Vertigo

Los cuatro

La idea fue de Daniel.

Eso Marina lo recordaría después, aunque no había ninguna razón para que importara.

Estaban terminando de cenar cuando él preguntó:

—¿Nunca vamos a invitar a Héctor y a Fátima?

Marina levantó la vista.

—¿Aquí?

Daniel miró alrededor.

—A menos que tengas otra casa.

Ella sonrió.

—No sabía que querías.

—Me caen bien.

—Los has visto tres veces.

—Hay gente que me cae mal con una.

Marina dejó el vaso.

—Puedo preguntarles.

—El sábado.

—¿Vas a cocinar?

—Podría.

Ella lo miró.

Daniel sostuvo la mirada unos segundos.

—Podemos pedir algo.

—Me parece una excelente decisión.

Fátima llegó con una botella de vino y un recipiente que no quiso entregar.

—Esto lo llevo yo a la cocina.

Marina se hizo a un lado para dejarlos pasar.

—Hola a ti también.

—Hola. Perdón. Es que si se inclina, se arruina.

Héctor cerró la puerta detrás de ellos.

—Lleva diciéndome eso desde que salimos.

—Porque manejaste como si trajéramos cemento.

—Pasé dos topes.

—Los sentí todos.

Daniel apareció en el pasillo.

—Yo puedo sostener eso.

Fátima lo miró con seriedad.

—¿Tienes buen pulso?

—Depende de qué sea.

—El postre.

Daniel extendió las manos.

—Entonces sí.

Ella se lo entregó con cuidado.

—Ya me caes mejor que tu amigo.

—No soy su amigo todavía —dijo Daniel—. Estamos en evaluación.

Héctor le dio la botella.

—Traje esto para influir en el proceso.

—Vas bien.

Marina se rio.

Todavía no habían llegado a la sala.

No hubo ese primer rato en el que los invitados se sientan demasiado derechos y nadie sabe qué hacer con las manos.

Fátima se quitó los zapatos junto al sillón después de preguntar si molestaba.

Daniel le señaló los pies descalzos de Marina.

—Aquí la anfitriona pierde los suyos antes de las ocho.

—Es mi casa —dijo ella.

—Es lo que dice cuando no tiene argumentos.

Héctor, que estaba dejando el saco sobre una silla, levantó la cabeza.

—También lo hace en la oficina.

Marina lo señaló.

—Cuidado.

—Cambia “mi casa” por “mi área”, pero el principio es el mismo.

Fátima soltó una carcajada.

—Qué descanso.

Marina giró hacia ella.

—¿Qué?

—Saber que alguien le contesta.

—Todo el día.

—Gracias.

—No me agradezcas todavía. A veces gana.

Daniel abrió el vino.

—Eso no me lo habías contado.

—No era información relevante.

Héctor aceptó la copa que le ofrecía.

—Podemos hacer una lista.

—Podemos irnos —dijo Marina.

Daniel miró a Fátima.

—Ustedes quédense. Nosotros ya conocemos la casa.

Y los cuatro se rieron.

Marina había imaginado que pasaría parte de la noche ayudando a sostener la conversación.

Explicando nombres.

Completando antecedentes.

Buscando un tema cuando alguno se agotara.

No hizo falta.

Daniel y Fátima descubrieron que habían ido al mismo concierto muchos años atrás, aunque ninguno recordaba correctamente el lugar.

Héctor buscó la fecha en el teléfono.

Marina se opuso.

—No pueden convertir todos los recuerdos en una investigación.

—Él empezó —dijo Fátima, señalando a Daniel.

—Yo solo dije que había llovido.

—Porque llovió.

—Entonces estamos de acuerdo.

—En el año no.

Héctor levantó un dedo.

—Ya lo encontré.

Marina le bajó la mano.

—Guarda eso. Estaban muy felices equivocados.

Héctor la miró.

Ella también.

Fue un segundo conocido.

La misma mirada que compartían cuando alguien llevaba veinte minutos discutiendo un asunto que podía resolverse con una pregunta.

Solo que esta vez no estaban en una sala de juntas.

Estaban en su casa.

Daniel seguía defendiendo la lluvia.

Fátima había empezado a cantar un fragmento de la canción con la que, según ella, había abierto el concierto.

Héctor guardó el teléfono.

—Está bien.

Marina sonrió.

—Gracias.

—Pero yo ya sé.

—Quédate con eso.

La cena llegó en recipientes que Daniel intentó esconder demasiado tarde.

Fátima entró a la cocina justo cuando estaba pasando la pasta a una fuente.

Se detuvo.

Lo observó.

Daniel sostuvo las pinzas en el aire.

—Puedo explicarlo.

—Por favor.

—Mi proceso creativo incluye delegar.

Fátima asintió con mucha seriedad.

—Los grandes saben hacerlo.

Marina apareció detrás de ella.

—No le sigas.

—Estoy viendo a un hombre emplatar. Hay que apoyar.

Héctor se asomó por la puerta.

—¿Se necesita ayuda?

—Sí —dijo Daniel—. Que nadie haga preguntas.

Sacaron los platos entre los cuatro.

Fátima encontró las servilletas.

Héctor llevó el pan.

Marina apartó un florero que ocupaba demasiado espacio.

Daniel regresó por una cuchara y volvió con otra botella.

—No era eso —le dijo Marina.

Él miró lo que llevaba en la mano.

—Pero tampoco está mal.

Se sentaron con naturalidad.

Daniel a un lado de Marina.

Fátima frente a ella.

Héctor frente a Daniel.

Al principio hablaron de los hijos.

De lo extraño que resultaba pasar años deseando una hora de silencio y después mirar el teléfono esperando que alguien escribiera.

—Santiago me mandó una foto de una lavadora —dijo Marina.

—Eso es confianza —respondió Fátima.

—Me preguntó dónde iba el jabón.

Daniel dejó el tenedor.

—Yo le había explicado.

Marina lo miró.

—Le dijiste: “Ahí viene”.

—Y ahí venía.

Fátima se rio.

—Son capaces de resolver cosas dificilísimas y luego te llaman para preguntarte si un recipiente se puede meter al microondas.

—Prefiero esa llamada —dijo Héctor— a la que viene después de meterlo.




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