VÍctimas Del Deseo

5. El Control

Capitulo 5

La tarde cayó sin anunciarse. Sin transición. Como si el día hubiese decidido retirarse sin dar aviso. Ana ya estaba ahí. Puntual. Preparada. Esperando. No con paciencia. Con una ansiedad contenida. Controlada. Medida. Como si el momento no fuese a empezar… sino que ya estuviera en curso desde antes. Nada en ella era improvisado. El teléfono vibró. Nombre en pantalla: su jefe. Una interferencia. Un posible obstáculo. Atendió.

—Sí.

Escuchó. Sin interrumpir. Sin aportar más de lo necesario.

—Entendido.

Cortó. Sin gesto. Sin reacción visible. Pero registró todo. Y entonces lo vio. Diego. Entrando. Observando antes de avanzar.

—Hola.

—Hola.

—¿Hace mucho que esperás?

Ana lo miró. Directo. Sin rodeos.

—No sé cuánto hace que te espero… pero sí sé algo.

Silencio.

—¿Qué sabés? —preguntó él.

Ana no dudó.

—Que te deseo.

Pausa. No elevó el tono. No hizo falta.

La habitación los recibió en silencio. Cerrada. Aislada. Funcional. Ana entró primero. Diego cerró la puerta, observándola detenidamente. Ella se giró y lo miró a los ojos, con una expresión firme, queriendo transmitirle con la vista todo lo que sentía y todo lo que le despertaba su presencia.

—Necesito una ducha —dijo Ana.

Diego respondió de acuerdo. Sin más palabras, Ana ingresó al baño y cerró la puerta.

Diego se quedó solo en el espacio. Observó las pertenencias de ella, el bolso que había quedado sobre un mueble. En ese momento, un impulso rápido, una idea fija se le cruzó por la mente: revisar el contenido. Dio un paso, pero no se sintió seguro de hacerlo. Desistió enseguida. “No, mejor no, no es delicado”, se dijo, frenando su propia curiosidad.

Justo en ese instante, la puerta del baño se abrió.

El vapor de la ducha invadió la habitación por completo. Diego cerró los ojos un segundo, inhalando hondo, disfrutando el aroma del perfume de Ana que se mezclaba con la humedad y se hacía más intenso a medida que ella se iba acercando. Cuando abrió los ojos, la vio.

—Estás espléndida —le dijo Diego, con la voz un poco más baja.

Ana lo sostuvo con la mirada. Sin titubear.

—Te voy a hacer mía —sentenció—. ¿Me dejás?

Diego la miró, descolocado por un segundo. Él siempre había sido el de la iniciativa, el que marcaba el paso. Sentir que ella tomaba el mando le provocó un chispazo extraño en el pecho, una mezcla de sorpresa y curiosidad.

—¿Qué idea tenés? —preguntó, intentando leer sus intenciones.

—Eso es sorpresa —respondió Ana, con una sonrisa apenas dibujada—. Solo necesito que me digas sí para empezar a revelar la sorpresa. ¿Estás de acuerdo?

Diego sintió el peso de la pregunta. Decir que sí significaba dar un paso hacia lo desconocido, bajarse del rol que siempre había ocupado. Pero la confianza en ella era ciega. La adrenalina de lo nuevo lo empujó.

—Por supuesto, me encantan las sorpresas —le dijo—. Más si provienen de vos.

Ana dio un paso más, acortando la distancia. Lo evaluó.

—¿Estás seguro? —insistió, marcando el terreno.

Diego no retrocedió. Sostuvo la mirada, entregando el control de manera consciente.

—Estoy decidido. Más que seguro.El tablero estaba listo. Las fichas, ubicadas en sus respectivos lugares. Ya estaba decidido quién jugaba con las blancas.

Así fue como Ana inició la partida. Diego solo cedió.

Las manos de Ana se entremezclaron con el cabello de Diego. Él, con los ojos cerrados, sentía cada movimiento, registrando la textura y el ritmo que ella imponía. Con la otra mano, Ana le acarició el cuello, bajando la distancia hasta que su boca rozó su oído.

—¿Estás listo? —le murmuró.

Diego no respondió.

—Vas a ser mío —le dijo ella, con voz suave pero implacable.

Diego seguía sin responder. No hacía falta. Daba la sensación de que él ya había iniciado su propio viaje; su esencia se estaba transformando con solo sentir las caricias de ella. El hombre que siempre guiaba se estaba disolviendo en la recepción de ese estímulo. Ana lo besó apasionadamente. Se fusionaron en un beso largo, denso, y en ese mismo instante ella comenzó a quitarle las prendas.

Diego, por puro instinto de su rol habitual, intentó ayudarla. Quiso participar. Pero Ana le quitó las manos de encima de inmediato. Un gesto seco. Una muestra de autoridad absoluta a la que Diego no se opuso. Aceptó el límite. Se quedó quieto, permitiendo que las caricias de ella siguieran recorriendo su cuerpo expuesto, palmo a palmo.

Hasta que, en un momento, Ana se alejó.

El frío de la distancia hizo que Diego abriera los ojos. La vio caminar hacia el mueble. Ana tomó su bolso, lo abrió sin titubear y sacó una máscara.

Diego la miró, extrañado. La tensión cambió de calibre.

—¿Sabés para qué y para quién es esto? —preguntó Ana, sosteniéndola frente a él.

—No —dijo Diego, retrocediendo mentalmente—. Para mí no. Ni se te ocurra.

La reacción del hombre que domina intentó emerger, pero Ana lo cortó en el acto. Lo miró fijo, recordándole el pacto tácito.

—¿Vos te olvidaste de que me diste el control? —le retrucó ella, firme—. Me dijiste que sí y que querías la sorpresa. Acá empieza la sorpresa.

Diego no puso resistencia física, pero tampoco se mostraba convencido. El peso de su historia y de sus costumbres se resistía a esa prenda. Sin embargo, la actitud inquebrantable de Ana, su seguridad arrolladora, logró doblegarlo. Él se quedó inmóvil en el momento en que ella se acercó y le colocó la máscara.

Al ajustarse la tela sobre el rostro, el mundo de Diego se apagó. La vista se redujo a la nada; el sonido de su propia respiración se volvió espeso, encerrado. El despojo de sus sentidos fue total. Ya no era el cazador. Ahora estaba completamente vulnerable, flotando en la incertidumbre de la oscuridad.

—¿Y esto cómo sigue? —preguntó Diego, y su propia voz le sonó extraña, contenida tras la máscara.




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