Capitulo 8
El despertador sonó con una estridencia molesta. Ana estiró el brazo y lo apagó por puro impulso, sin abrir del todo los ojos, intentando retener los últimos retazos de una noche cargada de sensaciones densas. Un segundo después, su instinto de alerta le advirtió que algo no encajaba. Se incorporó de golpe en la cama y miró el reloj de la mesa de luz. Tarde. No era una demora catastrófica, pero sí lo suficiente como para romper su meticulosa rutina matutina.
Se movió con rapidez felina, sin el más mínimo margen para distracciones o dudas. Tomó del armario la indumentaria reglamentaria para el examen físico anual de la agencia; no revisó la mochila ni se detuvo frente al espejo, no hacía falta, su cuerpo ya conocía de memoria cada paso. Salió a la calle a las apuradas. El aire helado del amanecer le golpeó el rostro de lleno, espabilándola. La mañana de la ciudad estaba cargada, gris, densa, envuelta en una bruma espesa que parecía anticipar la tensión del día. Ana no permitió que su mente divagara en lo que había ocurrido en el departamento con Diego; simplemente se enfocó en el objetivo inmediato.
Llegó a la sede principal de la agencia de inteligencia con el tiempo justo, medido al milímetro. Ni un minuto antes, ni un minuto después. Exacto. Como dictaba su entrenamiento.
Se presentó en el gimnasio subterráneo de la sede sin pronunciar palabras innecesarias ante los instructores. Cumplió con cada indicación del circuito, cada ejercicio de resistencia, cada flexión y cada repetición en las máquinas con una frialdad matemática. Su cuerpo respondía con una precisión asombrosa, pero en su interior la exigencia no era solo un esfuerzo muscular; había otra tensión interna, un pulso invisible que amenazaba con desbocarse. Terminó la última de su tanda, pero no por falta de capacidad o debilidad física, sino por puro control y estrategia. No quería llamar la atención ni destacar por encima del resto en los registros. Se incorporó con la respiración rítmica y perfectamente medida, sin mostrar el más mínimo desgaste ni una gota de agitación. Una conducta distintiva que delataba su templanza.
Con el cuerpo caliente por el esfuerzo, se dirigió hacia la zona de los vestuarios. El eco metálico del lugar marcaba la soledad absoluta de esa hora: el espacio estaba completamente vacío, silencioso, impregnado del olor a desinfectante y encierro. Ana dejó sus pertenencias sobre el banco de madera y se tomó un segundo a solas, no para descansar las piernas, sino para ordenar la tormenta de sus pensamientos.
Entonces, el silencio se trizó. Escuchó unos pasos. Leves, casi imperceptibles para un oído común, pero claros para ella. Se asomó con cautela por el umbral y, en el fondo del pasillo común, vio a Diego ingresar al vestuario de hombres, con una toalla al cuello y los hombros caídos por el cansancio de la prueba. Ana no dudó; se paró en la línea divisoria.
—Hola.
Diego giró la cabeza, apenas sorprendido por el llamado, pero sus ojos se encendieron de inmediato al reconocerla.
—Hola. Veo que llegaste a tiempo.
—Sí, justo. ¿Y vos cómo saliste? —preguntó Ana, manteniendo una distancia prudencial pero con los ojos fijos en los de él.
—Ya terminé la evaluación hace un rato —hubo una breve pausa en la que el aire pareció espesarse entre los dos—. Se me hace tarde. Me voy a dar una ducha rápida y tengo que subir de inmediato a la oficina a revisar unas carpetas. —La miró con una intensidad que la recorrió por completo—. Nos vemos después.
Ese “después” no quedó flotando en el aire como una simple despedida de cortesía; quedó marcado a fuego, como una promesa tácita que ambos sabían que iban a cumplir.
Ana entró al sector de mujeres, se desvistió y abrió la llave de la ducha. El agua caliente empezó a caer con fuerza, constante, generando una densa cortina de vapor que comenzó a cubrir todo el espacio, desdibujando las paredes de azulejos claros. Cerró los ojos un segundo, dejando que el calor le relajara los músculos del cuello y, entonces… percibió un movimiento sutil a sus espaldas. Una silueta recortada a través de la niebla del vapor. Diego ingresaba al vestuario de mujeres sin hacer ruido, sin anunciarse, rompiendo cualquier protocolo y norma de la sede.
—Cuánta belleza —dijo él con voz baja, ronca, que compitió con el siseo del agua.
Ana no se giró de inmediato. Disfrutó por unos segundos de la vulnerabilidad de estar de espaldas, sabiendo perfectamente el poder que retenía.
—Estás en el vestuario de mujeres, detective. Te pueden echar por esto.
—Estoy en el vestuario con vos —respondió él, acortando la distancia—. Y ahora nos vamos a duchar juntos.
El tono de Diego no era el de un impulso adolescente; era pura decisión, una necesidad física y carnal que exigía satisfacción inmediata. Ana giró apenas la cabeza, mirándolo de reojo a través de las gotas que le corrían por las pestañas.
—Sabés perfectamente que es un riesgo enorme. Nos están vigilando constantemente ahí afuera.
Diego dio un paso más, metiéndose debajo del chorro caliente, dejando que el agua le empapara la ropa que aún llevaba puesta antes de despojarse de ella.
—Me encantan los riesgos, Ana. Más cuando el riesgo se trata de vos.
Ahí se terminaron las palabras. Ya no hacían falta explicaciones ni justificaciones lógicas. El espacio del cubículo se redujo al mínimo; el tiempo también pareció detenerse. No hubo espacio para las dudas, no hubo negociaciones ni pactos. Solo una tensión brutal que venía creciendo desde la noche anterior y que ya no encontraba ningún freno racional. Diego avanzó con el fervor desmedido que lo caracterizaba y Ana no retrocedió ni un centímetro, pero tampoco cedió por completo de inmediato. Porque incluso en esa situación de aparente sometimiento bajo el agua, ella seguía eligiendo los tiempos, estirando el deseo.
El agua caía sobre sus cuerpos como una cortina constante y pesada. El sonido ensordecedor del chorro lo cubría todo y el entorno de la agencia desapareció por completo. No había contexto político, no había misiones, no había un afuera acechando; solo existían ellos dos en un presente absoluto. Fueron movimientos contenidos, cercanos, de una intensidad carnal profunda sin necesidad de caer en excesos burdos. Cada gesto de las manos de Diego sobre la piel mojada de Ana tenía una dirección clara; cada pausa de ella, una intención de dominio. No era un simple impulso animal; había algo mucho más oscuro y magnético: una sincronía perfecta que no se explicaba con la razón, que no se buscaba con el intelecto, sino que simplemente se daba en la intimidad de la carne.