VÍctimas Del Deseo

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Capitulo 1

El regreso nunca es limpio; siempre arrastra las astillas del tiempo que se intentó dejar atrás. Retorné a mis funciones como agente especial después de una licencia prolongada que, más que un descanso, había sido una tregua incómoda con la normalidad. Me encontré con un panorama totalmente reestructurado: una nueva delegación, un esquema operativo inédito y tres países coordinando el mando en una alianza tan poderosa como tensa.

​No era un destino más. Se respiraba en el aire una vibración distinta, esa rigidez típica de los días en que el tablero geopolítico está por cruzar una línea de no retorno. El jefe regional llevaba más de dos horas encerrado en su oficina, con las persianas americanas completamente cerradas, preparando las consignas de la jornada. En nuestro mundo, ese nivel de hermetismo solo podía significar una cosa: algo grande, pesado y oscuro se estaba moviendo bajo la superficie.

​Como especialista en Medio Oriente, todos mis instintos me dictaban que ese volvería a ser mi tablero de juego. Sin embargo, esta delegación rompía con lo conocido; era uno de los centros operativos más avanzados en tecnología, un búnker de cristal, acero y servidores donde operaban las mentes más brillantes y los agentes mejor preparados de la región. El silencio allí no era paz; era el zumbido constante de la información procesándose a gran velocidad.

​—¡Pero muy buenos días! ¿Ya estamos de vuelta? —La voz rota y familiar de Mary interrumpió mis pensamientos mientras cruzaba el pasillo central.

​—Buen día, Mary —respondí, esbozando la primera sonrisa genuina de la mañana.

​—¿Se terminaron las vacaciones? —preguntó, arqueando una ceja con ironía.

​—¿Vacaciones? Estaba de licencia —aclaró Diego, que caminaba a mi lado con las manos en los bolsillos, contagiándose de la ligereza del momento—. ¿Y vos cómo estás?

​—Bien, gracias a Dios —contestó ella, ordenando unos papeles contra su pecho—. Sobreviviendo al caos habitual.

​—Voy a tomar un café —anuncié, sintiendo la necesidad imperiosa de algo cálido para sacudirme la rigidez del regreso—. ¿Me acompañás?

​—Claro, te sigo. La cafetera del piso está fuera de servicio desde ayer a la tarde, así que nos viene bien bajar —aceptó de inmediato.

​Bajamos en el ascensor hacia la cafetería del subsuelo del edificio. El lugar tenía una merecida fama entre el personal de la agencia. El aroma a café recién molido golpeaba el rostro apenas se abría la puerta de vidrio, ofreciendo un refugio momentáneo contra el frío clínico de las oficinas superiores. El ambiente siempre estaba cargado, denso, flotando en una nube de murmullos y conversaciones a media voz donde se decidían cosas más importantes que las que se asentaban en los informes oficiales.

​—Dicen que acá sirven el mejor café de la ciudad —comenté, buscando instalar una pausa en medio de la expectativa del retorno.

​—¿Y las berlinesas? —respondió Mary, con una chispa de picardía en la mirada—. Las berlinesas son la verdadera trampa de este lugar. Si probás una, no salís más.

​—Entonces pedimos dos —sentencié con una sonrisa, entregándome al ritual.

​Mary no era una colega cualquiera; era una de las piezas más valiosas y respetadas de toda la estructura. Ocupaba el cargo de Directora de Asuntos Internos, un puesto que requería una naturaleza de cirujano: precisa, objetiva, implacable. Su rostro era una máscara perfecta, de esas que resultan sumamente difíciles de leer, entrenada para observar sin ser jamás descubierta.

​Mientras esperábamos el pedido, apoyado en la barra de madera, decidí tantear el terreno.

​—¿Sabés si ya me asignaron destino?

​Mary sostuvo mi mirada un segundo antes de responder, manteniendo los dedos entrelazados sobre la mesa.

​—Todavía no de forma oficial. Pero tengo la certeza de que se vienen cambios profundos.

​—¿Cambios de destino? —indagué, agudizando el oído.

​—Algunos se quedan en la ciudad, asegurando el perímetro —dijo, bajando sutilmente el tono de la voz—. Otros van a ser reasignados para seguimientos mucho más sensibles. Misiones que no figuran en los registros comunes.

​—O sea que sabés algo más de lo que admitís.

​Una pequeña sonrisa, apenas un esbozo, cruzó sus labios. Era un gesto típico en ella, el sello de quien posee el secreto pero conoce el valor del silencio.

​—Lo suficiente para no decirte más —sentenció con elegancia—. A las doce hay reunión general —agregó, consultando de reojo su reloj de pulsera—. Ahí vas a entender todo el panorama.

​El mozo dejó las tazas sobre la mesa. El café era negro, espeso, intensamente amargo. Al primer sorbo, sentí cómo despertaba los sentidos de golpe, recorriendo el cuerpo como una descarga necesaria. Algo en la boca del estómago me advertía que iba a necesitar estar con los cinco sentidos bien alertas para lo que se venía.

​El vapor de la taza pareció traerme los recuerdos de los últimos meses. Durante la licencia, había logrado pasar tiempo con mi familia como hacía años no podía. Demasiado tiempo perdido, pensé con una puntada de culpa que calaba hondo en el alma. Momentos cotidianos que no vuelven nunca más: el crecimiento a pasos agigantados de mi hijo, las pequeñas rutinas de las mañanas, el olor de las tostadas, lo simple. Este trabajo siempre tiene una balanza tramposa: exige de vos mucho más de lo que jamás te va a devolver. Te vacía por dentro mientras te convence de que sos indispensable.

​—A mí me pasa exactamente lo mismo —soltó Mary de repente. Levanté la vista, sorprendido; me había leído el pensamiento como si mis ojos fueran un libro abierto. Suspiró, mirando el fondo de su taza—. Con mi marido es un "hola" y un "chau"... cuando tenemos la suerte de coincidir en los horarios. La casa es un hotel de tránsito.

—Es lo que elegimos —respondí, intentando convencerme a mí mismo. Aunque la frase, al salir de mis labios, no sonó tan convincente como en otros tiempos. El peso del sacrificio familiar empezaba a sentirse demasiado real.




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