciarlo y sentir que ya no tiene el mismo sabor, que mi corazón jamás lo olvide pero que ya no pueda llegar hasta ti; miedo de que él se quede con toda la belleza que hemos construido, de que nuestras promesas se desvanezcan como el humo en el aire.

"Ella suspiró y pude sentir cómo luchaba contra él dentro de si misma: "Quisiera creerte pero no puedo... ¿Pero sabes algo? Te extraño en mi vida cada día, cada momento - cuando me levanto en la mañana y no te veo a mi lado, cuando tomo mi café y recuerdo como nos reíamos juntos, cuando escucho nuestras canciones y me acuerdo de ti. Pienso en ti todo el tiempo, en la promesa que hicimos bajo las estrellas, cuando juramos estar juntos hasta el final, que nada ni nadie podría separarnos, que nuestro amor sería más fuerte que cualquier tempestad".

Sé que soy bueno contando historias - he pasado toda mi vida creando mundos con palabras, construyendo castillos de fantasía en el aire; pero para Ella, en estos momentos difíciles, soy el mentiroso más grande del mundo, por que no puedo hacer qué ella vea todas mis palabras sobre ella, son más reales que cualquier cosa que haya conocido, que cada verso que le escribo es un trozo de mi corazón que se entrega sin condiciones, cada promesa que le hago es un compromiso que llevo grabado en la sangre.




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