Vertigo

13. El lugar vacío

Marina no pensó en Héctor durante el desayuno.

Eso habría sido fácil de identificar.

Habría resultado incluso incómodo.

Pero no ocurrió.

Pensó en Emma.

En el mensaje de Santiago que había llegado a las seis cuarenta y siete de la mañana y que había leído sin contestar porque estaba intentando encontrar una respuesta que no pareciera escrita por una madre que todavía no aprendía a tener un hijo lejos.

Pensó en la presentación de las once.

En una llamada pendiente.

En que tenía que mandar a arreglar un pantalón.

En que se había acabado el yogurt.

En que Daniel había dejado abierta la puerta del refrigerador mientras buscaba algo que estaba literalmente frente a él.

—Está ahí.

—¿Dónde?

Marina señaló.

—Frente a ti.

Daniel movió un recipiente.

—No está.

—Atrás de eso.

Movió otro.

—Tampoco.

Marina se levantó.

Caminó hasta él.

Extendió la mano.

Sacó la mantequilla.

La puso frente a su cara.

Daniel la miró.

Después miró la mantequilla.

—La acabas de poner ahí.

Marina soltó una carcajada.

—Claro.

—Te vi.

—Buenos días.

Lo besó.

Daniel sonrió contra sus labios.

—Buenos días.

Marina regresó a su silla.

Él preparó una tostada.

La vida.

Normal.

Cómoda.

Propia.

Daniel llevaba una camiseta vieja que Marina llevaba años amenazando con tirar y un pantalón deportivo.

Ella todavía estaba en bata.

El cabello recogido de cualquier manera sobre la cabeza.

Sin maquillaje.

Descalza.

No había nada que representar.

Eso también era amor.

Quizá una de sus formas más difíciles de conseguir.

Poder existir frente a alguien sin estar permanentemente consciente de uno mismo.

Daniel sabía cómo se veía Marina recién despierta.

Cómo olía después del gimnasio.

Cómo se le hinchaban los ojos cuando lloraba.

Cómo caminaba cuando le dolía la espalda.

Cómo se veía después de enfermarse.

Cómo se veía desnuda.

Cómo se veía embarazada.

Cómo se veía después.

Había conocido tantas versiones de ella que la belleza hacía mucho que había dejado de ser un acontecimiento.

Era simplemente una característica.

Como sus rizos.

Como su risa.

Como la manera en que fruncía la nariz cuando algo le parecía absurdo.

Marina nunca había sentido que Daniel hubiera dejado de verla.

Eso habría sido injusto.

La veía.

Solo que la veía desde demasiado cerca.

Y cuando alguien vive durante años frente a un paisaje hermoso, no deja de encontrarlo hermoso.

Simplemente deja de decirlo cada mañana.

—¿A qué hora llegas? —preguntó Daniel.

—No sé.

Marina tomó café.

—Tengo una presentación a las once y después reunión con dirección.

—¿Cena?

—Probablemente sí.

—¿Aquí?

—Espero.

Daniel asintió.

Revisó su teléfono.

Marina también.

Santiago había contestado.

Ma, no necesitas mandarme un ensayo. Solo te pregunté si todavía tienes mi chamarra.

Marina sonrió.

Escribió:

Sí.

Lo pensó.

Añadió:

Y te extraño.

Lo borró.

Volvió a escribirlo.

Lo mandó.

Dejó el teléfono.

Daniel levantó la vista.

—¿Santiago?

—Sí.

—¿Todo bien?

—Quiere una chamarra.

—¿La negra?

—Supongo.

—Está en el clóset de arriba.

Marina lo miró.

—¿Cómo sabes?

—La vi.

—¿Cuándo?

—No sé.

—Yo llevo meses buscándola.

Daniel se encogió de hombros.

—Pregúntame.

Ella sonrió.

—Qué fácil.

Él tomó su taza.

—Casi siempre.

Marina lo miró.

Aquel hombre.

Su hombre.

El que sabía dónde estaba la chamarra de su hijo pero no encontraba una mantequilla frente a su nariz.

Sonrió.

Después miró la hora.

—Me tengo que arreglar.

—Sí.

Daniel siguió desayunando.

Marina se levantó.

Dos pasos después escuchó:

—Oye.

Giró.

Daniel la miró.

—¿Qué?

—Nada.

Él sonrió.

—Te amo.

Marina también.

—Yo también.

Y subió.

Cuarenta minutos después bajó completamente transformada.

Traje sastre.

Pantalón.

Chaqueta entallada.

Blusa clara.

Tacones.

El cabello rizado recogido parcialmente hacia atrás.

Aretes pequeños.

Bolso.

Daniel estaba sentado en la sala respondiendo un correo.

Marina pasó frente a él.

—Nos vemos.

—Sí.

No levantó la mirada.

Marina tomó las llaves.

—Daniel.

—¿Mmm?

—Me voy.

—Sí, amor.

Ella abrió la puerta.

—Que te vaya bien.

—Gracias.

Cerró.

Caminó hacia el coche.

No sintió nada.

¿Por qué habría de sentirlo?

Aquello ocurría cientos de veces.

Miles, probablemente.

Daniel la había visto vestirse para trabajar durante años.

Trajes.

Vestidos.

Tacones.

Maquillaje.

Cabello.

Había estado junto a ella mientras elegía ropa para presentaciones mucho más importantes.

La había visto salir embarazada.

Cansada.

Nerviosa.

Enojada.

Triunfante.

Había presenciado toda la construcción de aquella mujer.

No tenía por qué detenerse cada mañana para contemplar el resultado.

Marina entró al coche.

Encendió.

Y se fue.

A las diez cuarenta y tres llegó a la oficina.

Entró hablando por teléfono.

—No. No quiero que lo cambien todavía. Quiero entender por qué lo están pidiendo.

Escuchó.

Caminó.

Saludó a alguien levantando una mano.

—Exactamente. Primero eso.

Dejó el bolso sobre su escritorio.

—Mándamelo.

Colgó.

Abrió una carpeta.

Sacó unos documentos.




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