Mi momento ha llegado - ¡ya basta de callar! - es hora de escribir esos recuerdos que baten contra la poca cordura que me queda, como olas contra un muelle a punto de romperse. Ya mis demonios tienen listas las páginas en blanco, los misterios de mi vida están ahí sobre la mesa: sombras qué me acechan con sus dedos fríos sobre mi nuca, pero también sombras qué me abrazan con la ferocidad de quien conoce mi verdad - y mientras me abrazan, un trozo cada noche, como si fuera pan para su hambre eterna.
Si tengo recuerdos es porque tengo conciencia - ¡eso no lo puedo negar! - por que mi mente se aferra a lo que alguna vez fue real, aunque mi corazón jime por el alivio del olvido. Mis cicatrices son las secuencias, las secuelas de las batallas vividas en el campo de la existencia: cada una es un nudo en mi piel, una marca en mis venas, un latido qué tiembla antes de salir adelante. Algunas están al descubierto, como carteles qué gritan lo que pasé; otras están ocultas, en el centro de mi pecho, donde nadie las ve pero donde yo las siento vibrar con cada paso que doy - y aunque duele también me recuerdan que estoy vivo.
Y muchas veces opto por no contar, navegando entre niebla que borran el camino y falsas esperanzas que brillan como faros en medio del mar - pero sé bien que son solo reflejos de mi propia ilusión. Con el corazón lastimado y lleno de cicatrices, agotado por la lucha contra lo que fui y lo que nunca podré ser, resisto con todas mis fuerzas el peso de los días que se alargan como serpientes. Sobrevivo a cada amanecer que me golpea con la realidad, y aunque a veces siento que estoy agonizando lentamente, como una flor en medio del invierno, busco en los recuerdos resucitar aquellos besos que quemaron mi piel hasta el hueso, los abrazos qué me hicieron sentir entero y las caricias que me marcaron como una señal en el mapa del mundo.
Un sentimiento que oculto mientras finjo que escribo - mientras mi dedo corre por la pantalla o la pluma rasga el papel tratando de darle forma a lo que no tiene nombre, tormenta de memorias que revolotean en mi cabeza: risas que aún hacen vibrar mis oídos, escándalos qué sacudieron mis días hasta las raíces, llantos qué mojaron mi almohada hasta que no quedaba ni una gota seca. Silencios entre ser y querer ser, entre la persona que la vida forjó con sus puños y la que siempre soñé ser con mis manos abiertas; entre el deseo de amar con toda la furia de mi ser y el saber que olvidar duele más que cualquier herida - pero ¡oye! - también sé que amar duele menos que no sentir nada.
Me duele menos entre copas y botellas, camino sin rumbo por calles que conocí de memoria, aunque ya no reconozca las caras que pasan a mi lado. Sin una diversión que llene el vacío, con mis recuerdos como únicos compañeros fieles, voy engañando a la noche - la única que me conoce tal como soy, la única que no juzga a mis demonios ni mis debilidades. Iluminando sus sombras con la máxima expresión de amor que aún puedo sentir en mis venas y el desencanto que se ha instalado en mi ser como una segunda piel - pero entre esos dos extremos, late algo que no se apaga: una chispa que me dice que aún queda algo por vivir.
La noche me mira a los ojos, yo le cuento mentiras con la sinceridad de quien sabe que no hay salida inmediata : le digo que estoy bien, que he dejado atrás el pasado, que ya no siento nada. Le engaño con mis palabras, con mi risa forzada, con la forma en que sostengo la copa como si fuera un escudo. Pero ella lo sabe todo - las sombras qué bailan a mi alrededor son sus testigos, las lágrimas que se mezclan con el licor son su idioma. Aún así me acoje, me envuelve en su manto oscuro, permite que la engañe una vez más - porque ella también sabe que esa mentira es mi forma de luchar.
¡Y entonces surge la ira! Ira contra el destino que me ha puesto aquí, contra las personas que dejaron cicatrices que nunca sanaran, contra mi mismo por aferrarme tanto a lo que ya no existe. Grito en silencio, rompo el vacío con mis manos cerradas en puños, siento el fuego subir por mi garganta - ¿por qué todo tuvo que suceder así? ¿Por qué el amor tiene que doler tanto? ¿Por qué los recuerdos tienen que ser tan afilados como cuchillos qué cortan sin piedad? La ira me consume por dentro, hace temblar a mis huesos, hace que la noche parezca más oscura aún - pero entonces, de repente, se va.
Se va como la tormenta que pasa después de azotar el cielo. Queda la calma, suave y profunda - La noche sigue ahí, quieta, esperándome. Yo dejo caer los puños, cierro los ojos y respiro hondo. El aire llena mis pulmones, mientras el frío de la madrugada acaricia mi rostro. Los recuerdos siguen ahí, pero ya no son espinas - son simplemente parte de lo que soy. Escribo la última línea, dejo la pluma o el celular sobre la mesa y miro hacia la ventana: el primer rayo de sol comienza a asomar. Engañé a la noche una vez más.
Pero ahora se que engañar a la noche es la única forma que tengo de seguir viviendo, de seguir creyendo que algún día el sol brillará para mi de nuevo. Es el pacto silencioso qué he hecho con la oscuridad: ella me da refugio, yo le cuento historias que no son del todo verdaderas. Y así entre mentiras y verdades, entre amor y desencanto, entre recuerdos que matan y esperanzas qué dan vida, continuo escribiendo - porque escribir es el único aliento que me queda, el único camino que no lleva al abismo. ValVil
Editado: 26.02.2026