VÍctimas Del Deseo

3. La Grieta

Capitulo 3

El café estaba completamente tibio, casi olvidado entre las manos de Ana. La loza blanca de la taza retenía el último aliento de calor, pero ella no hizo el menor intento por beberlo. No ahí. No en ese espacio donde cada centímetro cúbico de aire parecía cargado de estática. Prefirió escuchar más de lo que hablaba, administrando el silencio como un arma de precisión, midiendo cada parpadeo, cada imperceptible cambio de peso en su postura.

Diego ya no era el mismo hombre que había regresado ayer a la delegación; la rigidez del protocolo empezaba a resquebrajarse bajo la presión de tenerla cerca. Pero tampoco se había vuelto inaccesible. Estaba... atento. Con la guardia alta, pero los sentidos abiertos. Y en el manual de Ana, un objetivo que afina el oído es un objetivo que ya empezó a jugar.

El ambiente del café era espeso, configurado por luces amarillentas e indirectas que apenas lograban arrancar de la penumbra las mesas de madera gastada. El murmullo de otras conversaciones, el tintineo de los cubiertos y el ruido de la calle flotaban como un telón de fondo lejano, una masa de ruido blanco que no lograba perforar la burbuja que los envolvía. Para ellos dos, metidos en esa frecuencia sutil, el entorno era puro silencio.

Ana se aferraba con frialdad a esa pausa, a esa distancia que no era física sino mental. Diego parecía ocupar más espacio en la mesa, más presente, pero al mismo tiempo se mostraba peligrosamente contenido, como un animal que mide la distancia antes de dar el zarpazo. Había algo en la frecuencia de su respiración, en la tensión invisible de los tendones de su mano al rodear la taza, que revelaba un desgaste interno. Cuando finalmente se levantaron para marcharse, cuidaron que no hubiera contacto. Ni el más mínimo roce de los abrigos, ni un amago de cercanía. Eso también, en el registro minucioso de Ana, fue una decisión ejecutada con precisión milimétrica.

—Nos vemos —dijo ella, soltando las palabras con una ligereza ensayada.

Diego asintió con la cabeza, pero sus zapatos parecieron clavarse en el piso de la entrada. No se movió enseguida. La siguió con la mirada un segundo más de lo normal, con una fijeza analítica que intentaba perforar su fachada. A un tipo con los años de calle que tenía Diego, algo en la sincronía del encuentro no le cerraba. Había un cabo suelto en su percepción, una anomalía imperceptible. Y para un agente especial de Asuntos Internos... eso era más que suficiente para encender las alarmas.

Ana salió del local sin apuro, acomodándose el cuello del tapado oscuro mientras el viento helado de la tarde la recibía en la acera. Su mente no gastaba energía en lo que había perdido en el pasado; funcionaba en tiempo presente, procesando lo que acababa de aprender en esa media hora de escrutinio cara a cara. No era falta de acceso al objetivo; era una estricta cuestión de timing.

Diego no era de los que hablaban cuando se los presionaba o se los acorralaba con interrogatorios directos; requería que el vacío hiciera el trabajo por él. Algo mínimo en el comportamiento de Ana no le cuadraba, pero el anzuelo ya estaba adentro, bien calado en el fondo de su incertidumbre.

Revivió en su memoria el instante exacto en el umbral de la puerta, justo antes de separarse, cuando la inercia de los cuerpos acortó las distancias de manera imprevista.

—Con vos... bajo la guardia —había murmurado él, con una voz rasposa, tan baja que el ruido del tránsito casi la extinguió.

Ana se había inclinado apenas hacia él, lo justo para que el calor de su aliento rozara la línea dura de su mandíbula, obligándolo a oler su proximidad.

—Entonces no la levantes.

No hubo respuesta por parte de Diego. No hacía falta que la hubiera. Cuando el intercambio terminó, Ana dio el paso atrás y se separó primero. Lo hizo sin apuro, con la parsimonia de quien sabe que tiene el control de la escena. No miró atrás ni una sola vez para comprobar si él seguía estancado en la vereda. Había conseguido exactamente lo que venía a buscar: la confirmación física de la grieta. Lo había logrado sin un esfuerzo aparente, sin encontrar una resistencia real en los muros que Diego solía levantar ante los demás.

Y eso, paradójicamente, fue lo que más la inquietó al doblar la esquina hacia el bulevar. Diego solo hablaba, solo se traicionaba, cuando dejaba de sostenerse a sí mismo. Y esa clase de claudicación absoluta no iba a pasar jamás alrededor de una mesa de café a plena luz del día.

Sonrió apenas, un movimiento imperceptible de los labios que se disolvió en el frío. No era una sonrisa de satisfacción afectiva, sino de precisión geométrica. Ahora sí sabía perfectamente cómo arrastrarlo. No debía empujarlo al abismo; debía esperar a que el propio peso de su desconcierto lo hiciera trastabillar. Y cuando Diego volviera a bajar la guardia... la entrega no iba a ser parcial. Iba a ser total.

De regreso en el tercer piso de la agencia, el silencio de su terminal de trabajo en el sector de Política Exterior se sentía completamente diferente al del café; era un vacío más denso, más íntimo, un aislamiento que olía a metal y a ozono. Ana permanecía inmóvil frente al escritorio. La luz tenue del monitor iluminaba apenas las líneas duras de su rostro en la penumbra, recortando su silueta contra la pared gris. El informe confidencial seguía abierto en la pantalla limpia, reflejando el nombre del sujeto intacto, brillando con una fijeza acusadora: Diego.

Lo sostuvo con la mirada un segundo más de lo necesario. No lo hizo por el peso de la duda o el titubeo; la vacilación no formaba parte de su adiestramiento. Lo hizo por la plena conciencia de lo que esa palabra implicaba en el despliegue táctico que estaba ejecutando. Sabía cómo hacerlo, siempre había sabido qué resortes tocar en la psicología de Diego, pero nunca de esa forma tan descarnada, convirtiendo los restos de una memoria carnal en material de demolición. No era el objetivo lo que la perturbaba; era el método quirúrgico lo que le helaba la sangre.




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