Capitulo 4
Una mañana fría, gris y plomiza amenazaba con descargar una tormenta helada sobre los techos de Buenos Aires. El cielo bajo, espeso como el plomo, parecía empujar todo hacia el asfalto, achatando la ciudad. En el despacho del sector de Asuntos Internos, el clima no era muy distinto.
Diego estaba solo. En un silencio que se rompía únicamente por el zumbido eléctrico de los servidores de fondo. No hacía falta demasiado análisis para notar que algo en su estructura no encajaba esa mañana. Su mirada —quieta, fija por momentos en el vacío— no lograba hacer foco en ningún punto concreto de la pantalla. Iba y volvía de las ventanas a los papeles. Como si buscara una respuesta a una pregunta que todavía no terminaba de formular en su propia mente. Había algo dándole vueltas en el estómago. No una idea clara ni un dato técnico de la agencia. Una sensación carnal. Se recostó apenas en la silla de cuero, dejando que el cuerpo acusara el cansancio. Tenía los dedos apoyados sobre el escritorio, inmóviles, fríos. El reloj de la pared avanzaba con un tictac monótono. Él no.
Tres golpes secos en la madera de la puerta rompieron el ensimismamiento. El sonido lo trajo de vuelta a la realidad del búnker.
—Adelante —articuló, acomodándose por reflejo en el asiento.
La puerta se abrió sin apuro, revelando una figura familiar.
—Hola, Diego. ¿Cómo estás? —saludó Mary, asomando con esa soltura que solo los años de confianza mutua otorgaban.
—Hola, Mary. Buen día —respondió él, forzando una naturalidad que no sentía.
Mary se quedó apoyada en el marco de la puerta un segundo más de lo estrictamente necesario. Con los ojos fijos, observando la postura de su colega, midiendo el desorden invisible de su escritorio y la fijeza de sus pupilas. En ese negocio, Mary era un sabueso. Después de ese escrutinio silencioso, entró.
—Detective... le voy a hacer una pregunta —soltó, caminando con paso lento hacia el centro del despacho—. Y quiero que me responda con la honestidad que siempre lo ha caracterizado.
Diego la miró desde abajo. Apenas intrigado, manteniendo los músculos de la cara bajo control. No estaba incómodo. Todavía no.
—A ver —dijo él, cruzando los brazos sobre el pecho.
—¿Tenés algo para hacer ahora?
La pregunta fue directa, desprovista de la buroacia habitual de las directivas. Demasiado simple para ser inocente. Diego dudó una milésima de segundo, calculando el riesgo.
—En este momento, no.
Mary asintió con la cabeza, como si esa respuesta confirmara una hipótesis que ya traía masticada desde el pasillo.
—Buenísimo. Acompañame entonces.
—¿A dónde?
—A tomar un café —dijo ella—. Con unas berlinesas en la esquina que no vas a poder rechazar.
El tono de Mary pretendía ser liviano, casi informal. Diego se levantó de la silla sin apuro, estirando las piernas.
—De acuerdo. Busco mi abrigo —concedió, estirando la mano hacia el perchero.
Se movió con total naturalidad, pero antes de cruzar el umbral del despacho se detuvo en seco. Giró apenas el torso, mirando de reojo a su compañera.
—Mary... una cosa.
—Decime.
—¿Desde cuándo me tratás de "usted"? Me dijiste "le voy a hacer una pregunta".
Mary sostuvo la mirada sin pestañear. No esquivó el golpe de la pregunta, ni desvió los ojos hacia el piso técnico.
—Desde que decidí invitarte —respondió con una voz seca.
No hubo sonrisa de compromiso en sus labios. No hubo la ironía evidente que solía usar para descomprimir las tensiones de la oficina. Solo una línea clara. Diego dejó escapar una sonrisa leve, breve, que apenas alteró la dureza de su rostro.
—Acepto la invitación... aunque tus invitaciones siempre son peculiares, Mary.
—¿En qué sentido?
—En que vos invitás... pero el que termina pagando la cuenta soy yo —retrucó él, intentando devolver la charla al terreno de la vieja camaradería.
Mary inclinó apenas la cabeza, estudiando el matiz de la réplica.
—¿Andá? ¿Y qué opinión tenés al respecto?
—Que, como el caballero que soy... acepto.
—Perfecto. Vamos.
Salieron del edificio central por la puerta lateral y caminaron la media cuadra que los separaba del local. La cafetería los recibió con el aroma denso, amargo y reconfortante del café recién molido y el calor encerrado de los radiadores viejos. Había un ruido bajo de tazas, conversaciones cruzadas de oficinistas y el murmullo típico de un espacio público. Un espacio común. Seguro.
Se sentaron en una mesa cercana al ventanal que daba a la avenida gris. Mary no tardó más de dos minutos en notar algo. O mejor dicho... en detectar a alguien en el mapa del lugar.
Ana Caterina estaba allí. Sentada sola en una mesa del fondo, con la espalda apoyada contra la pared y una taza pequeña entre las manos. Se la veía tranquila, inmóvil, como si no formara parte del entorno ruidoso de la cafetería. Como si observara cada movimiento del local sin necesidad de levantar la vista.
—¿La ves? —soltó Mary en un murmullo, sin señalar, manteniendo la barbilla apuntando al frente.
Diego no reaccionó de inmediato. El adiestramiento le impidió girar la cabeza por reflejo. Esperó tres segundos y barrió el fondo del local con la mirada. La vio.
—Ana... la agente del tercer piso —asentó él, con voz neutra.
—La misma —confirmó Mary.
Un silencio breve se instaló en la mesa.
—Atractiva, ¿no? —disparó Mary, soltando el anzuelo.
Diego tomó un sorbo de café antes de responder. El gesto fue medido, lento, una maniobra clásica para comprar tiempo.
—Depende con qué intención la mires, Mary —respondió él, dejando la taza en el plato sin hacer ruido.
Mary lo observó fijamente, analizando sus facciones. El aire de la mesa se mantuvo tenso, pero antes de que la conversación pudiera cerrarse sobre sí misma, el tintineo de la campana de la entrada de la cafetería alteró el flujo del lugar.