VÍctimas Del Deseo

2. Calida y Fría

Capitulo 2

Jorge Ibáñez empujó la puerta de vidrio esmerilado de la oficina con el codo, haciendo equilibrio para no derramar lo que llevaba en las manos. El ambiente del despacho olía a papel archivado, carpetas de cuero y al calor seco de las computadoras que llevaban encendidas desde la madrugada.

Natalia no levantó la vista de la pantalla; tenía los dedos clavados en el teclado, sumergida en el laberinto de la base de datos.

—López —llamó Jorge, con su habitual tono firme y medido, mientras avanzaba hacia el escritorio de su compañera.

—Sí, Ibáñez, ¿qué necesita? —respondió ella de inmediato, interrumpiendo el tecleo y girándose en la silla, tratándolo con la distancia formal del "usted".

Jorge no respondió con palabras. Se limitó a dejar sobre la mesa un vaso térmico humeante y una pequeña bolsa de papel madera que desprendía aroma a café recién molido. Luego, dio un paso atrás, acomodándose los lentes de lectura.

Natalia miró el vaso y después levantó la vista hacia él, sorprendida.

—Aquí tiene su desayuno —explicó Jorge, manteniendo el semblante serio—. Vi que no bajó a la cafetería en toda la mañana y tenemos bastante trabajo pendiente en el escritorio. Es importante que desayune.

Natalia esbozó una sonrisa franca, agradecida por el gesto.

—Muchas gracias, es muy atento de su parte. ¿Cómo se acordó?

Jorge se aclaró la garganta y desvió la mirada hacia una planilla que acababa de abrir en su propia terminal, buscando refugiarse en la rutina.

—No me trate de usted, López —soltó de repente, sin levantar los ojos de la pantalla—. ¿Por qué me trata de usted? Compartimos la misma oficina, llevamos la misma investigación adelante... Puede tutear. No hay necesidad de tanta distancia.

Natalia lo observó un segundo, captando la sutil invitación a romper la rigidez del protocolo. Su sonrisa se volvió un poco más relajada.

—Está bien, Jorge. Gracias al café —aceptó ella, cambiando el tono a una cercanía más natural.

—No hay por qué. Tomalo antes de que se enfríe —asintió él, tecleando con energía—. El informe de balística no va a revisarse solo.

A unas pocas cuadras de allí, en un departamento envuelto en un silencio absoluto y clínico, Ana no había dormido bien. No había sido el cansancio físico el que le había arrebatado el descanso, sino la claridad. Una lucidez fría y cortante que no le permitía la tregua.

Había algo que ya no podía seguir ignorando por más que intentara camuflarlo: se había desviado. Y lo grave, lo verdaderamente peligroso en su línea de trabajo, era que no se había desviado en la ejecución de la misión. Se había desviado en sí misma. Eso era mucho más difícil de corregir, una alteración en su propio eje que amenazaba con desestabilizar la estructura que tanto le había costado construir.

El recuerdo de la noche anterior con Diego no se presentaba en su mente bajo la forma del deseo. Tampoco aparecía disfrazado de culpa; la culpa era una emoción inútil que no formaba parte de su vocabulario. Lo que sentía era algo mucho más preciso, casi matemático: era un registro. Un error detectado en el sistema operativo de sus decisiones. Y los errores, en su mundo, no se repiten ni se lamentan. Se corrigen.

Se levantó de la cama sin ningún apuro, administrando cada movimiento del cuerpo de manera exacta, como si los músculos necesitaran alinearse físicamente antes de que la mente tomara el mando de la jornada. Caminó descalza hacia el espejo. Se detuvo y se observó.

La misma postura impecable de siempre. La espalda recta, los hombros en su lugar exacto, la mirada firme y sostenida, sin un solo titubeo que delatara humanidad. Pero sabía perfectamente que no era la misma mujer. Había un desplazamiento mínimo en su interior, una vibración invisible para cualquiera que la cruzara en los pasillos de la agencia, pero evidente para sus propios ojos. Se descubrió pasando un segundo de más frente al reflejo, buscando la fisura.

—Volvé —murmuró.

No fue un pedido desesperado. Fue una orden directa, seca, desprovista de matices. Sostuvo su propia mirada fija en el cristal hasta que en la habitación no quedó nada que discutir. Ni emoción, ni duda. Solo dirección.

Se apartó del reflejo y se dirigió al escritorio. El informe técnico estaba abierto sobre la mesa. La pantalla limpia emitía un brillo azulado, mostrando los datos ordenados metódicamente en filas y columnas perfectas.

Nombre del sujeto: Diego.

Condición: Objetivo.

No era una propuesta que admitiera debate. Era la dirección asignada.

Al repasar los datos en su mente, Ana recordó los detalles del encuentro. Diego había dudado apenas medio segundo antes de ceder a la inercia de la situación. Para ella, ese segundo había sido suficiente para tomar las riendas del escenario. Entraron al lugar asignado sin apuro. El espacio físico en sí no importaba en lo más mínimo, era totalmente intercambiable; una habitación más dentro de una serie de locaciones anónimas que no necesitaban ser retenidas en la memoria. Lo único real, lo único que importaba, era el ritmo. Y Ana lo había marcado con una precisión implacable desde el inicio. Sin dudas. Sin pausas innecesarias que dieran lugar a la nostalgia. Sin espacio para interpretaciones humanas.

Diego no se había resistido. Pero lo que Ana registraba con frialdad era que él tampoco había entendido del todo en qué momento exacto dejó de decidir, entregándole el control por completo.

—Estás diferente —le había dicho él en algún punto de la noche, con una tensión áspera, como si intentara desesperadamente recuperar algo del pasado que sentía escabullirse entre los dedos.

—Estoy clara — había respondido ella, cortando el aire.

—No es lo mismo, Ana.

Ella no había respondido. No hacía falta. El control no se explica a quien está siendo dominado; simplemente se ejerce.

—Decime algo, por favor —había insistido Diego, y una vibración nueva, cargada de una inquietante expectativa, se había instalado en su voz.




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