Verun: La Verdad del Dragón

Capitulo 1: La Estrella del Dragón

PRÓLOGO

Ella corría apresurada, casi sin aliento, cuesta arriba a través del espeso bosque de árboles frondosos. Detrás, una cuadrilla de hombres la perseguía con las espadas desenfundadas, acortando la distancia con cada zancada.

De pronto, la mujer frenó de golpe, derrapando ante el borde de un inmenso precipicio. En cuestión de instantes, se vio rodeada por un veintenar de guardias reales que cerraban cualquier vía de escape.

CAPÍTULO I: 서윤 (Seo-yoon) La Estrella del Dragón

En el octavo año del reinado del rey Joo Wol, de la cuarta dinastía Monk, se aguardaba un nacimiento rodeado de grandes expectativas. El sabio de la familia real permanecía en vigilia, esperando el mensaje que confirmara el cumplimiento de los designios celestiales.

Aquella noche, bajo la luz fulgurante de la estrella del gran Yong Wang, nació una niña. Su padre, el general Kim In Soo, la tomó en brazos con profunda alegría; cobijó su pequeño cuerpo entre sus manos curtidas y la arrulló con ternura. Sin embargo, la dicha se tiñó de luto poco después. Su madre, debilitada por el esfuerzo del parto y las graves complicaciones, falleció días después de haber traído al mundo a la pequeña.

La niña portaba en la nuca un lunar de nacimiento: una marca oscura con la forma perfecta de un dragón enroscado en un círculo.

Cuando Seo Yun cumplió tres años, el general Kim la presentó ante el majestuoso monarca.

—Mi señor, esta es mi hija, Kim Seo Yun, la nacida bajo la estrella del gran Yong Wang —anunció el general con voz firme.

Mientras hablaba, tomó de la mano a la pequeña y ambos se postraron en una profunda reverencia, manteniendo la mirada fija en el suelo en señal de absoluto respeto. El rey observó por un instante a su consejero, quien permanecía de pie a un lado del trono; este último asintió con un gesto solemne.

—Esta pequeña traerá tranquilidad al reino. Nos protegerá a todos y crecerá para ser una gran guerrera, digna heredera de su padre —sentenció el soberano, levantándose de su asiento de seda roja para sellar la profecía.

El monarca bajó la escalinata de madera y le tendió la mano a la pequeña. Ella miró a su padre, buscando en sus ojos la aprobación para aceptar aquel gesto tan inusual. El general asintió con un leve movimiento de cabeza y la niña, confiada, caminó tomada de la mano del rey mientras daban una ronda por el salón.

—Cuando crezcas, cuidarás de todo esto —le comentó el soberano con serenidad.

—¿Por qué podré cuidarlo, mi señor? —preguntó Seo Yun con la curiosidad propia de su infancia.

—Alguien muy especial te ha escogido para ello, incluso antes de que nacieras.

—Pero soy solo una niña —respondió ella, asombrada por la inmensidad del palacio que se extendía ante sus ojos a través del ventanal.

—Cuando crezcas, te convertirás en la persona capaz de llevar a cabo tan gran tarea.

Ella le sonrió, iluminando su pequeño rostro. El rey la condujo de regreso junto al general y, con paso solemne, subió de nuevo hacia su trono.

—Cuida de ella hasta que cumpla los dieciséis años; a partir de esa edad, comenzará su entrenamiento militar formal —ordenó el monarca.

—Sí, su majestad —asintió el general con una profunda reverencia.

—Hasta ese momento, vivirán en su residencia; después, ella se mudará al ala oeste del palacio. Se le asignarán doncellas para su cuidado y tomará diversas lecciones. Sin embargo, su don deberá permanecer en secreto hasta el día en que se manifieste la espada del dragón.

—Como usted ordene, su majestad.

—El sobrino del consejero real es dos años mayor que la pequeña. Él la acompañará en todo momento y recibirá su educación junto a ella —concluyó el rey.

—Gracias, su alteza, por ser tan considerado con estos humildes servidores —expresó el general con una reverencia final.

—Mi general, es una satisfacción que haya sido tu hija la elegida bajo la estrella del Dragón —respondió el soberano.

Al General Kim y a su pequeña les costó adaptarse a su nueva vida. Aunque su residencia era cómoda, los sirvientes originales no podían asistir a la niña la mayor parte del tiempo, pues tenían prohibido el ingreso al palacio. La única que pudo trasladarse con ellos fue la señora Park, quien se había encargado de cuidarla desde el primer día de su nacimiento.

En el poco tiempo libre que le permitían sus estudios, a Seo Yun le encantaba correr por los jardines del palacio, trepar a los árboles frondosos y jugar cerca de los estanques. Siempre a su lado, cuidando de cada uno de sus pasos, estaba su fiel compañero de aventuras: Dong Goo.

A veces, él asumía el castigo por las travesuras de ambos. En algunas ocasiones, lo golpeaban en las pantorrillas con una vara delgada de bambú, tal como sucedió el día en que hurtaron las galletas que habían sido preparadas para la merienda del rey.

Aquel lazo afectivo se fortalecía con cada secreto compartido. Tenían un escondite especial entre dos árboles de cerezo; allí, las rocas formaban una especie de hueco natural que ellos cubrían cuidadosamente con ramas. En un pequeño cofre de madera, resguardaban sus inocentes tesoros. La vida de los pequeños en el palacio era cómoda, pero a medida que crecían, la disciplina se tornaba cada vez más estricta y asfixiante.

Seo Yun veía en pocas ocasiones a su padre. A veces lo extrañaba lo suficiente como para escabullirse y buscarlo en el Jungbang (el Consejo de Guerra) a escondidas. Dong Goo, por su parte, no era tan allegado a su tío, a pesar de que compartían la misma sangre por parte del padre del niño.

El consejero real lo había traído al palacio cuando su hermano y su cuñada murieron, pero el vínculo entre ellos era gélido. Dong Goo se esforzaba constantemente por ganar el afecto de su guardián, pero este se mostraba indiferente la mayoría del tiempo y, en otras ocasiones, le exigía con una rigurosidad implacable.




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