Viaje De Egresados

CAPÍTULO 10

La noche sin estrellas

El cielo se cubrió por completo antes de que anocheciera. Nubes bajas y pesadas se deslizaron entre las montañas, apagando los últimos restos de luz. No se veían estrellas. Tampoco luna.

—Parece que se viene tormenta —comentó uno de los adultos.

Luna sintió que esa oscuridad no era solo del cielo.

Después de la cena, la seño Clara pidió que nadie se alejara de las cabañas. El lago, invisible detrás del bosque, se sentía más cercano que nunca.

—Esta noche no hay fogón —anunció—. Nos quedamos adentro.

Algunos se quejaron, pero enseguida aceptaron. El clima invitaba a hablar en voz baja.

En la cabaña, Luna, Mora y las demás se sentaron en el piso con mantas. Afuera, el viento sacudía las ramas.

—No me gusta esta noche —dijo una chica—. Es como si todo estuviera esperando algo.

Luna no respondió. La piedra estaba fría, demasiado fría.

De repente, se escuchó un golpe seco en la pared de madera.

—¿Qué fue eso? —preguntó Mora.

Otro golpe. Más fuerte.

—¡Seño! —gritó alguien desde otra cabaña.

Las luces parpadearon y se apagaron.

El silencio fue absoluto por un segundo. Después, el sonido llegó desde afuera: un murmullo profundo, como el roce de algo enorme moviéndose despacio.

—No salgan —ordenó la seño Clara desde el pasillo, con voz firme.

Luna se levantó igual. No podía quedarse quieta. Abrió la puerta apenas lo suficiente para asomarse.

La noche estaba cerrada. El lago no se veía, pero Luna lo sentía.

Entonces ocurrió.

Una luz suave apareció sobre el agua. No era un reflejo ni un rayo. Era un brillo que nacía desde adentro del lago, subiendo lentamente.

—¿Lo ven? —susurró Tomás, que había salido de su cabaña.

Más luces surgieron, formando un círculo.

La piedra en la mano de Luna comenzó a vibrar.

—Nos llama —dijo Santi, con una certeza que no admitía discusión.

—No podemos ir —dijo Mora—. Nos dijeron que no salgamos.

El viento sopló con más fuerza. El murmullo se volvió más intenso.

Luna dio un paso adelante.

—No nos quiere hacer daño —dijo—. Quiere que escuchemos.

Se miraron. El miedo estaba ahí, pero también algo más fuerte.

La confianza.

Caminaron juntos hasta el borde del claro, sin acercarse demasiado al agua. Las luces se reflejaban en la superficie negra.

Entonces, la voz regresó.

No fue un sonido. Fue una presencia que los rodeó.

Cuando el cuidado se rompe, el lugar sufre.

Cuando se recuerda, el equilibrio vuelve.

Las luces se elevaron un poco más y luego comenzaron a apagarse, una a una.

El viento cesó.

La noche quedó inmóvil.

De pronto, las estrellas volvieron a aparecer, como si alguien las hubiera encendido de nuevo.

La seño Clara llegó corriendo.

—¿Están bien? —preguntó, agitada.

—Sí —respondieron todos al mismo tiempo.

Nadie supo qué decir después. Volvieron a las cabañas en silencio.

Esa fue la noche sin estrellas.

La noche en la que entendieron que ya no podían mirar hacia otro lado.

El lago había hablado.

Y ahora esperaba una respuesta.



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En el texto hay: misterio, amistad, egresados

Editado: 28.02.2026

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