Capitulo 6
El amanecer los sorprendió juntos. La luz de la mañana empezó a filtrarse despacio, disipando la densidad de la noche.
Diego abrió los ojos. No se movió. Se quedó observando detenidamente a Ana mientras ella dormía, estirando el tiempo, registrando la paz que transmitía su rostro después de tanta intensidad. Con la yema de los dedos, comenzó a acariciarle suavemente la mejilla. Ana respondió a la caricia casi de inmediato, sin abrir los ojos, esbozando una sonrisa de puro placer. Se abrazaron, dejando que el calor del cuerpo reemplazara las palabras.
Juntos se dirigieron al baño. El agua empezó a correr, entibiando el espacio. Ana se detuvo antes de entrar y lo miró de reojo.
—¿Juntos o separados? —preguntó.
—Separados —respondió Diego, midiéndola—. Va según tu intención.
Ana giró la cabeza, con una chispa de intriga en los ojos.
—No entiendo a qué te referís con intención.
—Si querés seguir jugando, nos duchamos juntos —explicó Diego, devolviéndole el control del tablero—. Ahora, si solo querés ducharte, dúchate vos primero mientras yo te observo.
Ana sonrió de lado. No hizo falta que respondiera con palabras. Lo tomó firmemente de la mano y, abrazándolo con fuerza, lo metió bajo el agua, iniciando de inmediato el juego que Diego le había propuesto.
El clima empezó a ponerse cada vez más denso, más intenso. El agua y el vapor volvían a aislar el mundo. Pero la realidad siempre encuentra una rendija por donde filtrarse.
El teléfono sonó. Cortante. Inoportuno.
Diego estiró el brazo fuera de la mampara, maldiciendo para sus adencros. Miró la pantalla.
—No puede ser... justo en este momento —dijo, resignado—. Tengo que atender, disculpame.
Ana no protestó. Siguió bajo el agua, disfrutando del calor, mientras Diego salía a responder la llamada que rompía el hechizo.
Unos minutos después, el intermedio había terminado. Con el día ya encima y la ropa puesta, se encaminaron juntos hacia el bar del hotel. El ruido del entorno volvía, pero algo entre ellos ya había cambiado para siempre.
Al ingresar a la cafetería, Ana se adelantó un momento mientras Diego terminaba de acomodar el asunto del teléfono. Fue ahí donde se encontró con Mari, quien al verla le dijo de inmediato:
—Buen día. Vengan, desayunamos juntos, ¿qué les parece? Aquí tienen el mejor café de la ciudad y las berlinesas... ni te cuento.
Ana esbozó una leve sonrisa.
—Habrá que comprobarlo.
Se sentó. El mozo aún no había llegado. Mari la observó con atención, midiendo la distancia con las palabras.
—No es un área sencilla la tuya —soltó Mari.
Ana levantó la vista, sosteniéndole la mirada.
—No.
—Pocos llegan ahí —añadió Mari. Pausa—. Y menos se mantienen.
Silencio. El mozo arrimó el servicio y Ana tomó su café apenas llegó.
—Es lo que exige el puesto —sentenció Ana.
Mari asintió, leve.
—Claro.
Ana la observaba fijamente. Había algo en ese tono. En esa forma de decir las cosas. No era solo una conversación casual de desayuno. Era otra cosa. ¿Un intento de acercamiento? ¿Una medición de fuerzas? ¿Un error? Ana no lo supo en ese instante, pero lo registró todo.
—Gracias —dijo finalmente—. No es un trabajo para todos.
Mari sostuvo la respuesta, firme.
—No. No lo es.
—Buen día.
La voz interrumpió el momento exacto. Diego acababa de entrar a la cafetería.
—Vení —le dijo Mari, rompiendo la rigidez—. Sentate con nosotras. Yo invito.
La aparición de Diego rompió algo en el ambiente. O lo expuso. Ana lo miró con una pizca de sorpresa. Él sostuvo la mirada de Ana un instante más de lo necesario; había algo ahí entre ellos, un magnetismo residual de la noche que no hacía falta decir en voz alta. Mari lo notó de inmediato.
—¿Ya se conocían? —preguntó Mari, alternando la vista entre los dos.
—No —respondió Diego, sentándose—. Es la primera vez que nos sentamos a conversar.
—Interesante charla —agregó Ana, sin quitarle los ojos de encima a Mari—. Mari tiene una forma particular de decir las cosas.
—Es buena compañera —intervino Diego, queriendo aportar calma—. Se puede confiar en ella.
Mari lo miró con afecto.
—Nos conocemos hace años.
—Se nota —respondió Ana. Pausa—. Hay confianza.
—La hay —confirmó Mari.
Ana se reincorporó apenas en la silla, clavando la mirada en su interlocutora.
—¿Especial en qué sentido? —preguntó Ana, buscando el fondo de esa complicidad.
Mari dudó un segundo, recalculando la jugada.
—En el único aspecto en el que puedo opinar —respondió Mari de forma evasiva.
Ana no apartó la mirada ni un milímetro.
—¿Solo en uno?
Mari no se movió. Se quedó ahí, inmóvil, mirando la taza de café, pensando. Algo en el tablero de la cafetería había cambiado por completo. Y ella lo sabía.