VÍctimas Del Deseo

10. Impulso

Capitulo 10

Al llegar a la salida de la sede, justo antes de cruzar el umbral, Natalia se detuvo. Respiró hondo, como si estuviera juntando agallas para exteriorizar lo que por dentro le quitaba la tranquilidad, volviéndola inestable. Dio media vuelta, se dirigió al ascensor y subió nuevamente hasta el despacho que compartía con Jorge. Se paró frente a él.

Jorge, sorprendido al verla entrar de nuevo, levantó la vista.

—¿Te olvidaste algo?

—Sí, me olvidé algo —respondió Natalia.

—¿Qué te olvidaste? —preguntó Jorge, intrigado.

Natalia lo miró fijo, sin titubear.

—Me olvidé de decirte que desde que te conocí no puedo dejar de pensar en vos. Cada vez que te acercás a mi lado, tu respiración me perturba, me quita la concentración. Tu voz me conmueve y ya no puedo callar lo que siento. Por eso volví, para soltar todo esto que me provocás.

Jorge se sonrojó, completamente desarmado por la honestidad de la novata. Se tomó un instante para procesarlo y asintió.

—De acuerdo. Esperame un segundo.

Jorge tomó sus cosas de inmediato y, junto a Natalia, abandonó la oficina. Mientras el ascensor los conducía hacia la planta baja, el silencio inicial se rompió.

—A mí también me está pasando algo —confesó Jorge, mirándola—. Me conmueve tu presencia. Vayamos a tomar algo y hablemos de esto. ¿Estás de acuerdo?

—Es lo que más deseo, compartir un momento con vos —respondió ella con una sonrisa.

Juntos se dirigieron a un pub cercano. Al cruzar la puerta, el ambiente tenue y distendido transformó el lugar en un verdadero confesionario de emociones contenidas. Sentados frente a frente, Natalia estiró la mano sobre la mesa y buscó el contacto con la de Jorge, acariciándolo mientras lo miraba directo a los ojos. Buscaba un acercamiento que ya se sentía inevitable. Jorge, contagiado por su valentía, juntó agallas, acortó la distancia y la besó. Primero fue un beso tímido, una barrera que caía suavemente, pero que pronto abrió paso a un momento más intenso, dándole rienda suelta a ese sentimiento que a ambos los envolvía.

Mientras ese nuevo romance florecía lejos de las preocupaciones del deber, en la sede central de la agencia la jornada seguía siendo intensa.

Mari estaba organizando una salida; esta vez no solo buscaba una distracción, sino que se concretara algo más. Se dirigió al tercer piso. Ana Carolina estaba en su despacho, a punto de finalizar su trabajo, cuando Mari se hizo presente.

—Esta vez no tenés excusa —le dijo con insistencia—. Conozco un bar irlandés, salgamos a divertirnos un poco.

—De acuerdo, vamos —aceptó Ana.

Mari dibujó una sonrisa espléndida.

—Cuando termines, pasá por mi oficina. Termino una tarea pendiente y salimos.

—Sí, como vos digas —respondió Ana, y agregó—: Te quiero comentar algo.

—Decime.

—Completé el examen, pero no firmé mi notificación.

—Cuando vengas te lo tengo preparado para que lo firmes.

—Dale, gracias.

Y así transcurrió el final del día. Juntas se dirigieron al bar. Mari optó por elegir un sitio reservado, envuelto en un clima de marcada intimidad. La elección no fue del agrado de Ana; igualmente, supo disimular y contener cualquier comentario adverso. Mari tenía una intención clara, pero la postura de Ana era totalmente opuesta, y se lo puso en claro casi de inmediato.

Mari sintió una frustración instantánea que puso fin a la salida. Salieron del bar, se despidieron con frialdad y cada una tomó caminos opuestos.

Desconcertada y con el orgullo herido, Mari decidió no ir a su casa; volvió a la sede. Al ingresar, notó que las luces del despacho de Diego estaban encendidas. Se acercó sigilosamente y lo observó a través del vidrio, sin que él notara su presencia. Confundido, aturdido, sin rumbo… así encontró Mari a su amigo. El remordimiento por la información que le había entregado a Ana lo estaba carcomiendo por dentro.

Mari entró despacio.

—¿Qué hacés hasta esta hora trabajando? —le preguntó.

Diego levantó la mirada, arrastrando el cansancio.

—¿Andá vos…? ¿Qué hacés a esta hora acá?

—¿Quién dijo que yo estoy trabajando? —retrucó Mari.

—¿Entonces a qué se debe tu presencia?

—No quería ir a casa… ¿A vos te pasa algo? —indagó ella, dando un paso al frente.

—No, nada grave, no te preocupes.

—Sí me preocupo. Nunca te vi así.

—¿Así cómo? —respondió Diego, evadiendo.

—¿Querés hablar de lo que te pasa? Yo te escucho.

—Gracias, Mari —Diego hizo una pausa larga, quebrado por la culpa, y la miró con necesidad—. Mari… ¿me das un abrazo?

Sin responderle, ella se acercó y se fundieron en un abrazo apretado. En el silencio del despacho, solo se escuchaba la respiración de Mari, que se iba acentuando a cada segundo. Siguieron sostenidos el uno al otro. Mari le acarició el hombro, buscando que Diego se sintiera contenido. Diego se aferró a ella y le devolvió el gesto, haciéndole sentir la fuerza de sus brazos, justo lo que Mari tanto necesitaba después del rechazo de Ana.

Fue entonces cuando Mari, lentamente, hizo que sus dedos se perdieran en el cabello de él. Diego la tomó del pelo, la obligó a mirarlo a los ojos y, en un segundo de ceguera mutua, cruzaron el límite besándose de una manera intensa.

Con un movimiento brusco, Diego extendió uno de sus brazos, tirando al suelo las carpetas que se interponían entre ellos. Al caer, los papeles se transformaron en una alfombra improvisada sobre la cual Mari quedó recostada. Diego se detuvo un instante y la observó, pero el deseo fue más fuerte que cualquier rastro de cordura. No hubo caricias pausadas ni fue demostrativo, pero sí sumamente efusivo.

Al terminar, ambos quedaron recostados sobre los expedientes desparramados, disfrutando en silencio del después. Y ahí fue cuando la realidad pegó fuerte.

—¿Qué hicimos? —preguntó Diego, con la voz ahogada.




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